miércoles, 19 de agosto de 2026

Canal Gastronomia : Gastronomía aragonesa

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Aragón se come mirando al cielo y al suelo a la vez. Al cielo, porque buena parte de esta tierra es de pastor: rebaños que suben a la sierra cuando aprieta el calor y bajan al valle del Ebro cuando llega el frío, y una cocina que nació de lo que cabía en el zurrón. Al suelo, porque pocos sitios de España guardan una despensa tan honda: el cordero más afamado del país, un jamón curado al aire seco de Teruel, un melocotón que se envuelve a mano, fruta por fruta.

Platos

Ternasco de Aragón. El cordero lechal de razas autóctonas que es seña de identidad aragonesa. Ochocientos años de pastoreo en estas sierras lo respaldan. Cordero joven, de menos de noventa días, criado con leche de su madre y de razas que solo existen aquí: rasa aragonesa, ojinegra de Teruel, roya bilbilitana, maellana y ansotana. De esa juventud le viene todo: carne rosa pálida, casi sin grasa, tan tierna que se deshace, con un punto lácteo que ningún cordero adulto tiene. Su historia es más vieja que su fama: en 1218, Jaime I puso un justicia al frente de los ganaderos de Zaragoza y nació la Casa de Ganaderos, cincuenta y cinco años anteriores a la Mesta castellana y aún hoy la más antigua de su clase en España. En 1989 fue la primera carne fresca de toda España con denominación propia. Se come asado, en horno de leña, sobre su cama de patatas. El plato de las bodas y las fiestas mayores.

Migas aragonesas. El alma de los días normales y puro ingenio de pastor. Nacieron en el monte para aprovechar el pan duro: pan sentado, picado finísimo a navaja, humedecido la víspera y frito con ajo, sebo de cordero y longaniza, mejor de Graus. Se remueve sin parar, "cucharada y paso atrás", hasta que cada miga queda suelta y dorada. Y entonces llega el gesto que desconcierta al forastero: se comen con uvas. Un puñado de uva fresca al lado, para que el dulce y el frío corten la contundencia del pan. Quien las pruebas por primera vez no entiende la mezcla. Quien las comió de niño junto al fuego, sabe que no hay otra forma.

Bacalao al ajoarriero. El pescado de la gente de secano, en una tierra sin mar. Bacalao en salazón —el que aguantaba el viaje tierra adentro sin estropearse—, que los arrieros llevaban a lomo de mula por los caminos del interior y que dio nombre al plato. Y aquí está el quid: con el mismo nombre conviven dos recetas distintas. La aragonesa y navarra se guisa con tomate y pimiento, roja y jugosa. La leonesa es otra cosa: bacalao, ajo dorado en láminas, un golpe de pimentón frito en el aceite y vertido sobre el pescado y, para rematar,a veces se coloca huevo cocido. Mismo apellido, dos almas. De los que reconfortan en un día de cierto.

Pollo al chilindrón. El guiso de domingo. Pollo cocinado en una salsa espesa y roja de pimiento, tomate y cebolla, lenta y sabrosa. Tan aragonés que el nombre del guiso ha viajado por toda España, pero la versión de aquí tiene carácter propio.

Borrajas. La verdura que en Aragón se venera y en el resto de España apenas se conoce. De hoja áspera y tallo carnoso, se sirve rehogada con patata y un chorro de aceite. Sencilla, verde, de huerta de invierno.

Chiretas. Plato de aprovechamiento total del Alto Aragón. Tripa de cordero rellena de arroz y carne, atada y cocida. Cocina de pastor que no tira nada, recia y de pueblo.

Postres

Pastel ruso. El postre fino de la repostería aragonesa. Dos capas de merengue crujiente de almendra que encierran una crema suave de mantequilla o praliné. De origen incierto y nombre curioso, hoy es un clásico de las mejores pastelerías de Huesca y Zaragoza.

Melocotón de Calanda en almíbar. Cuando el melocotón gigante del Bajo Aragón no se come fresco, se conserva en almíbar y se convierte en postre de tarro, de los que esperan en la despensa al invierno. Dulce, carnoso, con todo el sol del verano dentro. Único en su clase en toda Europa.

