sábado, 23 de julio de 2022

En busca de la Ciudad Blanca

 

En busca de la Ciudad Blanca













Un equipo de arqueólogos armados con dispositivos de escaneado láser localiza unas ruinas que creen podrían corresponder a la legendaria Ciudad Blanca

El 18 de febrero de 2015 un helicóptero militar despegó de una ruinosa pista cercana a la ciudad hondureña de Catamacas rumbo a las montañas de la Mosquitia (o Costa de los Mosquitos), que se erguían al nordeste. A sus pies, las granjas cedían paso gradualmente a escarpadas laderas soleadas, algunas tapizadas de selva ininterrumpida, otras parcialmente taladas para la cría de ganado. Sorteando las cumbres, el piloto se dirigió a un desfiladero en forma de V de una cresta distante.

Tras él se abría un valle rodeado de picos dentados: un paisaje prístino de esmeralda y oro, moteado por las sombras cambiantes de las nubes. Bandadas de garcetas sobrevolaban el paisaje, y las copas de los árboles bullían con las idas y venidas de monos invisibles. No había rastro de presencia humana: ni un camino, ni una columna de humo. El piloto viró y descendió, dirigiéndose a un claro junto a la margen de un río.

Entre quienes se apearon del helicóptero había un arqueólogo llamado Chris Fisher. El valle se hallaba en una región en la que desde hacía tiempo se rumoreaba que estaba la Ciudad Blanca, una ciudad mítica construida en piedra de ese color, también conocida como la Ciudad Perdida del Dios Mono. Fisher no daba crédito a tales leyendas, pero sí creía que el valle –conocido por él y sus compañeros de viaje con el sucinto nombre de T1– ocultaba las ruinas de una ciudad perdida de verdad que llevaba abandonada cinco siglos, si no más. De hecho, no solo lo creía: estaba convencido de ello.

No tenían más que buscarla.

La región de la Mosquitia, compartida por Honduras y Nicaragua, contiene el mayor bosque lluvioso de América Central, 50.000 kilómetros de vegetación impenetrable, humedales y ríos. Desde el cielo puede antojarse atractiva, pero aventurarse en ella es exponerse a incontables peligros: serpientes venenosas, jaguares hambrientos e insectos dañinos, algunos portadores de enfermedades mortales. La inhospitalidad y la naturaleza prohibida de esta tierra selvática ha contribuido sin duda a perpetuar el mito de una Ciudad Blanca escondida, pero el origen de la leyenda es un misterio.

Explora­dores, prospectores y pioneros de la aviación referían haber vislumbrado las murallas blancas de una ciudad en ruinas asomando de la selva; otros se hacían eco de los relatos registrados por Hernán Cortés en 1526 a propósito de ciudades fabulosas ocultas en el interior hondureño. Los antropólogos que convivieron con los indios misquitos, pech y tawahkas les oyeron hablar de una «Casa Blanca», un reducto en el que los in­dígenas se habían ocultado de los conquistadores españoles y del que jamás habían regresado.

La Mosquitia se encuentra en la frontera de Mesoamérica, colindante con el territorio de los mayasMientras que la maya es una de las antiguas culturas de América más estudiadas, los pueblos de la Mosquitia siguen estando entre los más misteriosos y son un signo de interrogación materializado en la leyenda de la Ciudad Blanca. Con el tiempo el mito llegó a formar parte de la conciencia nacional hondureña. En la década de 1930 la leyenda había cautivado también la imaginación del público estadounidense. Se emprendieron varias expediciones para localizarla, entre ellas tres organizadas por el Museo Nacional del Indio Americano de Nueva York y financiadas por George Gustav Heye, un ávido coleccionista de piezas de los nativos americanos.

Las dos primeras regresaron con rumores sobre una ciudad perdida en la que había una estatua gigante de un dios mono a la espera de ser ex­­cavada. La tercera, dirigida por un excéntrico periodista llamado Theodore Morde, llegó a Honduras en 1940. Morde salió de la selva cinco meses después con cajas repletas de piezas. «La Ciudad del Dios Mono estaba amurallada. Seguimos uno de esos muros hasta que desapareció bajo unos montículos que tienen visos de haber sido grandes edificios», escribió. Morde se negó a revelar la ubicación por miedo a que fuese objeto de saqueos, alegó, pero prometió volver al año siguiente para iniciar las excavaciones. Jamás regresó. En 1954 se ahorcó. Su ciudad, si es que existió, sigue sin ser identificada.

En décadas posteriores la labor arqueológica en la Mosquitia quedó frenada no solo por la dificultad del terreno, sino también por la creencia generalizada de que el suelo de las selvas de América Central y del Sur era tan pobre que solo podía dar sustento a cazadores-recolectores dispersos. Tal era la creencia pese a que ya en los años treinta las primeras exploraciones arqueológicas descubrieron varios asentamientos, lo que sugería que la zona había albergado una cultura extendida y sofisticada, lo cual no es de extrañar considerando que la región es una en­crucijada comercial y geográfica entre los mayas y otros mesoamericanos del norte y el oeste, y las poderosas culturas de lengua chibcha del sur.

