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Entrar en la Bodega Padua (Padua, 92), en el Putxet y el Farró es hacer un viaje en el tiempo. Las paredes repletas de fotografías en blanco y negro, radios y cámaras antiguas, botellas, instrumentos musicales y sobre todo piezas del Seat 600 convierten el espacio en un museo. La mayoría de los objetos son donaciones o depósitos de vecinos que han dejado bozales de recuerdos de su vida en este restaurante emblemático que ya suma más de siete décadas.
"Mi suegro puso algunas antigüedades que tenía y la gente empezó a preguntar y les dijimos que, si tenían cosas, aquí teníamos espacio de sobra" explica en el programa B de gusto Jordi Ratón, el propietario de la bodega.
Instantáneas del barrio que los vecinos guardaban en sus álbumes familiares se han ido colgando en las paredes de este antiguo almacén de vinos. Hoy prácticamente no hay ni un agujero libre.
Todo comenzó con Marcel Grassa en 1949 cuando instaló en este local un almacén de vino que servía vinos a domicilio en la zona alta de Barcelona. Más tarde, abrió el almacén al público para hacer venta al detalle.
En 1979 traspasó el negocio al padre de Jordi Ratón, en Vicente Ratón, que añadió una pequeña barra de bar que se fue comiendo el espacio de la bodega: "Las bodegas cada vez lo tenían más difícil porque los supermercados llegaban con unos precios con los que no se podía competir".
La cocina fue cogiendo protagonismo con los platos de la madre de Jordi: "Al inicio no se hacían menús, pero sí platos diarios, el plato del día, de tripa, mandonguillas..." En el año 88, el Jordi se incorporó al negocio familiar. "Después han venido más cocineros, hasta que me puse yo durante 8 años. Ahora ya no estoy de titular, pero superviso los menús, las compras...", explica.
Menú casero de lunes a sábado
Actualmente hacen un menú de mediodía casero de lunes a sábado por 16,90 euros, con cuatro primeros y cinco segundos a escoger. Una oferta que no tiene rival en el barrio: "Hace más de 20 años que hacemos menú y cada vez vamos a más, de hecho de competencia no tenemos mucho, no hay muchos lugares en el barrio que hagan menús. No es fácil cambiar de platos a diario".
Los desayunos de horquilla y el capipota, en auge
Los platos cambian según el día, pero se mantienen algunos clásicos como los martes y jueves de arroz, los viernes de fideuà y los sábados de tornillos. Los huevos estrellados también son habituales, y a la Bodega Padua los cocinan de diferentes maneras. No falta tampoco el capipota, que se ha convertido en la estrella del local: "El capipota está muy al alza porque es muy bueno y lo hemos puesto todos los viernes en el menú".

Aparte de este plato, también ha revivido el interés por el desayuno de horquilla. La bodega se ha establecido como una de las paradas obligatorias para los amantes del capipota, de los caracoles y del bacalao. "Los del baby boom ya empiezan a jubilarse, jubilados adolescentes que quedan por desayunar. Nosotros estamos notando mucho el auge del desayuno de horquilla", dice Ratón.
"Vamos a participar el año pasado en el Primer concurso de capipota de Cataluña y quedamos finalistas" dice orgulloso, un plato que cree que ha desbancado a la tripa y está de moda.
"Vamos al loro"
Si la Bodega Padua es conocida por los menús diarios y los recuerdos, también lo es por el loro Ricky y por el Seat 600. El Ricky llegó en los años 80 y vivió más de 30 años en este local: "Estaba libre, charlaba y reía, y la gente tomó su nombre: 'Vamos al loro'. Ahora es nuestro logotipo".

Casi un 600 completo en el local
Ratón recuerda que ya tenían un local singular y en 2013 decidieron buscar un motivo más. El responsable del vínculo con el clásico 600 fue su suegro, que había trabajado en la Seat y ya había aportado algún elemento al local.
Más tarde, añadieron un surtidor de cerveza hecho con el motor de un 600 y contactaron con el Club 600 de Cataluña. Y, dicho y hecho, el 600 se hizo amo del local con diferentes piezas que se van incorporando cada año cuando, para la Fiesta Mayor del Farrón, la bodega organiza la Fiesta del 600, que llena la calle de coches antiguos. Ahora ya hay prácticamente toda la chapa de un coche en la bodega y son el local social del Club 600 de Cataluña.

También han sido local de una colla de Sant Medir y de los tamborileros del barrio, FarróFoc. Y es que el propietario de la Bodega Padua la define así: "Si fuera un pueblo, yo creo que sería como el casinete del pueblo, es un referente porque las que había han ido cerrando y este es uno de los pocos que quedan".


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