Dulces

Frutas de Aragón. El capricho más elegante de la tierra. Trozos de fruta confitada —cereza, melocotón, naranja, higo, pera— bañados uno a uno en chocolate negro. Las inventó el confitero Julio Asín hacia los años veinte del siglo pasado, en una pastelería de Zaragoza ya desaparecida. Se vendían en cestillas de mimbre, como las de los hortelanos. Hoy llenan los escaparates de los alrededores del Pilar.

Trenza de Almudévar. El dulce que dio nombre a un pueblo en los escaparates de toda España. Hojaldre trenzado a mano, relleno de nueces, almendras y pasas maceradas en ron, cubierto de glaseado. Se hornea en Almudévar desde los años ochenta. Tierno por dentro, crujiente por fuera, imposible comer solo una porción.

Tortas de alma. También llamadas "casquetas". Empanadillas de masa fina rellenas de una mermelada especial de calabaza, miel y azúcar, eso que aquí llaman "alma". Tienen origen medieval y se hacen para Todos los Santos. El dulce de las fechas, el que sabe a casa de abuela.

Pestiños y mantecados. El dulce humilde de las celebraciones. Los pestiños, fritos y bañados en miel o azúcar, con su aroma a anís. Los mantecados, de manteca de cerdo y almendra, que se deshacen en la boca. Salen en Navidad, en Carnaval y en las fiestas, aunque quien los conoce los busca todo el año.

Bebidas

Vinos de garnacha. Aragón es tierra de garnacha, y en torno a esa uva giran sus cuatro grandes vinos: Cariñena, la denominación más antigua de la región (1932); Campo de Borja, a la que llaman "el imperio de la garnacha"; Somontano, la más afrutada y moderna; y Calatayud, a las faldas del Moncayo. El acompañante natural de un ternasco al horno.

Retacía. El pariente aragonés de la ratafía catalana, casi un secreto. Guindas, nueces, hierbas y especias maceradas en aguardiente. Dulce y aromática, se sigue elaborando en casas de comarcas como Daroca y el Jiloca.

Licores de Colungo. En este pueblo de la Sierra de Guara, en pleno Somontano, se destilan desde siempre con alambique de cobre licores artesanos de hierbas, de café y de anís. Aguardientes naturales que rematan cualquier comida y que han hecho del nombre de Colungo un sello en sí mismo.

La despensa de Aragón

Jamón de Teruel A más de 800 metros de altitud, el aire frío y seco de la sierra turolense cura un jamón de cerdo blanco que fue el primero de España con denominación de origen. Paciencia, sal y montaña hacen el resto.

Aceite del Bajo Aragón El oro de la comarca. Olivar de la variedad empeltre que da un aceite virgen extra frutado y suave, base callada de toda la cocina aragonesa de interior.


Canal Gastronomía : Gastronomía madrileña

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Hay cocinas que nacen de la tierra y otras que nacen de la gente. Madrid es de las segundas. Aquí no hay mar, ni una huerta de leyenda, ni un solo producto que lo explique todo. Hay algo distinto: una ciudad que durante siglos lo recibió todo —el besugo subido a lomos de mula desde el Cantábrico, el garbanzo de media Castilla, el cocinero que venía a servir en palacio, el emigrante que traía la receta de su pueblo en la maleta— y lo convirtió en suyo en la barra de una taberna.

Por eso la gramática secreta de esta mesa no son las salsas, sino los gestos. El puchero que hierve toda la mañana sin que nadie lo mire. El pimentón y el ajo que tiñen el guiso de rojo. La casquería, lo que otros tiraban, ennoblecida a fuego lento. Y la fritura de la verbena, esa que huele a fiesta antes de verla. Madrid no inventó casi nada; lo cogió prestado y lo hizo inconfundible.

Y por encima de todo, una cosa que no falta nunca: el cocido, repartido en tres vuelcos, presidiendo el domingo como un rito laico. Alrededor gira el resto —la caña con su tapa, la tapa de barra, el chocolate de la madrugada—, pero el cocido es la columna vertebral.

Esto es lo que se come en Madrid, plato a plato, contado desde dentro.

