CanalLeyendasPueblerinas
Esta historia me la contó un trailero que durante más de veinte años recorrió las carreteras de México.
Su nombre era Rogelio.
Había manejado de noche tantas veces que prácticamente nada lo asustaba.
Había visto accidentes.
Carreteras completamente cubiertas por neblina.
Animales atravesándose.
Personas pidiendo aventón en lugares donde no había un pueblo en kilómetros.
Pero existe una madrugada que jamás pudo olvidar.
Porque aquella noche...
asegura que la Santa Muerte viajó sentada junto a él.
Todo ocurrió cuando transportaba una carga hacia Guadalajara.
Rogelio llevaba varias horas manejando.
Eran aproximadamente las dos y media de la madrugada.
La carretera estaba prácticamente vacía.
Solamente aparecía algún vehículo de vez en cuando.
Rogelio comenzó a sentir sueño.
Todavía faltaba bastante para llegar.
Pensó detenerse en la siguiente gasolinera.
Pero antes de encontrarla vio algo a un costado de la carretera.
Era una pequeña capilla.
Tenía varias veladoras encendidas.
Rogelio disminuyó la velocidad.
Aquello le pareció extraño.
Conocía muy bien esa ruta.
No recordaba ninguna capilla en aquel lugar.
Sin embargo, decidió detenerse.
Necesitaba estirar las piernas.
Bajó del tráiler.
La madrugada estaba fría.
Caminó hasta la pequeña construcción.
Dentro había flores.
Fotografías.
Veladoras.
Y en el centro...
una imagen de la Santa Muerte vestida de blanco.
Rogelio nunca había sido devoto.
Pero tampoco se burlaba de las creencias de otras personas.
Se quedó observando la imagen.
Entonces dijo:
—Nomás déjame llegar con bien y mañana ya estoy con mi familia.
No pidió dinero.
No pidió suerte.
Solamente llegar.
Regresó al tráiler.
Encendió el motor.
Y continuó.
Unos veinte minutos después comenzó a sentir nuevamente mucho sueño.
Abrió la ventana.
Subió el volumen de la música.
Nada funcionaba.
Los párpados se le cerraban.
Entonces escuchó una voz.
—Despierta.
Rogelio abrió los ojos.
Por un instante no entendió qué había sucedido.
Había comenzado a quedarse dormido.
Corrigió inmediatamente el volante.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Miró hacia el asiento del copiloto.
Estaba vacío.
Pensó que la voz había sido parte de algún sueño.
Continuó.
Pero unos minutos después volvió a escucharla.
—Detente.
Esta vez estaba completamente despierto.
La voz provenía claramente del asiento del copiloto.
Rogelio volteó.
No había nadie.
—Ya estuvo bueno...
Comenzó a sentir miedo.
Pensó que el cansancio estaba provocándole alucinaciones.
Decidió detenerse en cuanto encontrara un lugar seguro.
Pero entonces la voz volvió a hablar.
—Ahora.
Rogelio frenó.
Orilló el tráiler.
Y permaneció dentro de la cabina.
—¿Quién está ahí?
Silencio.
Rogelio agarró una botella de agua.
Se mojó el rostro.
Estaba a punto de arrancar nuevamente cuando vio algo adelante.
A unos metros de distancia.
Una mujer caminaba por el acotamiento.
Vestía de blanco.
Rogelio observó cómo se acercaba.
Pensó que podía ser alguien que necesitaba ayuda.
Pero cuando la figura pasó junto a la luz del tráiler...
vio que debajo del manto había un rostro descarnado.
Era una calavera.
Rogelio se quedó inmóvil.
La figura llegó hasta la puerta del copiloto.
Y desapareció.
En ese momento sintió que el asiento junto a él se hundía.
Como si alguien acabara de sentarse.
Rogelio no quería voltear.
Mantuvo la mirada hacia el frente.
Entonces escuchó:
—Espera.
Y esperó.
Un minuto.
Dos.
Tal vez cinco.
No sabía cuánto tiempo había pasado.
De repente apareció un automóvil a gran velocidad.
El vehículo pasó junto al tráiler.
Rogelio lo observó alejarse.
Segundos después escuchó un estruendo a lo lejos.
El automóvil había perdido el control en una curva.
