Beteve
Voltear estos días por los bosques del litoral, la Cataluña central o el Prepirineo es hacerlo viendo en las cabezadas de los pinos unas bolsas de procesionaria, sedosas y blanquecinas, muy características.
Y más aún, viendo como las orugas abandonan los nidos para bajar de los árboles, en una procesión perfecta, para hacer un caos bajo tierra.
Un ciclo vital curioso
La procesionaria es una mariposa nocturna —una colmena— autóctona y tiene un ciclo vital muy curioso. Comienza en verano, cuando esta mariposa pone los huevos en las cabezadas de los pinos, en medio de unas membranas sedosas que parecen papel.
Durante el otoño, los huevos descluyen como orugas sobre las hojas de los pinos —mayoritariamente pinazas y pinos rojos— de las que se alimentan dentro del nido con apariencia de bolsa que las protege del frío.
Cuando llega la temperatura más suave, a finales de invierno, las orugas salen del nido y bajan de los pinos. Es el estado más conocido, por los pelos urticantes que tienen como protección.

La bajada de los árboles la hacen en fila india, en perfecta procesión —liderada siempre por una hembra— para buscar un lugar donde enterrarse a unos 20 centímetros de profundidad. Allí se transformarán en crisálidas, de donde descluirán como mariposas durante el verano, para puso huevos en la cabeza de los pinos otra vez y, así, cerrar el círculo.
El periodo en que la procesionaria está bajo tierra, formando la crisálido, puede durar hasta siete años. Y la gran paradoja llega cuando se convierte en mariposa —en el tramo final de vida—, ya que dura sólo un día: el tiempo justo para la puesta de los huevos.
La mal llamada plaga
El número de bolsas en los pinos y la cantidad de orugas bajando es diferente cada año y el número está ligado a las condiciones ambientales: si hay más calor, habrá más proliferación. Pero es difícil que una cantidad elevada de orugas provoque, directamente, la muerte de un pino. A menudo intervienen otros condicionantes paralelos, como una sequía prolongada.
La procesionaria es considerada, de manera errónea, como una plaga. Pero nada más lejos de la realidad: juega un papel fundamental en los ecosistemas boscosos del arco mediterráneo occidental.

Pieza clave para los bosques
La procesionaria tiene depredadores, muchos y diversos, en función del estado morfológico. Así, se pueden alimentar algunas especies de avispas, que se comen los huevos de los nidos.
Cuando la procesionaria adopta forma de oruga, también tiene predadores: pájaros que, mayoritariamente se las comen enteras, u otras avispas o moscas, que las parasitan. Ponen los huevos sobre las orugas y, cuando descluyen, se introducen en el cuerpo del gusano y se lo comen.
Bajo tierra, la procesionaria también tiene depredadores, como una especie de ratón —la rata cellarda— que desenterra las crisálidas para comérselas. Las procesionarias que sobreviven y llegan a la última etapa vital, como mariposa, todavía pueden encontrarse con otro depredador: el murciélago, que las caza al vuelo en plena noche para crujárselas.
La procesionaria es una especie en estudio constante, mediante el proyecto de ciencia ciudadana Alerta Forestal, coordinado por el LGAI. Entre otros, permite —y necesita— que cualquiera de nosotros enviemos fotografías hechas con el móvil, cada vez que detectamos bolsas nido o pinos afectados por falta de hojas.
El calentamiento global, el ajedrez y mate
El ciclo vital de la procesionaria, y el de otras especies, está directamente vinculado al clima: a que no cambie.
Así, el calentamiento global podría provocar un decalaje en este ecosistema por partida doble. Si con más calor se adelanta la bajada de las orugas de la procesionaria de los pinos, nos encontraríamos que:
- Los depredadores de la procesionaria verían alterado el calendario de alimentación y, en consecuencia, la supervivencia.
- La procesionaria, a falta de depredadores, podría experimentar una explosión demográfica que alteraría, desde luego, otros ciclos biológicos.

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