Fuente de cocido madrileño con garbanzos, chorizo, morcillo y verduras, el gran guiso de Madrid.
Cuenco de callos a la madrileña en salsa de pimentón con chorizo y morcilla, casquería castiza.
Bocadillo de calamares a la romana en pan, la tapa castiza de los bares de Madrid.
Tortilla de patatas cortada mostrando el interior jugoso, clásico de la barra madrileña y de toda España.
Plato de patatas bravas con salsa picante roja en una barra de Madrid.
Cazuela de barro con caracoles a la madrileña en su salsa, tapa de tasca en el Rastro.

Cocido madrileño. El plato que ordena la semana entera. No es un guiso, es una ceremonia en tres tiempos, los tres vuelcos: primero la sopa, un caldo dorado con fideos finos que se ha hecho con todo lo que viene después; luego el garbanzo —el de verdad, mantecoso, que se deshace— con la verdura, la patata y el repollo rehogado con ajo y pimentón; y por último las carnes, el desfile de la gallina, el morcillo, el tocino, el chorizo, la morcilla y el hueso de caña con su tuétano. El orden es sagrado y se discute en cada casa como si fuera política. Las grandes tabernas cocederas lo guisan despacio en pucheros individuales de barro, casa por comensal, sobre brasa de carbón de encina. Hay quien dice que el año madrileño no arranca de verdad hasta el primer cocido de frío.

Callos a la madrileña. La casquería convertida en gloria. Tripa de ternera cocida durante horas con morro, pata y mano, ligada con un sofrito de cebolla, ajo, pimentón y un buen chorreón de pimienta, y rematada con chorizo y morcilla que tiñen la salsa de rojo espeso. Plato de invierno, de domingo, de resaca honrada. La gracia está en la gelatina: cuando los callos están bien hechos, se pegan al labio. Se mojan con pan y no sobra ni una gota.

Bocadillo de calamares. La mayor paradoja de esta cocina: la ciudad sin mar tiene por emblema un bocadillo de calamares fritos. La explicación es buena: Madrid fue durante siglos el mejor puerto de España sin tener costa, porque a su mercado subía el mejor pescado del país a lomos de las recuas, y hoy mueve uno de los mayores volúmenes de pescado del mundo. Aros rebozados, dorados, dentro de un panecillo que no lleva nada más —ni mayonesa ni limón, eso es para turistas—, comido de pie en una terraza de la Plaza Mayor. Sencillo y perfecto.

Tortilla de patatas. La reina del mostrador, en Madrid y en toda España. Patata pochada despacio en aceite, huevo y poco más; el resto es guerra abierta —¿con cebolla o sin ella?, ¿cuajada o babosa por dentro?— que aquí se discute con el mismo ardor que el fútbol. Nadie se pone de acuerdo en dónde nació, y media España se la pelea, pero pocas tabernas madrileñas se entienden sin su pincho de tortilla en la barra, cortado en cuña y esperando a la caña del mediodía. Cuando el huevo queda jugoso y la patata dulce, no hace falta nada más.

Gallinejas y entresijos. Lo que casi nadie cuenta y todo Madrid conoce. Son las tripas y el mesenterio del cordero lechal, fritos en su propia grasa hasta quedar crujientes por fuera y melosos por dentro, servidos en cucurucho de papel en los puestos de las verbenas. Comida de barrio, de feria, de las fiestas de cada distrito. No es para estómagos delicados, y precisamente por eso es tan madrileña: aquí no se tira nada.

Soldaditos de Pavía. Tiras de bacalao rebozadas en una pasta amarilla de azafrán, fritas hasta quedar doraditas, servidas como tapa de taberna con su pimiento. El nombre es pura leyenda: se cuenta que el rebozado amarillo recordaba al uniforme de los soldados de un regimiento de húsares, los de la batalla de Pavía. Documento que lo demuestre, ninguno; pero la historia es tan buena que se ha quedado pegada al plato.

Patatas bravas. La tapa que Madrid reclama como invento propio. Patata frita en dados y, encima, la salsa brava: roja, picante, espesa, hecha con pimentón —dulce y picante— y sin un solo tomate en la receta de los puristas, aunque medio mundo la haga con él. Hay una barra del centro que llegó incluso a patentar su fórmula y a guardarla bajo llave. Discusión eterna: ¿con tomate o sin tomate? En Madrid, los que saben, sin.

