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Como siempre os he comentado hay pueblos que se visitan y pueblos que se recorren despacio, Garganta la Olla es de los segundos. Escondido en la comarca cacereña de La Vera, a los pies de la sierra de Tormantos y a un tiro de piedra del Monasterio de Yuste, este pequeño municipio de apenas 900 habitantes guarda uno de los cascos históricos mejor conservados de Extremadura. No es una frase hecha: en 1978 fue declarado Conjunto Histórico-Artístico gracias al excelente estado de su arquitectura popular, esa que combina entramados de madera de castaño, adobe y piedra en un puñado de calles que parecen sacadas de otro siglo.
Una historia de gargantas y pleitos
El nombre ya lo dice todo. En época romana, el lugar se conocía como Ad fauces, "junto a las gargantas", en referencia a los dos arroyos de montaña —la Garganta Mayor y la de San Blas— que se unen en este punto. Con el tiempo, el nombre evolucionó hasta el actual Garganta la Olla, y el pueblo creció alrededor de esa confluencia de aguas que hoy sigue siendo su gran seña de identidad.
Antes de convertirse en la villa tranquila que es hoy, este rincón vivió siglos de tira y afloja con la vecina Plasencia, que se resistía a perder su jurisdicción sobre estas tierras. El pleito, que llegó hasta el mismísimo rey Enrique II de Trastámara, se resolvió a favor de Garganta la Olla a finales del siglo XV. Poco después, el municipio pasó a formar parte del marquesado de Villena, y así, entre disputas señoriales y ferias de ganado, fue tejiendo la identidad que hoy se respira en cada esquina.
Un paseo por sus calles
Lo mejor que se puede hacer al llegar a Garganta la Olla es, sencillamente, perderse. Dejar el coche cerca de la Plaza Diez de Mayo —donde está el Ayuntamiento y la oficina de turismo— y caminar sin rumbo fijo por el Barrio de la Huerta, el antiguo barrio judío, con sus casas de adobe y madera que parecen inclinarse unas sobre otras.
Merece parada obligada la iglesia de San Lorenzo, del siglo XVI y declarada Monumento de Interés Cultural, que esconde un retablo barroco, un pequeño museo de arte religioso y un órgano restaurado que aún suena en las grandes celebraciones. A pocos pasos, la ermita del Santísimo Cristo del Humilladero sorprende con un altar decorado con azulejos talaveranos, mientras que la ermita de San Salvador, algo más alejada, regala unas vistas espectaculares de todo el valle.
Entre las curiosidades del pueblo destaca la Casa de las Muñecas, un antiguo prostíbulo de la época de Carlos V convertido hoy en uno de los edificios más fotografiados, y la Casa de la Peña, cuya primera planta se sostiene, casi por arte de magia, sobre tres vigas de madera y una sola piedra. Los más curiosos pueden acercarse también al Museo de la Inquisición, instalado en la antigua Casa del Obispo, que recuerda con objetos originales el paso de este tribunal por la villa Y por supuesto no podemos dejar de visitar la Casa de Postas y la Casa de los Carvajal: La primera fue una posada erigida en 1576 para acoger a viajeros y comitivas hacia Yuste. La segunda destaca por ser el único inmueble que exhibe un escudo nobiliario labrado en la fachada, cuna del capitán y virrey Pedro de Carvajal.
Y cuando el patrimonio pese en las piernas, toca refrescarse: a la entrada del pueblo, viniendo desde Cuacos de Yuste, esperan las gargantas, ollas y piletillas, pozas naturales de agua transparente entre castaños centenarios. Eso sí, os aconsejo ir con calzado cómodo, porque el camino, aunque corto, tiene tramos algo escarpados. ¡y cuidado con los resbalones!
La Serrana, el alma del pueblo
Ningún relato sobre Garganta la Olla está completo sin hablar de su leyenda más célebre: la Serrana de la Vera. Cuenta la tradición que una mujer de belleza extraordinaria y fuerza descomunal habitaba las montañas cercanas, seducía a los hombres que se cruzaban en su camino y los llevaba a su cueva, de la que ya no regresaban. La historia, cantada durante generaciones en coplas populares, sigue tan viva que cada año, el primer fin de semana de agosto, el pueblo entero se vuelca en su honor con las Jornadas de la Serrana de la Vera: una ruta de senderismo hasta su cueva, mercado artesanal, rondas folklóricas por las calles y una representación teatral que revive la leyenda al atardecer, repartida en distintos rincones del casco histórico.
Mesa y mantel a la manera verata
Después de tanto caminar, toca sentarse a la mesa, y aquí Garganta la Olla no defrauda. El pimentón de la Vera, con Denominación de Origen, es el hilo conductor de casi toda la cocina local. No se puede marchar uno sin probar las migas extremeñas, con panceta, chorizo y ese toque ahumado inconfundible, ni la sopa de tomate, que sorprende al servirse decorada con cerezas o uvas. El cochinillo y el cabrito, asados o en caldereta, son otros clásicos, igual que los embutidos artesanos —tasajo, morcilla patatera, morcilla de calabaza— y el queso de cabra. Para el postre, las perrunillas y rosquillas caseras son el broche perfecto, acompañadas, por qué no, de un vino de pitarra elaborado en la propia localidad. La cereza y la frambuesa, cultivos que sostienen buena parte de la economía del pueblo, también se dejan ver en dulces y mermeladas de temporada. ¡Dios mío que delicia! Un consejo: Comprad miel artesana pura, cosechada en las montañas por familias locales desde mediados del siglo XX, como El Garganteño. Encontrareis la tienda en el mismo pueblo.
Consejos de viajero para la escapada
Garganta la Olla se disfruta mejor en primavera o a principios de otoño, cuando el calor da tregua y el paisaje luce en su mejor versión. Si se puede elegir fecha, el primer fin de semana de agosto es especial por las Jornadas de la Serrana, aunque conviene reservar alojamiento con antelación porque el pueblo se llena. Dos o tres horas bastan para ver lo esencial, pero quien disponga de un día completo puede combinar la visita con una escapada al cercano Monasterio de Yuste, a solo siete kilómetros, o con alguna de las rutas de senderismo que suben hasta el Mirador de la Serrana. Y lo dicho anteriormente, Utiliza calzado cómodo para caminar sin dificultad por sus calles empedradas e inclinadas.
En definitiva, Garganta la Olla es de esos pueblos que no buscan impresionar a golpe de monumento, sino conquistar poco a poco, calle a calle, leyenda a leyenda. Un lugar donde la historia, la naturaleza y la tradición conviven con una naturalidad que ya casi no se encuentra en ningún sitio.
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