Las gentes de la Mosquitia copiaron aspectos de la cultura maya, como el diseño de sus ciudades, un tanto parecido. Es probable que adoptaran el famoso juego de pelota mesoamericano, una competición ritual que a veces implicaba sacrificios humanos. Pero se desconoce qué relación tenían exactamente con sus vecinos. Algunos arqueólogos postulan que un grupo de guerreros mayas de Copán pudieron hacerse con el control de la Mosquitia y gobernaron como una élite a la población local. Otros creen que la cultura local simplemente abrazó las características de la impresionante civilización vecina.

Una diferencia importante entre ambas culturas radica en los materiales de construcción elegidos por los pobladores de la Mosquitia. Aún no hay pruebas de que construyesen con cantería, y en cambio se sabe que levantaban sus edificios públicos con cantos de río, tierra, madera y cañas y barro. Decorados y pintados, es posible que fuesen tan impresionantes como los grandiosos templos de los mayasPero una vez abandonados, la lluvia los desmoronó y se pudrieron, quedando convertidos en anodinos montículos de tierra y escombros que la vegetación engulló con rapidez. La desaparición de esta arquitectura espléndida podría ser la explicación de por qué la cultura que la creó está tan «marginada», dice Christopher Begley, quien ha llevado a cabo estudios arqueológicos en la región de la Mosquitia. Esta cultura está tan poco estudiada que ni siquiera se le ha dado una denominación formal.

«Es mucho lo que ignoramos sobre esta gran cultura. De hecho, lo ignoramos casi todo», me dijo Oscar Neil Cruz. Nacido en México, Neil es director de arqueología del Instituto Hondureño de Antropología e Historia (IHAH).

Cuando se sabe tan poco, todo es posible. A mediados de la década de 1990 un director de documentales llamado Steve Elkins quedó cautivado por la leyenda de la Ciudad Blanca y se embarcó en su búsqueda. Pasó años estudiando los relatos de exploradores, arqueólogos, bus­cadores de oro, narcotraficantes y geólogos. Marcó en los mapas las zonas de la Mosquitia que habían sido exploradas y las que no. Contrató a científicos del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA para analizar canti­dades ingentes de datos del Landsat e imágenes de radar de la Mosquitia en busca de señales de asentamientos antiguos.

El informe del JPL mostraba lo que podían ser rasgos «rectilíneos y curvilíneos» en tres valles, que Elkins llamó T1, T2 y T3 (siendo T la inicial de target, es decir, «objetivo»). El primero era un valle fluvial inexplorado rodeado de cumbres que forma un cuenco natural. «Se me ocurrió pensar que si yo fuese un rey, aquel sería el lugar perfecto para ocultar mi reino», declaró Elkins. Pero las imágenes no eran concluyentes; necesitaría un modo mejor de escudriñar bajo el denso dosel de la selva.

En 2010 Elkins leyó en la revista Archaeology un artículo que describía el uso de una técnica llamada lidar (acrónimo de «light detection and ranging») para levantar el plano de la ciudad maya de Caracol, en Belice. El lidar envía cientos de miles de pulsos de luz láser infrarroja al bosque lluvioso y registra el punto donde se refleja cada uno. El resultado es una nube tridimensional de puntos que, una vez procesada con software para eliminar los pulsos que inciden en los árboles y en el sotobosque y conservar solo los que llegan al suelo, da lugar a una imagen que contiene las siluetas de los posibles elementos arqueológicos. En tan solo cinco días de trabajo, el lidar reveló que Caracol era siete veces más grande de lo que se pensaba después de 25 años de exploración sobre el terreno.

Un inconveniente del lidar es su elevado coste. El escaneo de Caracol lo había realizado el Centro Nacional de Cartografía Aérea por Láser (NCALM) de la Universidad de Houston. Solicitar al NCALM el escaneo de los 143 kilómetros cuadrados que suman los tres valles costaría unos 220.000 euros. Por suerte, a esas alturas el afán de Elkin por hallar la Ciudad Blanca había contagiado al cineasta Bill Benenson, seducido por el proyecto hasta tal punto que decidió correr él mismo con todos los gastos.

Los resultados preliminares fueron asombrosos. Parecía haber un rosario de ruinas a lo largo de varios kilómetros del valle T1. En el T3 se evidenciaba un yacimiento el doble de grande. Aunque era fácil apreciar las estructuras de mayor tamaño, el análisis a fondo de las imágenes tendría que pasar por un arqueólogo ducho en el uso del lidar. Elkins y Benenson recurrieron a Chris Fisher, especialista en Mesoamérica de la Universidad del Estado de Colorado.

Y así es como un día de febrero de 2015 Fisher dio consigo en la orilla de un río sin nombre del T1, contemplando la selva que se alzaba en la otra margen y ardiendo en deseos de penetrar en ella

Desde el momento en que vio las imágenes de lidar, Fisher quedó fascinado. Había utilizado esta tecnología para cartografiar Angamuco, una antigua ciudad de los purépechas (o tarascos), fieros rivales de los aztecas en el área central de México desde más o menos el año 1000 hasta la llegada de los españoles a principios del siglo XVI. Mientras que las comunidades de las tierras altas mexicanas de la América precolombina estaban densamente pobladas, las tropicales tendían a desperdigarse sobre el territorio. No obstante, los yacimientos de los valles T1 y T3 parecían sustanciales; sin lugar a dudas eran los asentamientos de más entidad localizados hasta la fecha en la Mosquitia.

