sábado, 19 de septiembre de 2026

Canal Viajar : Qué ver en la (caótica y hermosa) ciudad de Murcia

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En la esquina sureste de nuestra península se encuentra la región de Murcia, cuya capital es Murcia ciudad (como decimos los murcianos tantas veces: Murcia, Murcia... así sin más). Es el sur, pero no Andalucía; es levante, pero no la Comunidad Valenciana. Así es como he tenido que geolocalizar a mi tierra cuando la explico en el extranjero. Un lugar en ocasiones olvidado, incluso, es un hecho, menospreciado.

Sin embargo, basta con volver a casa con los ojos de quien ha estado lejos para apreciar lo genuino del lugar. Aunque la romantización puede distorsionar las ideas, nos lo vamos a permitir un poco aquí, pues por algo jugamos en casa. Y es que, de repente, en un mundo homogeneizado por el hipercapitalismo, hemos logrado darnos cuenta de la singularidad que aquí se respira. Yo (Blanca) crecí en en una urbanización cerca de Molina de Segura en los años 90, en un lugar sin una identidad muy definida.

Gracias a ese momento “protointernet” y, sobre todo, al cine y la música, podía soñar con mundos exóticos y lejanos y saciar mis ansias de conocimiento más allá de lo académico. En Murcia ciudad no tenemos playa, así que la cultura salvaba mis veranos. Pero, paradojas de la vida –y quienes conocéis Leafhopper sabéis de nuestra pasión por el mar y los arrecifes de corales–, fue justo tras quedarnos ‘atrapados’ en Murcia debido al estado de alarma que asolaba el planeta cuando descubrimos que aquellas montañas de Molina de Segura donde me crié fueron un mar tropical hace millones de años. ¡Boom! Nosotros viajando a Micronesia para aprender sobre corales y resulta que los tenemos en casa (en formato fósil, eso sí).

Pero, más allá de otros paisajes variados y fantásticos de toda la región, aquí hemos venido a animarte a que visites Murcia ciudad. A nosotros nos encanta pasear, así que lo primero que haríamos para empezar el día es perdernos por la ‘huerta’, a la vera del río Segura. Y sí, aunque parezca un secarral a primera vista, la huerta y la cultura del agua son clave aquí. Tan solo caminando lo apreciarás por completo. Puedes seguir el paseo del Malecón (Bien de Interés Cultural desde 1982) o, simplemente, el curso del río. Resulta divertido ver cómo crecen alcaparras y palmeras en las orillas mientras gansos y patos desfilan sin prisa entre construcciones de hogares dispares y verde, mucho verde.

Supone una verdadera y anárquica fantasía constructiva pasear por la huerta con sus bancales, sus carriles y sus árboles de cítricos, sobre todo limoneros. Te toparás también con una casa huertana que cuenta con innumerables premios. Proyectada por Estudio No 26 junto a Pastor y González Arquitectura, es una oda a la belleza y la riqueza de la huerta y su tradición. En condiciones normales no se puede visitar, ya que es privada, así que tendrás que esperar a la próxima edición de Open House Murcia.

Una parada ‘bonica’ por la zona te llevará a tomar algo en alguno de los bares o terrazas de la Arboleja, como La Casa Verde y Los Pájaros Ateneo Huertano. Y si tienes ganas de lío full experience huerta ve a comer a El Molinero y prueba los paparajotes, que son el postre murciano por excelencia. Se trata de un buñuelo dulce alrededor de una hoja de limón fresca y solo lo encontrarás a veces en algunas peñas. Donde suelen tener es en La Parranda, con un concepto más elevado que la experiencia tradicional.

Otra buena opción es que alguien te invite a su casa y te los prepare: esos son sin duda los mejores paparajotes. ¿El auténtico maridaje de este festín? El café de puchero, que no lleva café, sino malta, y se riega con anís. Para ambientarte, pon de fondo la música de Maestro Espada, a quienes fotografiamos en su lugar favorito de Murcia: delante del Museo Salzillo (sí, el escultor manierista es otra de las personalidades de la ciudad), en la Plaza Agustín.

