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El pasado 26 de junio, el volcán Etna de Sicilia (Italia) inició un nuevo episodio eruptivo marcado por la expulsión de lava, una situación que ha llevado a las autoridades italianas a reforzar las medidas de vigilancia sobre este macizo volcánico.
La actividad registrada, que finalizó a principios de julio según las autoridades italianas, obligó al cierre temporal del aeropuerto de Catania, lo que provocó la cancelación de más de 120 vuelos y el desvío de otros 60 hacia distintos aeropuertos de la región, como consecuencia de la columna de aproximadamente 1,5 kilómetros de altura que llegó a formarse.
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Aunque pueda parecer un episodio excepcional, este tipo de fenómenos forma parte de la dinámica habitual del Etna. El volcán puede registrar varios episodios de actividad magmática a lo largo de un mismo año y, de acuerdo con un estudio publicado el pasado mes de abril en The Journal of Geophysical Research, está considerado uno de los volcanes más activos de Europa.
Con una antigüedad superior a los 500.000 años y una altitud cercana a los 3.000 metros sobre el nivel del mar, el Etna continúa planteando numerosos interrogantes a la comunidad científica. Su proceso de formación sigue sin estar plenamente explicado debido a la ausencia de un modelo geológico capaz de describir de forma completa su origen.
Precisamente con el objetivo de esclarecer ese enigma, un equipo de investigadores de la Universidad de Lausana (Suiza) y del INGV ha presentado recientemente una nueva hipótesis que podría modificar la comprensión actual sobre el nacimiento del volcán. Los resultados de este trabajo ayudan a explicar la frecuencia de sus erupciones y, al mismo tiempo, abren la puerta a mejorar la evaluación de los riesgos asociados a su actividad.
En términos generales, los volcanes terrestres se originan cuando una parte del manto se funde, asciende hacia la superficie y finalmente se solidifica. Hasta ahora, los especialistas consideraban que este proceso solo podía producirse mediante tres mecanismos diferentes.
Sin embargo, el Etna no parece ajustarse a ninguno de ellos. A pesar de encontrarse próximo a una zona de subducción, su composición química guarda similitudes con la de los volcanes de punto caliente, aunque carece de las características físicas necesarias para ser clasificado dentro de esa categoría.
Esas reservas magmáticas ascienden de manera intermitente hacia la superficie debido a los movimientos tectónicos derivados de la colisión entre las placas africana y euroasiática. La lava encuentra entonces salida a través de las fracturas generadas cuando las placas se doblan en las proximidades de la zona de subducción, en un proceso que los investigadores comparan con la presión que se ejerce al exprimir una naranja.
A partir de estos resultados, los científicos plantean que el volcán siciliano podría integrarse en una cuarta categoría de volcanes, todavía poco conocida, denominada petit-spot, un concepto descrito por primera vez en 2006 por geólogos japoneses. Estos pequeños volcanes submarinos constituyen una evidencia de la existencia de bolsas de magma en la parte superior del manto terrestre y demuestran que, bajo determinadas condiciones, esas acumulaciones pueden acabar originando grandes estructuras volcánicas.
«Nuestra investigación sugiere que el Etna podría haberse formado mediante un mecanismo similar al que genera los volcanes submarinos de tipo petit – spot. Hasta ahora, estos procesos se habían observado en estructuras volcánicas muy pequeñas, que por lo general no superaban unos cientos metros de altura. En comparación el Etna es un gran estratovolcán», señala el catedrático de la Facultad de Geociencias y Medio Ambiente de la Universidad de Lausana y autor principal del estudio, Sébastien Pilet.
Para llegar a estas conclusiones, los investigadores recogieron muestras del monte Etna y reconstruyeron la evolución química de las lavas expulsadas desde sus primeras erupciones hasta la actualidad. El análisis experimental permitió comprobar que la composición del magma apenas ha variado con el paso del tiempo.
Este resultado refuerza la hipótesis de que el magma que alimenta al Etna ya estaba presente previamente en el manto superior y que el volumen de material expulsado durante las erupciones depende, en gran medida, de los movimientos que experimentan las placas tectónicas.

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