La zona central del T3 ocupaba cerca de cuatro kilómetros cuadrados, casi tanto como el núcleo de la ciudad maya de Copán, situada al oeste. El centro del T1 era más pequeño pero más concentrado; parecía constar de diez grandes plazas, con decenas de montículos, caminos, bancales de cultivo, canales de riego, un depósito de agua y lo que podría haber sido una pirámide. A la vista de la arquitectura ceremonial, las múltiples plazas y los movimientos de tierra que se han hecho, Fisher concluyó que ambos yacimientos casaban con la definición arqueológica de ciudadun asentamiento en el que es evidente una compleja organización social. «Las ciudades desempeñan funciones ceremoniales especiales y se asocian con una agricultura intensiva –me explicó–. Y suelen entrañar una reconstrucción importante y monumental del entorno».

En su quijotesca búsqueda de una (probablemente) mítica Ciudad Blanca, Elkins y Benenson habían descubierto lo que parecían ser dos ciudades antiguas absolutamente reales. Con ayuda del Gobierno hondureño, reunieron un equipo capaz de internarse en la selva para cotejar sobre el terreno lo que habían identificado las imágenes de lidar. Además de Fisher, el equipo contaba con otros dos arqueólogos (entre ellos Oscar Neil Cruz), una antropóloga, un técnico de lidar, dos etnobotánicos, un geoquímico y un geógrafo. Con ellos iban los cámaras de Elkins y un equipo de National Geographic.

La logística era complicadísima: además de bregar con serpientes, insectos, barro y lluvia in­­cesante, corríamos el riesgo de contraer malaria, dengue y una amplia gama de enfermedades tropicales.
Para facilitar el avance, Elkins y Benenson habían contratado a tres exoficiales del Servicio Aéreo Especial (SAS) británico, fundadores de una empresa especializada en guiar equipos de filmación por zonas peligrosas. Habían descendido previamente sobre el lugar para despejar con machetes y motosierras una zona de aterrizaje y otra de acampada mientras el helicóptero volvía a Catamacas a por Fisher y los demás. Andrew Wood, alias Woody, jefe del equipo de soporte, me contaría después que mientras trabajaban, los animales (un tapir, gallos silvestres y monos araña) se movían o se congregaban en las copas de los árboles, aparentemente sin temor alguno. «Nunca he visto nada igual –dijo–. Creo que era la primera vez que veían un ser humano.»

Para montar el campamento base Wood había elegido una terraza elevada detrás de la zona de aterrizaje, entre árboles enormes, accesible por un puente de troncos tendido sobre un lodazal, con un terraplén de subida. Por el peligro que constituían las serpientes –la supervenenosa serpiente terciopelo es especialmente preocupante– había prohibido que nadie saliese del campamento sin escolta. Pero Fisher ardía de impaciencia; acostumbrado a trabajos de campo peligrosos, amenazaba con salir a explorar por su cuenta. Avanzada la tarde, Wood accedió a hacer un reconocimiento rápido de las ruinas. Los miembros del equipo de avanzada se reunieron junto al río, protegidos por polainas antiserpientes y apestando a repelente de insectos. Un GPS en el que Fisher había descargado los mapas de lidar les indicaba su localización exacta respecto de las presuntas ruinas.

Fisher consultaba el GPS y cantaba el camino a Wood, mientras este iba abriendo una senda por un matorral de heliconias. El bosque bullía con los sonidos de aves, ranas, sapos e insectos. Vadeamos dos lodazales –en uno de ellos el barro nos llegaba por los muslos–, ascendimos por los riscos que descollaban sobre la llanura de inundación y llegamos a la base de una escarpada prominencia engullida por la selva: el límite de la supuesta ciudad. «Subamos», dijo Fisher. Comenzaba el cotejo sobre el terreno.

Aferrándonos a lianas y raíces, ascendimos por la resbaladiza ladera tapizada de hojas. En la cima, alfombrada de una tupida vegetación, Fisher señaló una depresión rectangular, sutil pero inconfundible, en la que creyó reconocer el contorno de un edificio. Al arrodillarse para verla mejor, Neil descubrió lo que parecían ser vestigios de una construcción de tapial, un punto a favor de la interpretación de que allí hubo una pirámide de tierra. Fisher estaba eufórico. «Justo lo que pensaba –dijo–. Todo este terreno fue modificado por la mano del hombre.»

Fisher y Wood condujeron al grupo desde la pirámide hacia lo que Fisher esperaba que fuese una de las diez plazas de la ciudad. Al penetrar en la zona, hallamos un tramo de bosque allanado artificialmente, tan nivelado como un campo de fútbol. Tres de sus lados estaban limitados por montículos lineales, los restos de muros y edificios. Una zanja que atravesaba la plaza dejaba a la vista una superficie pavimentada con piedras. Al cruzar la plaza, descubrimos al fondo una hilera de piedras planas, casi como altares, posadas sobre unas rocas blancas que hacían de trípodes. Pero la densa vegetación seguía frustrando cualquier intento de imaginar el trazado o las dimensiones de aquella antigua ciudad. Anochecía, y regresamos al campamento.