Caracoles a la madrileña. El plato de la verbena de San Isidro y de las tabernas de toda la vida. Caracoles guisados en una salsa picantona de tomate, chorizo, jamón y guindilla, que se comen con palillo y se rebañan con pan hasta el final. Cocina paciente —hay que purgar y lavar los caracoles con esmero— para un resultado de fiesta. Se piden por ración y se acompañan de un chato de vino.

Huevos estrellados. La humildad hecha tapa. Patatas fritas en buen aceite, huevos camperos cuajados encima y rotos en la mesa para que la yema lo empape todo. A veces con jamón, a veces con chorizo, a veces solos. Una casa del centro hizo de ellos su bandera y los convirtió en peregrinación. No tiene más secreto que la patata buena, el huevo fresco y el gesto de romperlo a tiempo.

Besugo a la madrileña. El pescado de la Nochebuena, otra prueba de que Madrid siempre tuvo el mejor pescado sin tener mar. El besugo se hornea entero, abierto, con su ajo, su perejil, sus rodajas de limón clavadas en la carne y un riego de aceite y vino blanco. Plato de día grande, de mantel y de familia reunida. En el Madrid antiguo, el besugo subía en diciembre por los caminos del norte y llegar a tiempo para la cena era casi una hazaña.

Canal Noticias : Reabre esta importante estación del metro de Barcelona tras casi dos meses sin parada

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Mapa de cortes de metro en Barcelona.

Algunas paradas de metro son más que un simple alto en el camino y se convierten en intercambiadores clave para la movilidad de toda una ciudad. Es el caso, entre otros, de la parada de Verdaguer, en el paseo Sant Joan de Barcelona, cerca de la avenida Diagonal. Ahora, con el regreso a la normalidad después de las vacaciones, los usuarios de la L4 del metro recuperarán a finales de agosto la parada de Verdaguer. La estación permanece fuera de servicio para los trenes de la línea amarilla desde el pasado 6 de julio por las obras de mejora de la accesibilidad del intercambiador.

Si se mantiene el calendario previsto por la Generalitat, la afectación finalizará el próximo domingo 30 de agosto: presumiblemente, el lunes 31 ya empezará la vuelta al trabajo para muchos barceloneses. Durante casi dos meses, los trenes han continuado circulando por Verdaguer, pero sin detenerse en sus andenes. La intervención se programó durante julio y agosto, meses en los que disminuye el número de viajeros.

Las obras forman parte de la adaptación del intercambiador de Verdaguer, que conecta las líneas L4 y L5. El proyecto cuenta con una inversión de 8,6 millones de euros y tiene como objetivo principal eliminar barreras y facilitar los desplazamientos de las personas con movilidad reducida, por lo que esta mejora también deberá ser ya visible y practicable en los próximos días.

Tres nuevos ascensores

El proyecto contempla la instalación de tres ascensores, además de nuevas escaleras mecánicas y la transformación del pasillo de conexión entre líneas. También se están ampliando las escaleras fijas que comunican el vestíbulo de la L4 con los andenes.

El cierre estival ha permitido ejecutar algunos de los trabajos que resultaban incompatibles con el funcionamiento habitual de la estación, entre ellos elevar la altura de los andenes, ampliar las escaleras y modificar parte del vestíbulo de la L4  

Verdaguer es uno de los intercambiadores importantes de la red por su conexión entre las líneas amarilla y azul. Durante el cierre, la estación registraba habitualmente unas 6.500 validaciones diarias en julio y 4.800 en agosto, según los datos facilitados al anunciar las obras.

Con la fecha del 30 de agosto, la L4 recuperará la parada después de prácticamente todo el verano de afectaciones, aunque las actuaciones para completar la accesibilidad del intercambiador continuarán más allá de esta reapertura.

Canal Gastronomia : Dónde comer en Irlanda

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Dónde comer en Irlanda


Cada región tiene su carácter, sus productos, sus recetas y sus lugares donde sentarse a entenderlos.

