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Durante miles de años, las aguas del río Angara alimentaron a las comunidades que habitaban las orillas del lago Baikal, en el corazón de Siberia. Era un paisaje de bosques, ríos y abundante pesca, donde pequeños grupos de cazadores-recolectores encontraron un lugar propicio para vivir mucho antes de que existieran las primeras ciudades o la agricultura transformara el mundo.
También fue escenario de una tragedia cuyo origen ha permanecido oculto durante milenios.
Desde que un grupo de arqueólogos rusos excavaron varios cementerios de la región en la década de 1980, un detalle llamó la atención de los investigadores. Entre los cientos de enterramientos aparecía un número inusualmente elevado de niños y adolescentes. Sus esqueletos no mostraban señales de violencia ni heridas que explicaran una muerte prematura. Algo había afectado a aquellas comunidades, pero los huesos guardaban silencio.
Ahora, un estudio internacional ha conseguido reconstruir lo ocurrido gracias a una fuente de información que los arqueólogos apenas podían imaginar hace unas décadas: el ADN antiguo conservado en los dientes.
Una bacteria preservada durante 5.500 años
El equipo analizó muestras obtenidas de los molares de 46 individuos enterrados en cuatro necrópolis situadas a lo largo del río Angara. Los resultados, publicados en junio de 2026 en la revista "Nature", revelaron que 18 de ellos estaban infectados por Yersinia pestis, la bacteria responsable de la peste.
La antigüedad de los enterramientos, unos 5.500 años, convierte este episodio en el brote de peste confirmado más antiguo conocido hasta la fecha.
Más que adelantar el origen documentado de la enfermedad, el hallazgo modifica la forma en que los científicos entienden su evolución y su relación con las primeras sociedades humanas.
Mucho antes de las primeras ciudades
Vivían en pequeños grupos móviles dedicados a la pesca y la caza, lejos de los grandes asentamientos permanentes. Sin embargo, el análisis genético muestra que la enfermedad circuló entre ellos.
Al reconstruir el parentesco entre los individuos enterrados, los investigadores descubrieron que varios miembros de una misma familia murieron infectados. El patrón observado sugiere que la bacteria no afectó únicamente a personas expuestas a animales silvestres, sino que también pudo transmitirse entre quienes compartían la vida cotidiana.
Una forma ancestral de la peste
La bacteria identificada pertenece a una rama muy antigua de Yersinia pestis. A diferencia de las variantes responsables de la Muerte Negra medieval, todavía no había desarrollado algunas de las adaptaciones genéticas que permiten a las pulgas actuar como eficientes transmisoras de la enfermedad. Aun así, era capaz de causar infecciones mortales.
Los investigadores identificaron además un superantígeno, una característica genética capaz de desencadenar respuestas inmunitarias especialmente intensas. Esa particularidad podría ayudar a explicar por qué los niños de entre ocho y once años aparecen representados de forma tan destacada entre las víctimas, aunque serán necesarios nuevos estudios para comprender con precisión el papel de este mecanismo.
En una de las tumbas compartidas, por ejemplo, descansaban dos adolescentes sin parentesco biológico. Ambos habían contraído la infección antes de morir, una evidencia que ilustra cómo la enfermedad alcanzó a personas de distintos grupos familiares.
El ADN devuelve la voz al pasado
Los huesos pueden revelar la edad de una persona, sus enfermedades crónicas o las lesiones que sufrió durante su vida. Pero muchas infecciones apenas dejan huella en el esqueleto. En este caso, la clave permanecía protegida en el esmalte dental, uno de los tejidos más resistentes del cuerpo humano. Allí sobrevivieron diminutos fragmentos de ADN bacteriano durante más de cinco milenios, suficientes para identificar al microorganismo responsable.
Gracias a esa información, los científicos pudieron demostrar que aquellos niños y adultos jóvenes no murieron por causas aisladas, sino durante episodios epidémicos ocurridos en diferentes momentos. El estudio identifica, al menos, dos brotes separados por varios siglos en los mismos cementerios.
El origen exacto de aquella epidemia sigue siendo una incógnita. Los autores plantean que Yersinia pestis pudo circular entre roedores silvestres propios de Asia septentrional, como marmotas o ardillas terrestres, antes de pasar a los seres humanos. Una vez introducida en estas pequeñas comunidades, la convivencia cotidiana habría favorecido su propagación.
La investigación dibuja así un escenario muy distinto al que durante mucho tiempo dominó los estudios sobre la peste. Lejos de surgir únicamente como consecuencia del crecimiento urbano, la bacteria ya acompañaba a poblaciones de cazadores-recolectores miles de años antes de que aparecieran las primeras ciudades.
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