Allí hay una placa conmemorativa de la campana de los Auroros, unas hermandades autóctonas huertanas transmisoras de un legado patrimonial sonoro (normalmente religioso) con las que Víctor y Alex han trabajado para dar forma a su reciente disco. Como dice el documentalista Tomás García, “la campana es uno de los símbolos más destacados de estas agrupaciones polifónicas, encargada de marcar el ritmo y la cadencia de sus salves”.

Una visita obligada es la del Monasterio de Santa Clara La Real. Los jardines del Alcázar Menor con la alberca central (Al Qasr al-Sagir) son de una belleza exuberante y el mejor exponente de un período de transición. entre el arte almohade y el nazarí.

Mi padre, que es de Alcantarilla, siempre dice: “a la murciana, como me da la gana”. Porque parece que cierta anarquía forma parte del ADN del territorio. Sin embargo, los murcianos se nutren de todo lo que ha pasado por ahí y lo hacen suyo. Esto se aprecia directamente en la arquitectura y también en la gastronomía. Los mismos paparajotes o los pasteles de carne (¡ojo!, con carne de cerdo) son mezclujos con reminiscencias claras de la época musulmana.

A la salida de Las Claras se encuentra el Café Bar Gran Vía, uno de los mejores sitios para probar la ensaladilla rusa, en especial la marinera, montada sobre una rosquilla alargada y con una anchoa encima). He de confesar que me cuesta muchísimo probar ensaladillas rusas fuera de Murcia, si veo un guisante asomar puede que ni la pruebe. También existen otras versiones: marinero (con boquerón) o bicicleta (la rosquilla con ensaladilla sola). Para nosotros, otra de las paradas imprescindibles es el Museo Arqueológico.

No es especialmente grande, pero tiene ese tipo de colecciones que despiertan la curiosidad. Entre fósiles, cerámicas y restos antiguos, uno empieza a entender el cruce y paso de culturas que han ido conformando la idiosincrasia de la región: fenicios, griegos, púnicos, romanos... La sección islámica medieval la encontrarás en el ya citado Museo de las Claras. Te mueva o no el sentimiento religioso, la visita a la catedral de Santa María es indispensable. Si tienes la oportunidad, sube a su campanario –el segundo más alto de España después de la Giralda– y verás cómo la huerta circunda la ciudad a través del río.

Aquí volvemos al eclecticismo arquitectónico: gótico, barroco, renacentista y neoclásico. Su interior, además de la capilla gótica flamígera de los Vélez, alberga el corazón y las entrañas de Alfonso X El Sabio, quien quiso, por su amor a Murcia, que esos restos suyos fueran a parar ahí. En el exterior de la capilla de los Vélez llama la atención la cadena de noventa eslabones esculpidos en piedra caliza que la rodea.

Enfrente de la fachada sur, frente a la Puerta de los Apóstoles, nos encontramos Tejidos Alemán, una tienda mítica a medio camino entre mercería y establecimiento de souvenirs vintage donde podrás comprar trapos de cocina con recetas tradicionales de la región. Lo kitsch y lo entrañable se dan la mano.

Hacemos un alto en el camino porque a Murcia se viene a comer. No hay otra. Después de probar todos los aperitivos con nombres especiales que tendrás que aprender –caballito, tigre, marinera... y con sus opciones vegetarianas, como zarangollo o tomatico partío con tallos– quizá te apetezca tomar algo más contundente.

Hay un par de espacios que Mari, Isa y Samu llevan con mucho cariño. Se llaman Café Bar Verónicas, al lado del mercado de Verónicas, y Colmado San Julián, donde Samuel Ruiz reinventa el concepto de bar y tapeo murciano introduciendo un punto de vanguardia. Como el mítico caballito pero, en vez de con gamba, con cigala. Sus bravas con azafrán o su adaptación del conocido café asiático de Murcia (con licor, leche condensada, limón y canela) también merecen un tiento.

