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Dónde comer en Irlanda
Cuando decidí mudarme a Irlanda con 26 años, lo primero que me dijo mi madre fue: ¿Y qué vas a comer allí? Y eso que ella no sabía –ni yo tampoco– que incumpliría mi plan inicial de quedarme tan solo un año en la Isla Esmeralda. Al final fueron nueve. Nueve años en los que pasé de los fish & chips, las hamburguesas y las patatas cocinadas de un sinfín de maneras distintas a sumergirme en una variedad culinaria que resulta desconocida para la mayoría de los viajeros que se deciden a visitar el país.
La gastronomía es uno de los atractivos más sorprendentes de la República de Irlanda. No en vano, en la actualidad hay 23 restaurantes con estrella Michelin. Nada mal, teniendo en cuenta que la población total del país es similar a la de la Comunidad de Madrid y el hecho de que la alta cocina es un fenómeno relativamente reciente.
El renacer de una gastronomía olvidada
En las últimas décadas, la cocina irlandesa ha vivido una auténtica revolución silenciosa en la que ha vuelto al origen, al producto local, protagonista de tantas recetas heredadas que han sido reinterpretadas con sensibilidad contemporánea.
Entiendes este renacer culinario cuando viajas por su maravillosa geografía. El Atlántico, bravo y generoso, aporta mariscos y pescados de una calidad extraordinaria; los prados infinitos, salpicados de ovejas, ofrecen carnes y lácteos de sabor profundo; y el clima, a menudo desafiante, ha moldeado una cocina reconfortante, pensada para calentar cuerpo y alma.
Cada región tiene su carácter, sus productos, sus recetas y sus lugares donde sentarse a entenderlos.
Dublín: tradición reinventada en la capital
Dublín es el punto de partida perfecto para entender la evolución de la cocina irlandesa. La ciudad combina su pasado humilde, marcado por hambrunas y guerras civiles, con una escena gastronómica cada vez más sofisticada, basada en productos locales. En sus calles conviven pubs centenarios con restaurantes modernos que quieren imprimir su toque distintivo a recetas centenarias.
El irish stew –guisado irlandés– sigue siendo el plato más emblemático. Se trata de un guiso de cordero cocinado lentamente con patatas, zanahorias y cebolla que concentra la esencia del campo irlandés. Lo podemos probar en The Woollen Mills, donde lo cocinan con un respeto casi reverencial hacia la tradición, pero con una técnica depurada que eleva cada ingrediente. La carne se deshace con suavidad, el caldo es profundo y aromático y el conjunto resulta reconfortante sin ser pesado.
Una versión algo más densa –y muy sabrosa– de este estofado es el Guinness stew, cuya salsa está hecha con la famosa cerveza oscura irlandesa. Un buen lugar para disfrutar de este plato es el mítico pub O'Neills, situado en el centro de Dublín.
Pero Dublín también mira al mar. Las ostras frescas, muchas veces procedentes de la costa oeste, son habituales en cartas y mercados. Servidas con apenas unas gotas de limón o acompañadas de pan de soda, revelan la pureza del Atlántico. Este pan, ligeramente ácido y de miga densa, es otro de los grandes símbolos del país. Nacido de la necesidad –ya que no requiere levadura–, hoy se reivindica como un elemento esencial de la cocina irlandesa.
La ciudad ofrece además platos basados en ingredientes tradicionales: mantequillas artesanas, quesos de granja, carnes maduradas y verduras de temporada que llegan directamente del campo.
Galway y la costa atlántica: el sabor del océano
Galway es una de mis ciudades favoritas en Irlanda. Juvenil, bella y rebelde, sus calles, llenas de música y vida, mueren siempre en las aguas del Atlántico. Aquí, el producto estrella es el marisco, fresco, intenso y tratado con una sencillez que deja que el sabor hable por sí mismo.
Uno de los platos imprescindibles es el seafood chowder, una sopa cremosa donde conviven pescado blanco, mejillones, gambas y, en ocasiones, salmón. En Ard Bia at Nimmos, este plato alcanza una dimensión especial. El caldo es sedoso, el pescado está en su punto exacto y el conjunto se acompaña con pan de soda recién horneado que invita a untarlo con mantequilla.