Rogelio llamó a emergencias y avanzó lentamente hasta el lugar.
El vehículo había quedado destrozado.
Otros conductores comenzaron a detenerse.
Mientras esperaban ayuda, uno de ellos comentó:
—Esa curva está muy peligrosa. Hay aceite tirado.
Rogelio dirigió la lámpara hacia el pavimento.
Una parte de la carretera estaba cubierta por una sustancia resbalosa.
Sintió un escalofrío.
Si hubiera continuado cuando pensaba hacerlo...
él habría llegado primero.
Con un tráiler cargado.
A la velocidad que llevaba.
Rogelio no quiso imaginar el resultado.
Llegaron los servicios de emergencia.
Permaneció ahí un rato y después continuó su camino.
Esta vez ya no tenía sueño.
Pero mientras manejaba comenzó a sentir algo extraño.
El asiento del copiloto seguía ligeramente hundido.
Como si alguien permaneciera sentado.
Rogelio no volteó.
Después de varios kilómetros reunió valor.
—¿Fuiste tú?
No obtuvo respuesta.
Entonces dijo:
—Gracias.
En ese instante el asiento volvió lentamente a su posición normal.
Rogelio continuó hasta encontrar una gasolinera.
Se estacionó.
Bajó.
Compró café.
Y decidió esperar hasta que amaneciera.
Cuando regresó al tráiler encontró algo sobre el asiento del copiloto.
Era una pequeña medalla.
Tenía grabada la figura de la Santa Muerte.
Rogelio estaba seguro de que nunca había tenido algo parecido.
La guardó.
Cuando finalmente llegó con su familia les contó lo ocurrido.
Su esposa pensó que probablemente había sido el cansancio.
Rogelio también quiso creerlo.
Hasta que días después volvió a recorrer la misma carretera.
Quería encontrar aquella pequeña capilla.
Recordaba aproximadamente el lugar.
Disminuyó la velocidad.
Buscó durante varios kilómetros.
Nada.
No había capilla.
No había veladoras.
Ni siquiera había una construcción abandonada.
Tiempo después preguntó a otro trailero que conocía perfectamente aquella ruta.
—¿Sabes dónde está una capillita de la Santa Muerte por aquí?
El hombre negó.
—Aquí no hay ninguna.
Rogelio insistió.
Le explicó dónde la había visto.
El trailero permaneció callado.
Después respondió:
—Yo también la vi una vez.
Rogelio sintió que se le erizó la piel.
—¿Cuándo?
—Hace años.
—¿Y dónde está?
El hombre respondió:
—Ese es el problema. Nunca la volví a encontrar.
Después sacó algo de su cartera.
Era una pequeña medalla.
Igual a la de Rogelio.
El trailero le contó que aquella noche también se había detenido frente a la capilla.
Y poco después evitó un accidente.
Los dos hombres permanecieron en silencio.
Nunca supieron quién había construido aquel lugar.
Ni por qué solamente algunas personas parecían encontrarlo.
Rogelio continuó trabajando muchos años como trailero.
La medalla siempre permaneció dentro de su cabina.
Y cada vez que comenzaba un viaje largo hacía lo mismo.
Miraba el asiento del copiloto y decía:
—Si vas a acompañarme otra vez... aquí tienes tu lugar.
Nunca volvió a verla.
Pero en dos ocasiones aseguró haber despertado repentinamente cuando comenzaba a quedarse dormido.
Como si alguien lo hubiera llamado.
Por eso Rogelio siempre decía algo cuando otros traileros se burlaban de su medalla.
—Yo tampoco creía.
—Hasta que una noche viajé acompañado.
Y existe algo que todavía recuerda perfectamente.
Cuando encontró aquella capilla no pidió hacerse rico.
No pidió tener más trabajo.
Ni siquiera pidió protección para toda la vida.
Solamente dijo:
“Déjame llegar con bien con mi familia.”
Y según él...
la Santa Muerte hizo exactamente eso.
Porque algunas personas creen que verla significa que tu hora ha llegado.
Pero Rogelio aprendió aquella madrugada que, al menos en su historia, ocurrió lo contrario.
La Santa Muerte no subió a su tráiler para llevarse al conductor.
Subió al asiento del copiloto...
para asegurarse de que llegara vivo a casa.

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