jueves, 24 de septiembre de 2026

Canal Viajar : Islas Marquesas, el último edén de la Polinesia

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Mientras Tahití, Moorea y Bora Bora dan forma al imaginario de paraíso tropical con sus lagunas turquesa, arrecifes coralinos y cabañas sobre el agua, a más de 1.000 kilómetros existe otra Polinesia salvaje donde la naturaleza marca las normas. Entre volcanes arropados por una selva impenetrable, fulguran templos y tikis que narran solemnes tradiciones ancestrales. Viajamos a los confines del Pacífico para descubrir uno de los últimos territorios intactos del planeta.


El murmullo del viento se cuela por las inescrutables raíces aéreas de los banianos. Los gigantescos árboles abrazan el bosque, permitiendo que algunos rayos de luz penetren por la vegetación. Mi guía, Kohu, camina en silencio. Su hijo Kovai, de 12 años, hace sonar un cuerno tallado en hueso y madera. El eco atronador se expande por la selva alejando los malos espíritus y anunciando nuestra llegada a Upeke, uno de los conjuntos ceremoniales más notables de las islas Marquesas, declarado Patrimonio de la Humanidad en 2024. Su nombre viene a traducirse como “ la madre de todos los sacrificios ”, una expresión que eriza mi piel mientras pienso en la historia tan sobrecogedora que esconde este lugar sublime. Avanzo entre las plataformas de piedra que forman el me’ae, el recinto sagrado donde los marquesanos celebraban ceremonias que consolidaban el poder de los distintos clanes. A un lado se abre el tohua, la plaza donde se reunía la comunidad para presenciar danzas y rituales, rodeado por los paepae, las plataformas sobre las que se levantaban las viviendas. Siento que he viajado en el tiempo; y, en cierto modo, así es.

Nos detenemos frente a un tiki y, de pronto, el ambiente cambia por completo. La figura nos observa con su inquietante mirada pétrea. Kohu agarra una pesada maza ceremonial y lanza un grito profundo que retumba entre los árboles. Abre sus ojos al máximo, fijándolos en mis pupilas, y comienza a avanzar lentamente sosteniendo el arma. Soy consciente de que está interpretando un canto de guerra de sus antepasados… ¿o tal vez no? La escena resulta tan convincente que noto cómo mis piernas empiezan a temblar. Intento retroceder sobre mis pasos al mismo tiempo que pienso en los prisioneros de guerra conducidos hasta ese mismo punto para ser sacrificados ante jefes tribales.

El sonido del viento vuelve a apoderarse del bosque. Kohu baja el bastón ceremonial y me explica cómo se utilizaba para asestar un golpe mortal en la cabeza del enemigo. En determinados rituales carnívoros, la sangre y parte del cuerpo simbolizaban la transferencia de su mana, la fuerza espiritual que otorgaba prestigio y poder. Los huesos de los jefes solían depositarse entre las raíces de los banianos. Muchos siguen allí, enterrados bajo las capas que han cubierto estas historias ancestrales con los años. Historias que hoy los marquesanos recuperan con orgullo.

Acabo de aterrizar en Hiva Oa y ya percibo el mana, esa energía invisible que, según antiguas creencias, habita en personas, lugares y objetos. Resulta difícil explicar la sensación, quizá tenga relación con el origen volcánico de las islas, o tal vez se deba a la espiritualidad que sigue emanando de estas tierras de naturaleza desmedida.

Hasta los confines de los Mares del Sur he llegado tras un viaje de 32 horas, tres escalas y dos días completos de travesía. Al aterrizar en el místico fin del mundo, el reloj se ha atrasado 11 horas y media, premiándome con un auténtico viaje en el tiempo donde el pasado sigue latiendo en cada ritual. A mi alrededor, los verdes acantilados esculpidos por volcanes hace millones de años se precipitan en un océano infinito.

Estas ínsulas suponen una nueva conquista en mi mapa del Pacífico; desde las islas Cook a Fiji, pasando por Vanuatu. No puedo sentirme más fascinada por cada horizonte azul de este océano inabarcable. Hace tres años saludaba con el “Kia Orana” de las Cook y ahora lo hago con el “Ia Orana” tahitiano o con el “Kaoha” de las Marquesas mientras sus acogedores lugareños siembran innumerables collares de flores sobre mi cuello.

