‘El cardenal Richelieu en el sitio de La Rochelle’, pintura de Henri-Paul Motte (1881).
El cardenal Richelieu ha arrastrado una fama siniestra por culpa de Alejandro Dumas. Lo cierto es que fue un gran estadista
Si algún personaje sale mal parado por su catadura moral en Los tres mosqueteros ese es el maquiavélico cardenal Richelieu. En la novela de Dumas, el cardenal representa el papel de antagonista de aquellos espadachines arquetípicos que encarnan los ideales caballerescos: la valentía (D’Artagnan), la nobleza de espíritu (Athos), la fuerza (Porthos) y la inteligencia (Aramis).
La verdad es que sus peripecias se desarrollaron bajo el reinado de Luis XIV y el gobierno del cardenal Mazarino, no con Luis XIII y Richelieu. Pero la transformación en héroes literarios de aquellos hombres, soldados como tantos otros, es lo que mantiene viva esa obra maestra del género de capa y espada. ¿Y Armand Jean du Plessis de Richelieu?, ¿quién fue en realidad?
De obispo a secretario de Estado
Destinado en principio a la carrera de las armas, el joven Richelieu (1585-1642) decidió tomar el hábito religioso con el fin de conservar el obispado de Luçon para su familia. Como aún no tenía la edad mínima requerida, tuvo que ir a Roma para obtener la dispensa canónica. Allí generó una impresión tan favorable en Pablo V que lo consagró obispo el mismo día.
Bajo el patrocinio de María de Médicis consiguió ser nombrado secretario de Estado
Durante sus años en la diócesis de Luçon, azotada por la pobreza, adquirió experiencia en los dos grandes problemas que afligían a Francia: la debilidad de la autoridad real y la autonomía de los hugonotes, que mantenían el espíritu de las guerras de religión y abrigaban esperanzas de construir un Estado dentro del Estado.Después de un brillante discurso ante los Estados Generales en 1614 que causó sensación, la oportunidad para asaltar las más altas esferas políticas le llegó cuando Luis XIII iba a casarse con Ana de Austria (hermana del rey español Felipe IV) y la corte francesa se detuvo en Poitiers. Allí Richelieu conoció a la regente, María de Médicis, que necesitaba un limosnero, y bajo el patrocinio de esta consiguió en 1616 ser nombrado secretario de Estado.
Tenía entonces 31 años, y había logrado por fin entrar en el círculo mágico cortesano que lo llevaría a los más altos puestos de gobierno. Su posición inicial, como cliente de María de Médicis, se situó en la órbita política del partido de los devotos, que esperaba de él que restaurase la unidad religiosa de Francia y emprendiese la tan necesaria reforma de la Iglesia y del Estado, al tiempo que preservaba la paz con España.
En última instancia, fueron los éxitos militares y diplomáticos los que convencieron a Luis XIII de que la contribución del cardenal era indispensable para fortalecer su poder y convertir Francia en una gran potencia.
El cardenal Richelieu, en un retrato realizado pocos meses antes de morir.
Richelieu supo capitalizar su autoridad para impulsar su política con la atrayente perspectiva de que Luis XIII podía, si quisiese, convertirse en “el monarca más poderoso y en el príncipe más querido del mundo”.
No dudó en conquistar Pinerolo, Lorena y Breisach ni en aliarse con los países protestantes contra la católica España durante la guerra de los Treinta Años, aunque tuvo que recurrir a los teólogos para tranquilizar la conciencia real. Tras la rebelión de los catalanes y su incorporación a la monarquía francesa en 1641, Richelieu conquistó Perpiñán, capital del Rosellón entonces español, poco antes de su muerte.
Adicto al trabajo
Enjuto, pálido, de rostro anguloso y exquisitas maneras, no carecía de atractivo para las mujeres, pero, aunque sus enemigos le atribuyeron varios amoríos, ninguno pudo probarse. Permanentemente rodeado por un grupo de médicos que lo sangraban y purgaban implacablemente, el cardenal fue descrito por uno de sus adversarios como “infeliz en su felicidad”, inflexible, melancólico y colérico. Aunque él afirmaba que sus furores estaban todos inspirados en la razón de Estado, a veces incurría en cierto histrionismo al que aludió María de Médicis diciendo: “Llora cuando quiere”.
Notable hipocondríaco, caía en estados de postración y sufría constantes jaquecas. Gran parte de sus textos religiosos y comedias, así como los dictados, los escribió en largas noches de insomnio. Amante de la música y apasionado coleccionista de libros, pinturas y esculturas antiguas, le gustaba la pompa y el boato, que consideraba propios de una persona de su categoría política y de su estatus como príncipe de la Iglesia.
Acumuló títulos y cargos, amasó una enorme fortuna y gastó con prodigalidad. Pero, sobre todo, trabajó incansablemente por el fortalecimiento del poder monárquico en una Francia desgarrada por el cisma protestante y las rebeliones nobiliarias, dejándola pacificada y transformada en el árbitro de Europa. Sus cualidades de genuino animal político y su sentido de Estado lo posicionaron como uno de los más conspicuos estadistas de la historia.
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