Casi al lado se encuentra la sala Verónicas, donde hemos visto exposiciones de artistas de Murcia como Sonia Navarro, Miguel Fructuoso o Tierra en Blanco, de Rosell Meseguer, comisariada por Pedro Medina. Pero volvamos a la comida.

Para los amantes del queso, muy cerca de ahí espera La Lechera de Burdeos, donde comprar y degustar quesos murcianos de mucha calidad, como las variedades Ruperto. Para los amantes del vino, en la puerta colindante está La Diligente, con vinos de la región clásicos y contemporáneos, como Ninja de las Uvas.

Sigamos comiendo, que esto no tiene fin. Si te apetece algo más refinado, a cinco minutos caminando encontramos Almo, del chef Juan Guillamón, cuya cocina ha sido reconocida recientemente con una estrella y dos soles. Juan toma el alma de la huerta, experimenta con ella y la transforma en alta gastronomía.

“Mi padre siempre dice ‘a la murciana, como me da la gana’. Cierta anarquía forma parte del territorio”

Una de las técnicas que ha desarrollado es la del salazón, tradición típica de la región aplicada en el pescado, pero llevado al vegetal. Imprescindibles son su ensalada templada de sepia e hinojo en escabeche de cítricos y apionabo en salazón y su remolacha partía. Según avance el día pasarás por el teatro Romea o volverás a cruzar la calle Trapería, con toda certeza por el Real Casino de Murcia, en cuya fachada hay un fósil marino incrustado que de nuevo nos recuerda que aquí una vez hubo mar.

Ya que estás, cruza el río por el puente de los Peligros y visita el antiguo complejo militar neomudéjar de 1921 y Cuartel de Artillería. Seguro que descubrirás alguna propuesta interesante de arte contemporáneo en el Centro Párraga o en CENDEAC. En Murcia también sucede que hay gente que la visita, se queda y se hace de aquí, murcianicos de adopción. Es lo que le ocurrió a Carlos del Amor, artista de la cerámica que descubrió la huerta murciana y se quedó a vivir en ella.

Si tienes suerte, puedes visitar su estudio en Puente Tocinos y quizás hasta participar de un taller con él. Antes de que se despida la tarde y, cómo no, te apetezca volver a picotear, puedes visitar el centro de Interpretación de Medina Mursiya, en Santa Eulalia, que aprovecha un trozo de muralla de la medina musulmana para explicar más de 400 años de historia.

Para cenar por esa zona puedes ir al mítico restaurante Salzillo, a otro emblema de la ciudad, El Rincón de Pepe o incluso seguir tapeando en Los Toneles, Los Navarro y Los Zagales, donde sirven mis empanadillas de tomate, huevo y atún favoritas.

Más disruptiva es la propuesta de Miguel de Mapa Taberna, que ha fusionado la cocina de su País Vasco natal con tintes asiáticos y pinceladas murcianas. Si eres amante del queso y quieres seguir en el lado sur del río, puedes aventurarte a tomar una tabla en la peculiar e íntima quesería Tope.

Probablemente encontrarás a Fuensanta sentada en la mesa del fondo y su hijo Blas te explicará que ella compró este local hace más de cuarenta años para combinar sus inclinaciones artísticas con la gastronomía. Si amas los cítricos, sus licores caseros te cautivarán. Es el típico lugar donde no se trata sólo de lo que comes, hay que vivirlo. Y un apunte para nostálgicos: tienen colonia Varón Dandy en el baño.

"En Murcia también sucede que hay gente que la visita, se queda y se hace de aquí, murcianicos de adopción"

Desde que conocí a David (la otra mitad de Leafhopper) siempre buscamos excusas para regresar a Murcia, el único lugar donde todo el mundo ríe en las fotos, nada común en nuestros retratos. Uno de nuestros artistas favoritos, el Niño de Murcia, confesaba en los años 60 en Murcia de mis sueños, desde su exilio en Francia, que ansiaba ser golondrina para echar a volar y regresar a su tierra. Hay lugares a los que uno no solo anhela volver: viven en nosotros, incluso si estamos lejos.


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