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Restaurantes inexplorados por la marabunta de las sandalias con calcetines. Oasis con espíritu de bar de barrio, clientela local y cocina catalana tradicional. Te sentirás como Odiseo atado al mástil, tentado por las sirenas

¿Los oyes al otro lado? Los turistas han derribado las puertas de la ciudad, como lel ejército de Sauron en Minas Tirith, pero aquí no vendrá Collboni disfrazado de Aragorn para salvarnos; Solo nos quedará la huida. A partir de ahora, los restaurantes con terraza pasan a ser coto de caza internacional. Por eso, lo mejor es rehuir las zonas calientes y montar la tienda de campaña en terrazas libres de turistas, por aquello de sentirse como en casa. Sí, aunque parezca mentira, Barcelona todavía tiene terrazas en las que se come de maravilla y en las que no encontrarás un solo turista. Estas son algunas de las mejores.
1. Los chicos del barrio
A prueba de gentrificación
La revolución desde dentro. En Consell de Cent, ahora travesía peatonal gentrificada hasta las trancas, se ha levantado Bar Dijous (Consell de Cent, 93), una trinchera que resiste contra todo: cafés de especialidad, hamburgueserías, sushi, empanadas... De hecho, su discurso es un perfecto disuasor para 'expats' e instagramers. Los pilares del templo son la cocina catalana tradicional, los platos sin artificios, el buen producto y el espíritu de bar de barrio. Por eso, en su terraza no verás manadas de turistas pidiendo jarras de cerveza ni americanos trabajando con el MacBook; en Dijous manda la clientela local, la de siempre. Tiene mérito haber creado esta burbuja vecinal en una de las calles con más cartas en inglés de Barcelona. ¿La clave? Bar Dijous es una cooperativa formada por varios socios que querían darle al barrio un espacio donde pagar precios justos y comer platos reconocibles.
Me dejé caer un miércoles cualquiera y probé la fórmula del menú del día. Eliges un plato de la carta y, por 4 € más, tienes derecho a un generoso entrante, pan, agua y café. Me siento como Odiseo atado al mástil, tentado por las sirenas: 'capipota', sardinas en escabeche, legumbre del día, bacalao, macarrones gratinados… Para arrancar, me decanto por un gazpacho de los que me gustan. La sopa y ya. Sin inventos ni tropezones, solo un charco naranja de felicidad, perfecto para recibir al rey de la casa: el fricandó. Platazo abundante y meloso, bañado en una salsa en la que hay que mojar toneladas de pan, con 'moixernons' y unas apetitosas patatas cortadas a mano. De los mejores que he probado en Barcelona. Solo 18 € me ha costado sentirme como en casa en territorio comanche. Se van de vacaciones del 10 al 16 de agosto
2. Los bikinis de Sants
Desayuno con tunantes
En Sants hay una cafetería-bar-vermutería diferente que tiene al público local enamorado. Se llama Bar Remei (Olzinelles, 22) y su secreto es triple: bikinis, tortillas y dulces de gran calidad. También hay buen café y parafernalia vermutera, pero Anca Giusca lleva el timón en solitario y centra todos sus esfuerzos en bordar ese triángulo.
Le salen unas tortillas recién hechas, cremosas, untuosas, apetecibles y merecedoras de ocupar el podio olímpico barcelonés. Los bikinis son Ferraris a precio de utilitario. Los construye con pan de molde de Obelisc, embutido de Cal Rovira y mucho, muchísimo queso. Tiene otro bikini de puerros que deberías introducir en tu aparato digestivo cuanto antes. Además, borda la pastelería artesana y se marca unas 'cookies' de campeonato. Bar Remei se ha integrado como un guante de seda en el tejido social del barrio. Su pequeña terraza de la calle Olzinelles es un reducto tan local que la aparición de un turista se vive como la llegada de los alienígenas. Apúrate, porque cierra del 9 al 26 de agosto.