Al día siguiente reanudamos la exploración, envueltos en una espesa niebla en la que reverberaban las voces de los monos aulladores. Pendían cortinas de lianas y flores colgantes. En aquel crepúsculo verdoso, rodeado de árboles inmensos y montículos mudos –vestigios de otras gentes, de otro tiempo–, sentí que se desvanecía la conexión con el presente. Un clamor en lo alto de las copas anunció el inicio de un aguacero, que nos empapó en un abrir y cerrar de ojos.

Fisher, blandiendo su machete, echó a andar hacia el norte con Neil y Juan Carlos Fernández Díaz, el técnico de lidar del equipo, para localizar más plazas. Anna Cohen, doctoranda de la Universidad de Washington, y Alicia González, la antropóloga de la expedición, se quedaron para despejar de vegetación la hilera de piedras. Hacia la tarde regresaron Fisher y su grupo; habían localizado otras tres plazas y numerosos montículos. Compartimos un buen té caliente con leche bajo el aguacero. Wood, preocupado por una posible crecida del río, ordenó el regreso al campamento. Partimos en fila india.

De pronto, el cámara Lucian Read dio el alto.

«¡Eh!, aquí hay unas piedras muy raras.»

En la base de la pirámide, asomando apenas del suelo, se distinguía la parte superior de decenas de esculturas de piedra de bella factura. Las piezas, tapizadas de musgo y vislumbradas bajo la alfombra de hojas, cobraron forma en la pe­­numbra de la selva: la amenazadora cabeza de un jaguar, una vasija de piedra decorada con la cabeza de un buitre, grandes recipientes tallados con figuras de serpientes y un conjunto de objetos que parecían tronos o mesas ornamentadas, y que en terminología arqueológica se denominan metates. Todas las piezas estaban en perfecto estado, como si nadie las hubiese tocado desde que varios siglos atrás fueran abandonadas.

Hubo gritos de asombro. Los expedicionarios se arremolinaban en torno a ellas, chocando unos con otros. Fisher se puso al mando enseguida, ordenó a todo el mundo que se retirase y acordonó la zona. Pero estaba tan emocionado como los otros, si no más. Aunque en otras partes de la Mosquitia se conocían objetos parecidos, la mayoría eran piezas sueltas halladas tiempo atrás por Morde y compañía o desenterradas y extraídas por lugareños o por saqueadores. Sin duda no había noticia de un tesoro semejante. Asomaban del suelo 52 objetos, y quién sabe cuántos aguardaban bajo tierra.

«Es una potente exhibición ritual –afirmó Fisher–. Sacaron de la circulación objetos preciados como estos y los dejaron aquí, tal vez a modo de ofrenda.»

En los días subsiguientes el equipo de arqueólogos registró cada pieza in situ. Con un lidar montado sobre un trípode, Fernández escaneó también los objetos para obtener imágenes tridimensionales de todos ellos. Nadie tocó nada, no se desenterró lo más mínimo: eso tendría que esperar a otra ocasión, cuando el equipo volviese con las herramientas y el tiempo necesarios para efectuar una excavación en condiciones.

Mientras escribo estas líneas se planifica otra expedición de mayor envergadura, con el apoyo total del Gobierno de Honduras. Azotada por el narcotráfico y la violencia que este conlleva, Honduras es un país pobre necesitado de buenas noticias. La Ciudad Blanca tal vez sea una leyenda, pero cualquier hallazgo que otorgue visos de realidad al mito genera gran entusiasmo; es causa de orgullo colectivo, una afirmación de la vinculación del pueblo con su pasado precolombino. Al enterarse del hallazgo, Juan Orlando Hernández, presidente de Honduras, ordenó que una unidad militar protegiese el ya­cimiento de los saqueadores las 24 horas. Semanas después viajó al lugar en helicóptero para verlo en persona y expresó el compromiso de que su Gobierno hará «lo que haga falta» para avanzar no solo en la investigación y protección del legado cultural del valle, sino también del patrimonio ecológico de la región circundante.

La investigación acaba de empezar. La mayor parte del valle T1 sigue pendiente de estudio, y las ruinas todavía mayores del T3 ni siquiera se han examinado. Y quién sabe qué secretos ocultará la selva que cubre el resto de la Mosquitia. En los últimos años se ha producido un cambio fundamental en el concepto arqueológico de la ocupación humana de los parajes tropicales. Antes se hablaba de asentamientos minúsculos y muy desperdigados sobre un territorio deshabitado en su mayor parte. Hoy se cree que existían asentamientos muy poblados, separados unos de otros por mucho menos espacio vacío.

«Incluso en este remoto entorno selvático, donde nadie lo esperaba, hubo grandes poblaciones viviendo en ciudades–explicó Fisher–. De miles de personas.»