Cuando decidí mudarme a Irlanda con 26 años, lo primero que me dijo mi madre fue: ¿Y qué vas a comer allí? Y eso que ella no sabía –ni yo tampoco– que incumpliría mi plan inicial de quedarme tan solo un año en la Isla Esmeralda. Al final fueron nueve. Nueve años en los que pasé de los fish & chips, las hamburguesas y las patatas cocinadas de un sinfín de maneras distintas a sumergirme en una variedad culinaria que resulta desconocida para la mayoría de los viajeros que se deciden a visitar el país.

La gastronomía es uno de los atractivos más sorprendentes de la República de Irlanda. No en vano, en la actualidad hay 23 restaurantes con estrella Michelin. Nada mal, teniendo en cuenta que la población total del país es similar a la de la Comunidad de Madrid y el hecho de que la alta cocina es un fenómeno relativamente reciente.

El renacer de una gastronomía olvidada

En las últimas décadas, la cocina irlandesa ha vivido una auténtica revolución silenciosa en la que ha vuelto al origen, al producto local, protagonista de tantas recetas heredadas que han sido reinterpretadas con sensibilidad contemporánea.

Entiendes este renacer culinario cuando viajas por su maravillosa geografía. El Atlántico, bravo y generoso, aporta mariscos y pescados de una calidad extraordinaria; los prados infinitos, salpicados de ovejas, ofrecen carnes y lácteos de sabor profundo; y el clima, a menudo desafiante, ha moldeado una cocina reconfortante, pensada para calentar cuerpo y alma.

Cada región tiene su carácter, sus productos, sus recetas y sus lugares donde sentarse a entenderlos.

Dublín: tradición reinventada en la capital

Dublín es el punto de partida perfecto para entender la evolución de la cocina irlandesa. La ciudad combina su pasado humilde, marcado por hambrunas y guerras civiles, con una escena gastronómica cada vez más sofisticada, basada en productos locales. En sus calles conviven pubs centenarios con restaurantes modernos que quieren imprimir su toque distintivo a recetas centenarias.

El irish stewguisado irlandés– sigue siendo el plato más emblemático. Se trata de un guiso de cordero cocinado lentamente con patatas, zanahorias y cebolla que concentra la esencia del campo irlandés. Lo podemos probar en The Woollen Mills, donde lo cocinan con un respeto casi reverencial hacia la tradición, pero con una técnica depurada que eleva cada ingrediente. La carne se deshace con suavidad, el caldo es profundo y aromático y el conjunto resulta reconfortante sin ser pesado.

Una versión algo más densa –y muy sabrosa– de este estofado es el Guinness stew, cuya salsa está hecha con la famosa cerveza oscura irlandesa. Un buen lugar para disfrutar de este plato es el mítico pub O'Neills, situado en el centro de Dublín.

Pero Dublín también mira al mar. Las ostras frescas, muchas veces procedentes de la costa oeste, son habituales en cartas y mercados. Servidas con apenas unas gotas de limón o acompañadas de pan de soda, revelan la pureza del Atlántico. Este pan, ligeramente ácido y de miga densa, es otro de los grandes símbolos del país. Nacido de la necesidad –ya que no requiere levadura–, hoy se reivindica como un elemento esencial de la cocina irlandesa.

La ciudad ofrece además platos basados en ingredientes tradicionales: mantequillas artesanas, quesos de granja, carnes maduradas y verduras de temporada que llegan directamente del campo.

Galway y la costa atlántica: el sabor del océano

Galway es una de mis ciudades favoritas en Irlanda. Juvenil, bella y rebelde, sus calles, llenas de música y vida, mueren siempre en las aguas del Atlántico. Aquí, el producto estrella es el marisco, fresco, intenso y tratado con una sencillez que deja que el sabor hable por sí mismo.

Uno de los platos imprescindibles es el seafood chowder, una sopa cremosa donde conviven pescado blanco, mejillones, gambas y, en ocasiones, salmón. En Ard Bia at Nimmos, este plato alcanza una dimensión especial. El caldo es sedoso, el pescado está en su punto exacto y el conjunto se acompaña con pan de soda recién horneado que invita a untarlo con mantequilla.