Hiva Oa es la segunda en tamaño de las Marquesas, el archipiélago más septentrional de la Polinesia Francesa. Compuesto por 12 islas, de las cuales solo seis están habitadas, cuenta con algo menos de 10.000 habitantes. Antes del contacto con occidente y sus epidemias, se estima que eran cerca de 100.000 personas las que vivían en estas tierras remotas. Su aislamiento permitió que se desarrollara una avanzada sociedad donde cada valle funcionaba como un territorio independiente. Los primeros pobladores llegaron alrededor del año 300 en canoas de doble casco, navegando desde Samoa y Tonga. Desde las Marquesas conquistarían Hawái, Nueva Zelanda y Rapa Nui.

“Incluso tuvieron relaciones con Perú ”, cuenta Tepoeaotiu, embajador del Patrimonio de la Unesco, ante una de las piedras basálticas de Me’ae à Puama’u, otro yacimiento escondido en Hiva Oa. En él destaca el grabado de un cuadrúpedo de cuello alargado que recuerda a una llama andina.

Sin embargo, no sería hasta 1595 cuando una expedición española comandada por Álvaro de Mendaña situara estas islas en el mapa. El célebre navegante las bautizó como “ islas Marquesas de Mendoza ” en honor a García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete y virrey del Perú, quien patrocinó el viaje. En 1842, Francia tomó posesión de las Marquesas y las integró en la Polinesia Francesa.

Entre la maraña de raíces de los banianos de Lipona, como también es conocido este conjunto arqueológico, se conservan a la perfección valiosos tikis. Las esculturas, labradas en piedra volcánica, representan ancestros divinizados, jefes de alto rango o espíritus protectores. Muy cerca, otro gigantesco tiki esculpido en una enorme roca custodia el mar.

“El tatau nació aquí.” Durante el día, Tepoeaotiu caza, pesca, compone canciones o guía a los visitantes por los encantos de Hiva Oa y, al caer la tarde, ejerce como tatuador tradicional. El patutiki marquesano es el estilo de tatuaje más complejo de la Polinesia. Cada línea habla del linaje, rango social, hazañas y momentos que han marcado la vida de una persona. El idioma local dejó esta palabra en nuestro vocabulario, llevada por los exploradores europeos a través de sus diarios de viaje junto a tapu (tabú).

A diferencia de lo que pensaron muchos de aquellos exploradores, las mujeres ocupaban un lugar esencial en ese universo cargado de simbología. Dotadas de un gran prestigio, podían tener varios esposos. Esa posición privilegiada se reflejaba a la hora de entender la sexualidad, alejada de códigos morales. En la localidad de Atuona, una “ piedra del placer ” da una muestra de ello. A simple vista puede parecer un monolito colocado por casualidad, pero a la roca, de formas redondeadas, se le atribuye un uso íntimo por parte de las mujeres.

Esta ausencia de convencionalismos atrajo a Paul Gauguin a la pequeña capital de Hiva Oa a finales del siglo XIX, huyendo de la Europa capitalista. En Atuona levantó la provocadora Maison du Jouir (Casa del Placer), donde pintó sus últimas obras mientras se enfrentaba con la administración colonial. Setenta y dos años después de su fallecimiento, el cantautor Jacques Brel abandonó los escenarios y se mudó a Hiva Oa ansiando el anonimato y la libertad. Resulta curioso que por aquí no se le recuerde por su famoso Ne me quitte pas, sino por una encomiable labor altruista a bordo de su avioneta Jojo, con la que transportaba medicinas, correo y pasajeros entre las distintas islas. El Centro Cultural de Atuona homenajea a ambos artistas, exhibiendo la mítica Jojo restaurada. Unos metros más arriba, en una colina con maravillosas vistas a la bahía sobre la que vuelan fragatas, Gauguin y Brel descansan en el cementerio del Calvario, unidos al terreno al que entregaron sus últimos años.


El corazón de las Marquesas

Con aproximadamente 340 km2, Nuku Hiva es la mayor de las Marquesas. En su principal núcleo urbano, abrazado por una espectacular bahía, se intercalan edificios administrativos y comercios. A Taiohae llegaron exploradores, balleneros, comerciantes y misioneros, transformando la vida isleña. Uno de sus célebres visitantes fue Herman Melville, autor de Moby Dick, aunque sería su primer libro Typee, inspirado en su experiencia conviviendo con los habitantes del valle de Taipivai en 1842, el que daría a conocer Nuku Hiva al mundo occidental.