Lo que aún nos queda por saber de los antiguos habitantes de la Mosquitia es prácticamente infinito, pero el plazo para entenderlo quizá no lo sea. En febrero, cuando regresábamos del T1 a Catamacas, llevábamos apenas unos kilómetros de vuelo cuando el tapiz ininterrumpido de bosque lluvioso empezó a ceder paso a laderas con zonas arrasadas para la cría de ganado. Virgilio Paredes, director del IHAH, bajo cuyos auspicios se llevó a cabo la expedición, calcula que al ritmo actual, la corta a tala rasa alcanzará el valle T1 en ocho años o menos, destruyendo sus posibles tesoros culturales y exponiendo otros a saqueos indiscriminados. El presidente Hernández ha prometido proteger la región contra la deforestación y contra los saqueos, un compromiso en cuyo marco ha fundado la Reserva del Legado Patrimonial de la Mosquitia, un área de unos 2.030 kilómetros cuadrados que rodean los valles estudiados con lidar. Pero la cuestión es peliaguda. Aunque la tala es ilegal –en teoría la zona está protegida como parte de las reservas de la biosfera de Tawahka Asangni y de Río Plátano–, en esta región hondureña la ganadería es una importante muleta económica y una tradición muy apreciada.
Si los hallazgos en el T1 inclinan la balanza hacia la preservación, entonces no tendrá mayor importancia que la Ciudad Blanca sea real o mítica. Su búsqueda ya ha dado frutos.


¿Son estas las piernas de Nefertari?

 

¿Son estas las piernas de Nefertari?














Un grupo de arqueólogos cree que las piezas que se conservan en Turín pertenecen a la esposa de Ramsés II, cuya tumba es la más bella de Egipto


Cuando egiptólogos italianos entraron en la QV66, la que luego se identificaría como la cámara funeraria de la reina Nefertari había sido arrasada ya por saqueadores en varias ocasiones: pese a todo, el yacimiento ofreció numerosos hallazgos a la egiptología, entre ellos un par de rodillas que los expertos presumieron serían de Nefertari. Ahora, tras nuevos y específicos análisis, la egiptóloga Joann Fletcher está científicamente más convencida:las rodillas son de la hermosa Nefertari, esposa favorita del faraón Ramsés II.

Los resultados de los numerosos test –datación por radiocarbono, análisis químicos, reconstrucción antropológica, pistas arqueológicas- sobre las dos rótulas momificadas, así como fragmentos de fémur y tibia que permanecen en el Museo Egipcio de Turín (Italia), «apuntan firmemente a la identificación de los restos como de Nefertari», concluye la investigación internacional, de la que egiptóloga Joann Fletcher es coautora, publicada en la revista Plos One.

Radiografía de las piernas momificadas con algún rastro de Artritis
Radiografía de las piernas momificadas con algún rastro de Artritis

Ambas rodillas pertenecerían a una mujer que pasaba los cuarenta en el momento de morir, edad aproximada con la que Nefertari desapareció del escenario real. Un análisis de rayos X reveló por su parte un fino espesor cortical, que sin otras evidencias clínicas que aseguren una osteoporosis, demuestra en cambio escaso trabajo físico, lo que apunta al alto estatus de la momia. Análisis químicos de los materiales usados en la momificación subrayan esa hipótesis: «Fueron momificadas siguiendo un proceso de muy alta calidad, usando los ingredientes más costosos. Una envoltura muy cuidadosa, con gran atención al detalle», señala Fletcher. Los materiales, según queda recogido en la investigación, se ajustan a los utilizados para embalsamamientos en el siglo XIII a.C., época en la que se calcula murió la reina (1255 a.C.)

A partir de las rodillas y los fragmentos de pierna, el equipo de Fletcher calculó la altura aproximada de la momia: 1,65m, altura media en la época y que coincide además con las medidas de la persona para la que fueron diseñadas unas sandalias encontradas en la tumba de Nefertari.

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Cabeza de botón con el nombre (Kheper-Kheperu-Ra) del rey Ay
Cabeza de botón con el nombre (Kheper-Kheperu-Ra) del rey Ay– Museo de Turín

Dada la costumbre de los egipcios de reutilizar los enterramientos para otras momias, existía la posibilidad de que las rodillas no fueran de Nefertari, sino de una época posterior. Sin embargo, la datación con radiocarbono confirma una horquilla entre el final del Segundo Periodo Intermedio y el Imperio Nuevo, época en la que gobernó Ramsés II (hacia 1250 a.C., XIX Dinastía). La tumba de Nefertari, la esposa favorita del megalómano faraón y reconocida en su época por su belleza, fue descubierta en 1904 en el Valle de las Reinas.

Nefertari Meryetmut, cuya muerte se sitúa en 1255 AC, perteneció a la dinastía egipcia XIX y fue la Gran Esposa Real de Ramsés II el Grande, uno de los faraones más poderosos. Su tumba en el Valle de las Reinas es la más hermosa del antiguo Egipto por la calidad de las pinturas que decoran todas las salas.