A medida que recorremos la costa hacia el sur, el paisaje se vuelve más salvaje. Los acantilados de Moher se alzan como una de las imágenes más icónicas del país, y en los pueblos cercanos, como Doolin, la cocina mantiene una conexión directa con el entorno. Aquí, el salmón ahumado artesanal es protagonista. Preparado con métodos tradicionales y maderas locales, su textura firme y su sabor profundo lo convierten en un producto excepcional.

En Gus O'Connor's Pub, este salmón se sirve de forma sencilla, acompañado de mantequilla y pan, reverenciando el producto por encima de todo.

Kerry y Dingle: marisco sublime

Llegamos al suroeste de Irlanda para encontrarnos con los inolvidables paisajes del condado de Kerry. El Anillo de Kerry es el recorrido en coche más bello que se puede hacer en Irlanda, y de los mejores de Europa.

En Killarney, puerta de entrada al anillo, la gastronomía refleja la riqueza de los prados que rodean la región. Lo podemos comprobar en Bricín Restaurant, donde preparan el delicioso boxty, una especie de pastel de patata relleno de marisco o carne.

Dingle, en la península homónima, es uno de esos lugares donde la cocina parece inseparable del paisaje. Aquí, el marisco alcanza cotas excepcionales. Langostas, centollos, mejillones y vieiras llegan prácticamente vivos a la cocina, lo que se traduce en sabores intensos y texturas impecables. En Out of the Blue, el fresco producto del día marca el menú. Cada plato rinde homenaje al mar, desde pescados a la parrilla hasta elaboraciones más delicadas donde la mantequilla y las hierbas realzan sin ocultar.

La combinación de cocina rural y producto marino convierte esta región en una de las más completas desde el punto de vista gastronómico.

Cork y Kinsale: creatividad y producto local

Cork –o la República de Cork, como se referían mis amigos locales a su querida y rebelde ciudad– se ha ganado a pulso su reputación como epicentro culinario del país. Su famoso English Market, inaugurado en 1788, es un reflejo de la riqueza gastronómica de Irlanda: puestos de pescado fresco, carnes curadas, quesos artesanales y productos de temporada que muestran lo mejor del territorio.

En el restaurante Market Lane, han apostado por una cocina contemporánea que respeta profundamente el producto. El black pudding, una morcilla especiada, se convierte aquí en un plato elegante, demostrando que incluso las recetas más humildes pueden alcanzar nuevas dimensiones.

A pocos kilómetros, Kinsale ofrece una de las experiencias gastronómicas más completas del país. Este pequeño puerto pesquero ha sabido construir una identidad culinaria basada en el mar. En Fishy Fishy, el pescado del día se cocina sin aspavientos, pero creando uno de los mejores fish and chips que vamos a probar en nuestra vida.

Kinsale es también un lugar donde la creatividad florece. Restaurantes pequeños, cocinas abiertas y chefs que experimentan con ingredientes locales convierten cada comida en una sorpresa.

El noroeste y el interior: autenticidad entre Sligo, Donegal y tierras históricas

Culminamos nuestro viaje culinario en el noroeste, una de las regiones más auténticas y menos transitadas del país. En Sligo, los productos del mar conviven con carnes de pasto y una tradición culinaria profundamente arraigada.

Uno de los platos más representativos es el pescado fresco del día, preparado de forma sencilla, a la parrilla o al horno, acompañado de mantequilla irlandesa y verduras locales. En Eala Bhán, esta cocina se presenta con un toque contemporáneo que respeta la esencia del producto.

Más al norte, Donegal ofrece paisajes aún más salvajes y una gastronomía antiquísima. Aquí, el marisco vuelve a ser protagonista, pero también destacan los guisos tradicionales y los productos ahumados. En The Olde Castle Bar, donde pueden alardear de haber conseguido varios galardones culinarios, los sabores son intensos y honestos.

Antes de cerrar el recorrido, el interior vuelve a aparecer en escena con paradas como Kilkenny, donde siguen triunfando platos como el coddle. Se trata de un estofado que consiste en una cocción lenta de salchichas de cerdo, panceta, patatas y cebolla. Es un plato humilde y clásico de la clase trabajadora irlandesa, ideal para el invierno.