A medida que recorremos la costa hacia el sur, el paisaje se vuelve más salvaje. Los acantilados de Moher se alzan como una de las imágenes más icónicas del país, y en los pueblos cercanos, como Doolin, la cocina mantiene una conexión directa con el entorno. Aquí, el salmón ahumado artesanal es protagonista. Preparado con métodos tradicionales y maderas locales, su textura firme y su sabor profundo lo convierten en un producto excepcional.
En Gus O'Connor's Pub, este salmón se sirve de forma sencilla, acompañado de mantequilla y pan, reverenciando el producto por encima de todo.
Kerry y Dingle: marisco sublime
Llegamos al suroeste de Irlanda para encontrarnos con los inolvidables paisajes del condado de Kerry. El Anillo de Kerry es el recorrido en coche más bello que se puede hacer en Irlanda, y de los mejores de Europa.
En Killarney, puerta de entrada al anillo, la gastronomía refleja la riqueza de los prados que rodean la región. Lo podemos comprobar en Bricín Restaurant, donde preparan el delicioso boxty, una especie de pastel de patata relleno de marisco o carne.
Dingle, en la península homónima, es uno de esos lugares donde la cocina parece inseparable del paisaje. Aquí, el marisco alcanza cotas excepcionales. Langostas, centollos, mejillones y vieiras llegan prácticamente vivos a la cocina, lo que se traduce en sabores intensos y texturas impecables. En Out of the Blue, el fresco producto del día marca el menú. Cada plato rinde homenaje al mar, desde pescados a la parrilla hasta elaboraciones más delicadas donde la mantequilla y las hierbas realzan sin ocultar.
La combinación de cocina rural y producto marino convierte esta región en una de las más completas desde el punto de vista gastronómico.
Cork y Kinsale: creatividad y producto local
Cork –o la República de Cork, como se referían mis amigos locales a su querida y rebelde ciudad– se ha ganado a pulso su reputación como epicentro culinario del país. Su famoso English Market, inaugurado en 1788, es un reflejo de la riqueza gastronómica de Irlanda: puestos de pescado fresco, carnes curadas, quesos artesanales y productos de temporada que muestran lo mejor del territorio.
En el restaurante Market Lane, han apostado por una cocina contemporánea que respeta profundamente el producto. El black pudding, una morcilla especiada, se convierte aquí en un plato elegante, demostrando que incluso las recetas más humildes pueden alcanzar nuevas dimensiones.
A pocos kilómetros, Kinsale ofrece una de las experiencias gastronómicas más completas del país. Este pequeño puerto pesquero ha sabido construir una identidad culinaria basada en el mar. En Fishy Fishy, el pescado del día se cocina sin aspavientos, pero creando uno de los mejores fish and chips que vamos a probar en nuestra vida.
Kinsale es también un lugar donde la creatividad florece. Restaurantes pequeños, cocinas abiertas y chefs que experimentan con ingredientes locales convierten cada comida en una sorpresa.
El noroeste y el interior: autenticidad entre Sligo, Donegal y tierras históricas
Culminamos nuestro viaje culinario en el noroeste, una de las regiones más auténticas y menos transitadas del país. En Sligo, los productos del mar conviven con carnes de pasto y una tradición culinaria profundamente arraigada.
Uno de los platos más representativos es el pescado fresco del día, preparado de forma sencilla, a la parrilla o al horno, acompañado de mantequilla irlandesa y verduras locales. En Eala Bhán, esta cocina se presenta con un toque contemporáneo que respeta la esencia del producto.
Más al norte, Donegal ofrece paisajes aún más salvajes y una gastronomía antiquísima. Aquí, el marisco vuelve a ser protagonista, pero también destacan los guisos tradicionales y los productos ahumados. En The Olde Castle Bar, donde pueden alardear de haber conseguido varios galardones culinarios, los sabores son intensos y honestos.
Antes de cerrar el recorrido, el interior vuelve a aparecer en escena con paradas como Kilkenny, donde siguen triunfando platos como el coddle. Se trata de un estofado que consiste en una cocción lenta de salchichas de cerdo, panceta, patatas y cebolla. Es un plato humilde y clásico de la clase trabajadora irlandesa, ideal para el invierno.
En Waterford, el viaje se despide con el blaa, un panecillo esponjoso que, relleno de panceta y mantequilla en The Granville Hotel Restaurant, resume la esencia de una gastronomía sencilla pero profundamente satisfactoria.