3. Aragón y cuenta nueva
Más vale maño que fuerza
Si estuviera en zona turística, las colas llegarían hasta Teruel, de donde viene su delicioso jamón ibérico. Afortunadamente para los barceloneses, La Esquinica (paseo Fabra i Puig, 296) iza la bandera de martes a sábado en un territorio todavía inexplorado por la marabunta de las sandalias con calcetines. Sigue siendo patrimonio del Turó de la Peira. Y se agradece comer en un clásico del tapeo rodeado de vecinos y de barceloneses que peregrinan desde otros barrios para disfrutar de sus archiconocidas bravas. Se está muy bien en la terraza de esta taberna aragonesa, nacida en 1972 y asentada en el paseo Fabra i Puig desde 1977. Se ha convertido en una institución de la tapica, y razones no le faltan. Qué fácil es perderse en su lista infinita de tapas y olvidarse de que hay gente esperándote en casa.
Porque primero son las longanicicas aragonesas; después, unos chocos; que no falte la ensaladilla, que hace calor; tormenta de croquetas por la izquierda; morro frito y almejas a la plancha por la derecha; otra de caracolillos de mar y otra de pimientos del Padrón, que estamos muy a gusto aquí fuera... Y así hasta las tantas. En los pliegues de esta ciudad convertida en parque temático, todavía quedan remanentes de la Barcelona que añoramos. Y no te despistes:se van de vacaciones del 16 al 31 de agosto.
4. Guinardó a la fresca
Japonés para catalanes
No me canso de recomendar este espacio. Es como si Kasa Hanaka (Pl. Salvador Riera, 2) desplegara el camuflaje de Predator cada vez que pasa un turista por allí, si es que pasa alguno. Estamos en el Centre Cívic Mas Guinardó, en una galaxia muy, muy lejana de las zonas más tensionadas de Barcelona. Aquí ha anidado uno de los tres Kasa Hanaka que hay en la ciudad, un espacio que reivindica la cocina casera japonesa y catalana en una misma canción.
Predomina el espíritu nipón, pero en casi todos los platos y tapas hay guiños a la gastronomía local. Puedes probar sus magníficos bols de fideos udon y, si el calor aprieta, no dudes en explorar sus tapas, platillos y dulces japo-catalanes. Ajustan los precios, trabajan con honestidad, no se flipan... Y eso que podrían hacerlo, porque tienen una de las mejores terrazas en las que he estado: un extenso mirador en las alturas del Guinardó, con una ensimismante panorámica de la ciudad y la línea del Mediterráneo al fondo. Te refresca las ideas y te da un respiro de tanto turista, porque este balcón es un reducto para locales. Si ves algún turista por allí, puedes darle la llave de la ciudad: se la ha ganado.
5. Vida en la plaza
Terraza de pueblo
Dos veces he comido en la terraza de Can Violí (Pl. Ibèria, 2) y dos triunfos he relatado. Se está a gustísimo. Es amplia y se encuentra en la plaza Ibèria de Sants, conocida también como la plaza del Violí, un islote al margen del mundanal ruido con auténticas 'vibes' de pueblo.
En esta casa de comidas apuestan por una fórmula que agrada al respetable: vinos catalanes, tapas y platos para compartir, con imprescindibles como la ensaladilla, el 'steak tartar' o las croquetas, y recetas de inspiración mediterránea con guiños internacionales, como el tataki de atún con ajoblanco o el ceviche de vieira y langostinos. Sin alardes, sin postureo: todo sale bien y se disfruta con ganas en compañía de amigos o familia, rodeado de barceloneses y ajeno al infierno turístico que, a esa misma hora, debe de estar desatándose en la Barceloneta y otros lugares parecidos. Dato de interés: está al lado de la sala Taro, por si te has pasado con el vino y te apetece activar el modo perreo.
6. Arroces al sol
Pedralbes 'chill'
Si hay que subir hasta las cumbres de Pedralbes, se sube. Todo sea por la terraza imposible de Bistró Mató (Bisbe Català, 10), un espacio ubicado en un edificio modernista que destila buen gusto y se apoya en la luz natural para rematar su encanto.
En el exterior se concentran las energías del 'bon vivant'. Porque Bistró Mató tiene una preciosa terraza en la misma plaza de Pedralbes, a los pies del monumento a Pearson, en los confines de la Barcelona pija. Las ensaladillas, la milanesa y el 'steak tartar' sobrevuelan la plaza y allanan el terreno para los arroces, el gran reclamo de la casa.











