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A medida que nos acercamos a las Islas Ballestas, el sonido de las olas es acallado por el graznido de miles de aves. Unas cuantas rocas emergen del Pacífico como imponentes monumentos esculpidos por las olas. Sobre ellas descansan lobos marinos, pingüinos y una desbordante biodiversidad marina. El paisaje es árido y, sin embargo, está lleno de vida.

Este espectáculo de insólita naturaleza se debe a la corriente oceánica de Humboldt, llamada así en honor al célebre explorador y científico por ser el primero en medir su temperatura. La corriente transporta, hasta las costas de Chile y Perú, enormes masas de agua fría provenientes de la Antártida. Las aguas arrastran una gran cantidad de nutrientes, como nitratos, fosfatos y silicatos que ascienden desde las profundidades del océano, como el fitoplancton del que se alimentan muchos peces. Estos atraen a su vez a aves y a otros mamíferos marinos, haciendo del lugar un banquete donde el ciclo de la vida nunca se detiene. De hecho, se calcula que en las aguas afectadas por la corriente de Humboldt se llevan a cabo alrededor del 20% de la pesca mundial, a pesar de representar una reducida superficie oceánica.
Un santuario marino sin precedentes
Las pedregosas ínsulas han sido bautizadas como "las Galápagos de Perú", y aunque en un primer momento la comparación puede resultar exagerada, cuando el barco empieza a avanzar por el entorno, la comparación deja de ser exagerada. Frente a la yerma costa peruana, los pingüinos de Humboldt, especie endémica, sobreviven gracias a las frías temperaturas de las aguas. Las colonias de leones marinos ocupan todas las plataformas rocosas. Pelícanos, gaviotas, cormoranes y zarcillos encuentran en los recovecos de las rocas lugares idóneos para anidar a la espera de su presa.
La desorbitante presencia de aves hizo que este lugar fuera conocido por otro motivo mucho antes de que llegaran los turistas, sus excrementos. El "guano", en el siglo XIX, era considerado uno de los fertilizantes más valiosos del mundo, y su exportación generó numerosos ingresos para Perú. De aquel periodo en que estas islas remotas se convirtieron en uno de los principales recursos económicos para el país, aún se pueden observar las infraestructuras utilizadas para la recogida de guano.
Para visitar Islas Ballestas hay que partir temprano desde el puerto de Paracas. Aunque no se puede desembarcar en ellas, para protegerlas y minimizar el impacto sobre este ecosistema único, el recorrido permite observar la fauna desde muy corta distancia. El paisaje lo completan cuevas y arcos naturales excavados por la erosión de las olas.
El misterio de las Islas Ballestas
Antes de abandonar la Reserva Natural aguarda una sorpresa más, el famoso Candelabro de Paracas, una de las grandes incógnitas de Perú. Grabado sobre una ladera de arena rojiza que cae directamente al mar, los orígenes del gigante geoglifo siguen generando debates.

Con 180 metros de longitud, se cree que fue creado como referencia para navegantes, mientras que otros defienden la idea de que esté relacionado con las culturas prehispánicas que habitaban en la región. Otras teorías también incluyen a los masones o incluso a piratas que intentaban ocultar sus tesoros. Sea cual sea su verdadero origen, el enigmático gigante de arena sigue desafiando al viento y al tiempo, despidiendo al viajero entre misterios que recuerdan que este territorio salvaje también está cargado de leyendas.
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