En Waterford, el viaje se despide con el blaa, un panecillo esponjoso que, relleno de panceta y mantequilla en The Granville Hotel Restaurant, resume la esencia de una gastronomía sencilla pero profundamente satisfactoria.


Canal Ferias y Fiestas : Las fiestas de Sants de Barcelona empiezan este sábado con 300 actividades y 11 calles decoradas

  CanalFiestas

La actriz y directora Leticia Dolera abrirá las fiestas a las 20 horas en la Espanya Industrial.

El distrito barcelonés de Sants empieza este sábado su Festa Major, en la que se llevarán a cabo más de 300 actividades, organizadas por las comisiones de fiestas, entidades y equipamientos, y donde los visitantes podrán visitar hasta 11 calles decoradas.

Canal Curiosidades : Ni las cucarachas ni las ratas: este es el animal que dominaría la Tierra si nos extinguimos

  CanalCuriosidades


La posible desaparición de los seres humanos plantea numerosas preguntas sobre el futuro de la vida en la Tierra. Si nuestra especie dejara de existir de un día para otro, el planeta enfrentaría un proceso de transformación en el que los ecosistemas se reequilibrarían y otras especies podrían ocupar el vacío que dejaríamos como dominadores de la naturaleza. Este escenario ofrece un campo fascinante para la especulación científica sobre cuáles podrían ser las especies capaces de adaptarse, prosperar y, en última instancia, asumir un rol preponderante en el mundo.

La evolución, ese proceso continuo que moldea la vida, sería la encargada de decidir qué formas de vida podrían emerger como las nuevas protagonistas. Sin nuestra influencia, especies con habilidades especiales tendrían mayores probabilidades de ocupar los nichos ecológicos que los humanos dejaríamos atrás. En este contexto, el profesor Tim Coulson, de la Universidad de Oxford, ha señalado en una entrevista concedida al medio The European cuál es su más firme candidato.

Según el profesor Tim Coulson, los pulpos podrían convertirse en los próximos dominadores del mundo gracias a su inteligencia, adaptabilidad y habilidades únicas. Estas fascinantes criaturas marinas destacan por su sistema nervioso descentralizado y su sorprendente capacidad para resolver problemas.

El científico explica que los pulpos poseen una red neuronal distribuida principalmente en sus tentáculos, lo que les permite manipular objetos con gran precisión y realizar movimientos autónomos. Además, su habilidad para camuflarse y adaptarse a diferentes entornos los convierte en un ejemplo de supervivencia y versatilidad: "su capacidad para resolver problemas podría evolucionar hasta convertirse en una especie capaz de construir una civilización", afirmó Coulson en la entrevista.

La evolución de los pulpos es una apuesta incierta

Otro aspecto relevante es su adaptabilidad a hábitats diversos. Aunque son criaturas acuáticas, algunos pulpos pueden respirar fuera del agua durante periodos de hasta 30 minutos, lo que les proporciona una ventaja evolutiva frente a los cambios medioambientales. Según Coulson, no es descabellado imaginar que, con el tiempo, puedan desarrollar dispositivos que les permitan explorar y habitar la tierra, de forma similar a cómo los humanos utilizan equipos de buceo.

En 1960, tres científicos de Harvard predijeron el fin del mundo: la fecha ya está muy cerca

R. Badillo

A pesar de estas características, el profesor subraya que la evolución es un proceso impredecible. Las mutaciones genéticas, los cambios ecológicos y los eventos de extinción inesperados podrían influir en la trayectoria de cualquier especie. Sin embargo, los pulpos cuentan con un nivel de inteligencia que les permitiría aprovechar oportunidades únicas en un mundo posthumano.

Además de su capacidad cognitiva, los pulpos han demostrado una notable destreza para resolver desafíos. Desde abrir frascos hasta escapar de recintos en acuarios, estas habilidades evidencian un potencial que, según Coulson, podría traducirse en formas avanzadas de organización social y cultural. Aunque hipotético, sugiere que podrían construir comunidades submarinas e incluso interactuar con el medio terrestre.





Canal Noticias : Pelea a gritos entre nudistas catalanes y un argentino en la Barceloneta: "Cierra el orto, racista de mierda"

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