Españoles en las cruzadas: héroes curtidos, admirados y olvidados que defendieron la Cruz en Tierra Santa

 

Españoles en las cruzadas: héroes curtidos, admirados y olvidados que defendieron la Cruz en Tierra Santa











Caballeros cristianos, durante la Primera Cruzada
Caballeros cristianos, durante la Primera Cruzada

A pesar de que la mayoría de monarcas hispanos se quedaron en la península Ibérica para combatir a los musulmanes, las crónicas nos relatan las hazañas de combatientes catalanes o navarros que viajaron a Tierra Santa

Urbano II fue una superstar de la Edad Media. Inmerso en una época en la que los caminos se recorrían a golpe de jamelgo o borriquillo según el presupuesto, el mismo papa que fue definido por Bernoldo de San Blas como un hombre «distinguido por su piedad y su sabiduría» se paseó por media Europa junto a un gigantesco séquito de cardenales, arzobispos y altos dignatarios durante el verano de 1095 con un solo objetivo: convencer a todo varón en edad de combatir de que abandonara su familia y su casa y recorriera miles de kilómetros para defender Constantinopla de los musulmanes. «Debéis apresuraros a socorrer a vuestros hermanos que moran en el este, necesitan vuestra ayuda», afirmó en el Concilio de Clermont.

Su «súplica más ferviente […] exhortada por Dios», en la que insistió durante un verano entero, funcionó y sembró el germen de la Primera Cruzada. A la petición respondieron una infinidad de nobles varones y soldados reconocidos. Muchos, es cierto, azuzados por la posibilidad de borrar sus faltas a cambio de prestar su espada en combate. «Cuando descubrieron que había remisión de los pecados, muchas personas de vocaciones distintas juraron ir con el alma purificada adonde se les había ordenado», escribió el cronista de la época Fulquerio de Chartres. Godofredo de Bouillón, Raimundo IV de Tolosa… La lista fue más que extensa, aunque, en ella, no se suele hallar ningún guerrero de la península Ibérica.

No es que sea extraño. Al fin y al cabo, por estos lares los reinos cristianos andaban en otros menesteres tales como orquestar la tan mitificada Reconquista. De hecho, ya en el año 1063 el también papa Alejandro II había barruntado la posibilidad de perdonar algunos pecados a los caballeros italianos o galos «decididos a partir a península» para colaborar en su liberación. Sin embargo, y aunque es cierto que los grandes nobles de aquella incipiente España hicieron su propia cruzada sin moverse de casa, también lo es que hasta Tierra Santa partieron un número considerable de guerreros de acento castellano, navarro o catalán. Combatientes que, por alguna extraña razón, han pasado de puntillas por la historia, olvidados.

De la península a Tierra Santa

Cuesta seguir la huella peninsular en Oriente. Con todo, es posible gracias al historiador del siglo XVIII Martín Fernández de Navarrete y a su obra «Españoles en las cruzadas». El también noble y marino definió estas contiendas como las Guerras de Ultramar y, en sus palabras, a pesar de que «bajo el honorífico pretexto de hallarse sus soberanos de Castilla, de Aragón y de Navarra demasiado ocupados en combatir a los árabes y sarracenos de España» se suele obviar la presencia patria en la zona, «partieron, sin embargo, muchas tropas españolas y gran número de campeones, que se distinguieron por sus proezas».

Entre las primeras tropas españolas que respondieron a las súplicas de Urbano II se hallaron las huestes dirigidas por Raimundo IV de Tolosa, veterano de las guerras de Alfonso VI contra los musulmanes a lo largo y ancho de la península. «Fue de los cruzados que, con más ardor, tomaron el empeño de ir a la Palestina. Pasó los Alpes con cerca de cien mil hombres, muchos de ellos catalanes y de todos los demás reinos de España», desvela Navarrete. A su llegada a Tierra Santa, este contingente se unió al de Ademar de Monteil, obispo de Puy, que también contaba con un número considerable de hombres de armas reclutados en Cataluña.

Concilio de Clermont
Concilio de Clermont

En palabras del autor, en el seno de aquel contingente había «un tercio de españoles veteranos, que constaba a lo menos de siete mil hombres muy bien armados y de respetable presencia y ánimo esforzado». Combatientes versados en el arte de la guerra que ya habían demostrado su valía. El dato sorprende, pues buena parte de la Primera Cruzada estuvo protagonizada por campesinos sin formación ni oficio en sus países de origen que atravesaban medio mundo y se cosían la Santa Cruz al jubón con el único objetivo de sobrevivir a golpe de saqueos y rapiña. Así lo confirma el historiador Dan Jones en «Los cruzados»: «Muchos eran pueblerinos vulgares que carecían de todo recurso, excepto la fe».

Este «tercio de españoles veteranos» asombró a los cristianos durante el asedio cruzado de Antioquía entre los años 1097 y 1098. A pesar de que la ciudad era casi inexpugnable por sus altas murallas y sus más de 400 torres defensivas, combatieron con bravura en la llamada Puerta del Perro (o Puerta del Can) y se negaron a retirarse. Así atestiguó un testigo de la batalla su valor: «Y dijeron así unos a otros: gran merced nos hizo nuestro señor Dios, y muchos nos ama, que de tantos peligros nos ha librado y nos ayuntó aquí ahora para conquerir la su heredad. Y vil y deshonrado sea todo aquel de nos que huyere por moro».