La capital de Nuku Hiva es también la capital del archipiélago. En ella se sitúa la tumba de la última reina marquesana, fallecida en 1834. A sus pies se extiende un amplio espacio arqueológico presidido por varios tikis procedentes de toda la Polinesia. Taiohae es el punto de partida para descubrir la isla, cruzando cumbres que superan los 1.200 metros. Un terreno abrupto perfilado por bosques de pinos que se funden con una espesa selva. En cualquiera de sus rincones resulta fácil cruzarse con caballos salvajes e impetuosos gallos, cuyo canto se anticipa al alba para despertarme rigurosamente a las cuatro de la mañana.

Conduciendo en dirección norte, cruzo dos valles y sus respectivas montañas, de las que cuelgan cascadas como las de Kueenui, cuya fuerza produce energía hidroeléctrica. Helechos gigantes, árboles del pan, bananos, cocoteros y mangos van desfilando tras mi ventanilla hasta dejar atrás el valle de Hatiheu y llegar al mar. Antes de adentrarme en las aguas del Pacífico, visito el complejo de Kamuihei, uno de los sitios arqueológicos mejor conservados, donde las plataformas ceremoniales de más de 600 años de antigüedad han sido engullidas por la vegetación.

Desde la bahía de Haithe’u, una pequeña embarcación me lleva rumbo a Anaho, una de las ensenadas más bellas de la Polinesia, a la que solo es posible acceder por mar o tras una larga caminata. En la solitaria playa, vigilada por una hilera de cocoteros erguidos como soldados, el tiempo se suspende una vez más para entregarme a un paraíso custodiado por mantarrayas. Un ukelele lejano acompaña el amanecer de alguna de las familias que tienen la fortuna de despertar ante este paisaje irreal antes de iniciar la faena de la copra, la recolección y secado de la pulpa del coco.



Las islas de la Sociedad

Tras sucumbir a la fuerza indómita de las Marquesas, doy el salto a las estampas más icónicas de la Polinesia. Bajo las alas del avión empiezan a dibujarse anillos de coral que abrazan lagunas turquesa. Tras recorrer 1.400 kilómetros más en mi periplo por los Mares del Sur, Tahití marca mi entrada al archipiélago de la Sociedad. Su capital, Papeete, concentra el pulso local en sitios como el mercado, con puestos donde se vende vainilla, frutas tropicales y las codiciadas perlas negras que han dado fama a la Polinesia. Al anochecer, varios espacios con food trucks llenan el camino que discurre junto al mar de aromas a leche de coco y carnes a la parrilla.

La verdadera esencia de Tahití se descubre recorriendo la carretera costera hasta llegar a la península de Tahití Iti, la zona más intacta de la isla. Por el camino conviene detenerse en las cuevas de Mara’a, las cascadas de Faarumai o el Faro de Punta Venus, construido en el punto donde el capitán Cook observó, en 1769, el tránsito de Venus. A la vecina isla de Moorea, el explorador llegaría ocho años después, durante su tercer y último viaje a la Polinesia. Curiosamente, la bahía que lleva su nombre no fue en la que fondeó. Sus barcos echaron el ancla en la vecina Opunohu. Separadas por el monte Rotui, ambas bahías penetran en la costa norte formando uno de los paisajes más espectaculares del Pacífico que observar desde el Mirador Belvedere. No es de extrañar que Hollywood se rindiera a su belleza para rodar Motín a bordo, con Mel Gibson.

Pero el epítome del paraíso polinesio es Bora Bora. No obstante, a mi llegada, el mana parece haberme abandonado y llueve sin cesar. La cortina de agua difumina el perfil del monte Otemanu, el volcán que dio origen a la isla hace millones de años. Aun así, me lanzo a explorarla en bicicleta, desde Vaitape, su capital, hasta la impresionante playa de Matira, una larga lengua de arena blanca. Alrededor, el arrecife perfila una laguna salpicada por motus, los islotes sobre los que se alzan algunos de los hoteles más exclusivos del mundo. A la mañana siguiente, abro las cortinas de mi villa y observo el Otemanu iluminado al fin por los primeros rayos de un sol que despega ardiente tras uno de los motus que se extienden frente al exclusivo Conrad Bora Bora Nui, uno de los pocos alojamientos de Bora Bora desde donde el volcán parece enmarcado entre dos islotes. Cuelgo el cartel de “No molestar” y me quedo embelesada con ese paisaje durante horas. Quizá el tiempo ha vuelto a detenerse mientras pienso en las dos Polinesias que acabo de recorrer, la de las Marquesas con su pasado oculto entre banianos, y la de las islas de la Sociedad, donde el océano nunca deja de inventar azules. Dos archipiélagos que componen uno de los últimos santuarios culturales y naturales del planeta.




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