El mismo cronista insistió en su dominio del arte de la guerra cuando fue preguntado por uno de sus superiores: «Señor, bien lo puedes saber que aquellos son los muy buenos caballeros del tiempo viejo que conquirieron a España por el su gran esfuerzo, que más moros mataron ellos después que nacieron que vos no trajistes aquí de toda gente: y aunque los otros huyan del campo, sepas que estos no huirán por ninguna manera, que conocen que han logrado ya bien sus días: y si les acaeciere querrán antes aquí morir en servicio de Dios que tornar las cabezas para huir». Cuesta, no obstante, saber qué fue de ellos después de que los cruzados tomaran Antioquía tras el extenso asedio.

Héroes olvidados

La lista de héroes peninsulares es extensa, aunque en ella brillan nombres como el de Golfer de las Torres. Durante el asedio de Antioquía, este caballero cruzado se enfrentó a cinco turcos «que venían a todo correr a incomodar a los cristianos que pasasen». Y lo hizo armado tan solo con una lanza. Al parecer, en su carga los enemigos levantaron tanto polvo que no se percataron de que el hispano iba hacia ellos a toda velocidad. Este «hirió entonces al primero que halló»; le ensartó de tal forma que el arma «salió un codo de la parte de las espaldas». Luego dio buena cuenta de uno de sus compañeros con un golpe seco. Arremetió de tal forma que el resto huyeron, aunque los persiguió hasta las puertas de la ciudad «clavándole la lanza por las espaldas en el pescuezo a otro».

Golfer de las Torres tuvo otra actuación heroica en defensa del conde de Tolosa. Al parecer, cuando este se hallaba «en el mayor apuro, lleno de heridas, maltratando el caballo y perdidas las armas propias para su defensa» mientras luchaba contra el hijo del sultán de Niquea. Nuestro protagonista fue uno de los dos caballeros que se lanzaron de bruces contra los enemigos. «Mató a uno de los oficiales y otros soldados enemigos, libertando así al conde, a quien hallaron entre quince moros que yacían en derredor suyo muerto por sus manos». Junto a él destacó, en aquella contienda, una unidad de jinetes españoles a las órdenes del castellano Pero González el Romero.

Urbano II
Urbano II

Navarrete explica también que algunos nobles catalanes viajaron a Palestina a partir de 1096. Lo hicieron animados por las historias de aquellos que regresaban y narraban de forma épica sus batallas. «Su ejemplo facilitó el camino para la Tierra Santa a muchas personas principales de la provincia, de diferentes sexos y estados que quisieron señalar su piedad y su valor». Poco después de que terminara la Primera Cruzada, por ejemplo, una «insigne mujer llamada Azalaida» viajó a Siria con las tropas que se embarcaron. Y tras ella arribaron otros tantos como Arnaldo Mirón, Guillermo Ramón y otros que, antes de dejar la península Ibérica, hicieron testamento en favor de la Iglesia.

No fue menor en Castilla el fervor religioso. En las crónicas de Alfonso VI se desvela, por ejemplo, la gesta del conde Rodrigo González Girón. Este, después de combatir a los musulmanes en su tierra natal y «hallándose gobernando la ciudad de Toledo y otros pueblos», marchó a Jerusalén tras perder el favor del monarca. «Allí labró un castillo muy fuerte llamado Torón, situado frente de Ascalona, el cual guarneció con tropa de infantería y caballería, y proveyéndolo de muchos víveres lo entregó después a los soldados del Temple», desvela Navarrete. No le fue demasiado bien. Cuando intentó regresar a la península le resultó imposible recuperar sus tierras y sus riquezas. Al final, regresó desesperado a Tierra Santa, donde dejó este mundo.

La última de las regiones patrias desde las que partieron cruzados fue Navarra. Se baraja la posibilidad de que el mismísimo Ramiro Sánchez, hijo de Sancho García, viajara hasta Jerusalén en el año 1096 junto a otros tantos príncipes europeos y unos 300.000 combatientes. Más segura es la participación de un tal Saturnino Lasterra, natural de Atajona, al frente de un nutrido contingente de soldados. «Godofredo de Bullón le regaló en premio de sus servicios una porción de tierra del santo Sepulcro y un “Lignumcrucis” muy precioso, que se conserva en la iglesia parroquial. En los primeros tiempos se llamó esta imagen Nuestra Señora del Olivo, por estar situado su santuario en un olivar del mismo Saturnino Lasterra», añade el autor.

Canal FSemana Juridico : Derechos hereditarios del cónyuge viudo cuando existen hijos

 Canal   FSemana   Juridico   :   










Derechos hereditarios del cónyuge viudo cuando existen hijos


Cuando fallece una persona que estaba casada con otra, el viudo tendrá como legitimario unos derechos en la herencia de su cónyuge difunto.

Antes de explicar los derechos hereditarios del cónyuge viudo cuando existen hijos recordemos que en esta publicación, nos referimos al derecho sucesorio común, no al derecho sucesor foral que se aplica en algunas regiones de España (Aragón, Cataluña, Baleares, Galicia, Navarra, Pais Vasco).

Derechos del viudo en la herencia de su difunto cónyuge

El Código Civil señala que el cónyuge que al morir su consorte no se hallase separado de éste legalmente o de hecho, si concurre a la herencia con hijos o descendientes, tendrá derecho al usufructo del tercio destinado a mejora (artículo 834 C. Civil).

EJEMPLO: 

Una persona fallece estando casada y con tres hijos. En este caso, por ley le corresponde al viudo el usufructo del tercio de mejora de la herencia del difunto. El difunto si ha hecho testamento ha podido dejarle más a su cónyuge, pero como mínimo tiene derecho a esa parte de la herencia (“usufructo del tercio de mejora”).

¿Los herederos pueden pagarle al cónyuge viudo su parte de ususfructo en la herencia?

El Código civil también dispone en el artículo 839 lo siguiente:

“Los herederos podrán satisfacer al cónyuge su parte de usufructo, asignándole una renta vitalicia, los productos de determinados bienes, o un capital en efectivo, procediendo de mutuo acuerdo y, en su defecto, por virtud de mandato judicial.

Mientras esto no se realice, estarán afectos todos los bienes de la herencia al pago de la parte de usufructo que corresponda al cónyuge.”

Artículo 839.

Es decir, los herederos pueden sustituir el tercio de usufructo del viudo pagándole dinero en efectivo, asignándole una renta vitalicia o entregándole en propiedad algún bien, liberando de esta manera a la totalidad de la herencia del usufructo que tenía el viudo.

Dependiendo de la edad del viudo el usufructo del tercio que tenía valdrá mas o menos. A mayor edad del viudo el valor del usufructo es menor y si es más joven valdrá más.

Los derechos hereditarios del cónyuge viudo cuando existen hijos o descendientes pueden ser conmutados (“sustituidos“) en dinero, renta vitalicia o bienes, si los hijos así lo acuerdan. Mientras esto no se realice estarán afectos todos los bienes de la herencia al pago de la parte de usufructo que corresponda al cónyuge.

Establece la doctrina, a la hora de interpretar este precepto (art. 839 C. Civil), que la facultad de conmutación de los herederos trata de evitar la división del dominio pleno en nuda propiedad y en usufructo, alejando los inconvenientes y riesgos económicos en cuanto a la administración y disposición de los bienes que conforman el patrimonio hereditario.

Además, de esta forma, se instauran reglas específicas de composición de conflictos entre los herederos y el cónyuge viudo.

La interpretación del artículo 839 del Código Civil permite concluir que:

a) la elección de la forma de satisfacer la legítima del viudo corresponde a los herederos.

b) no compete al cónyuge viudo exigir una de las formas subsidiarias de pago.

c) el recurso a la autoridad judicial instando la revisión de la forma específica de pago elegida por el heredero solamente resulta admisible cuando el modo de satisfacción postulado por el heredero mediante el ejercicio de la facultad de conmutación hiciera ilusorio el derecho del cónyuge supérstite.

Sentencia sobre los derechos hereditarios del cónyuge viudo cuando existen hijos

Sentencia de la Audiencia Provincial de Jaén (Sección 2ª), de 6.10.2009

” Pues bien , el primer motivo del recurso entiende que la sentencia de instancia vulnera lo dispuesto en el art. 839 Código Civil, al entender que este precepto obliga a pedir el consentimiento a todos los herederos para satisfacer a la viuda su parte de usufructo, pero esto solo en lo referido a lo que corresponde a la viuda como legítima.

Sin embargo, esta interpretación ha de reputarse desacertada por no desprenderse de lo que establece el precepto. Tampoco puede olvidarse que, como afirma la Sentencia de la AP de Murcia de 4 de febrero 2005, de la dicción del precepto no se desprende que el mutuo acuerdo esté sujeto a dos distintos acuerdos de voluntades: la de los herederos y la de éstos con la viuda, al ser manifiesto del propio tenor gramatical del precepto, que son sólo los herederos quienes llevan a cabo toda una actuación tendente a entregar al cónyuge viudo un valor de la herencia conforme a tres modalidades, y sólo cuando entre esos herederos falte el acuerdo, la decisión será judicial, interpretación confirmada por la dicción del precepto (“podrán satisfacer…”) en clara referencia a los herederos, siendo el cónyuge el complemento indirecto, por lo que atribuir el mutuo acuerdo a una segunda voluntad es faltar a la identidad de dicho precepto y a su significado teleológico. 

Siendo así no cabe sino concluir que corresponde ciertamente a los herederos adoptar la decisión de conmutar por rigurosa unanimidad, al tratarse de un acto de disposición, sin que pueda estimarse válida la conmutación (“sustitución”) parcial, ni pueda entenderse obligado el viudo a soportar la imposición de una pluralidad de modos de satisfacer su legítima.

La oportunidad excepcional que brinda el art. 839 a los herederos, ha de ser utilizada por todos en lo concerniente a un único medio de pago.

Hasta aquí llega la interpretación estricta del precepto, cuya exégesis no puede petrificarse hasta el punto de que, aun reconociendo por regla general a los herederos la sustitución del usufructo vidual,  se impida o sustraiga esta facultad a la autoridad judicial, como viene admitiendo la jurisprudencia desde la sentencia de 20 de diciembre de 1911.”

Los derechos hereditarios del cónyuge viudo cuando existen hijos o descendientes del difunto será el usufructo del tercio destinado a mejora.


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