El británico fue enterrado, tras caer en Trafalgar, en un féretro fabricado con la madera y el metal del gigantesco buque «L’Orient»
En el Reino Unido, región que ama a sus héroes y no muestra recato a la hora de enarbolar la bandera del amor patrio, los ídolos militares se cuentan por decenas. Más allá de que las heroicidades de estos sean o no lo suficientemente destacables como para quedar grabadas en la Historia, existe un personaje entre todos ellos que ha sido elevado casi a la categoría de deidad: Horatio Nelson. El oficial -es cierto- dio a su país grandes victorias sobre sus eternos enemigos, España y Francia. Y, por si fuera poco, murió en la batalla de Trafalgar combatiendo en primera línea de fuego. Por todo ello (y a pesar de que hizo alarde de una temeridad excesiva que le podía haber costado a su país más de una flota) es considerado a día de hoy como el prototipo de marino de la «Royal Navy».
Sea o no el majestuoso héroe que se explica desde Gran Bretaña, sí es cierto que Nelson logró algo al alcance de muy pocos: humillar a Napoleón Bonaparte incluso después de haber muerto en Trafalgar. Y es que, el almirante fue enterrado en un ataúd elaborado con la madera y el hierro extraídos del «L’Orient». Un colosal navío que, a pesar de sus 120 cañones y ser el orgullo de la armada gala, cayó presa del fuego de su «Royal Navy» en la batalla de Aboukir (sucedida entre el 1 y el 2 de agosto de 1798).
Aquel féretro, un curioso regalo de uno de sus oficiales para recordarle a su superior que era «mortal», fue el último desafío del némesis de las flotas española y francesa. Una muestra definitiva de altanería que se unió al despilfarro perpetrado por su país para enterrarle por todo lo alto en la catedral de San Pablo. Pero, no en vano (y como ya se ha señalado) a los de la Pérfida Albión no les duele el bolsillo cuando se trata de honrar a sus militares.
La muerte del coloso
Saber el origen del ataúd de Nelson requiere retroceder un poco en el calendario. Más concretamente, hasta los últimos años del siglo XVIII. Eran aquellos tiempos de bonanza para una «France» en la que empezaba a despuntar un tal Napoleón Bonaparte. Un oficial querido por el pueblo, pero a las órdenes de un organismo superior: el revolucionario (literalmente hablando) Directorio. Importante es nombrar a estos mandamases, pues fueron los que dieron una buena saca de oro al «Pequeño corso» para que -mediante un ejército formado por 32.000 hombres y 175 navíos de línea- arribase a la tierra de los faraones y entrase a la India británica por la «puerta de atrás». ¿El objetivo? Molestar, contra más mejor, a los infames ingleses que tantos calentamientos de cabeza les traían.
La destrucción del «L’Orient» en Aboukir
En esta expedición, precisamente, se hallaba el «L’Orient», un gigante de 120 cañones (lo que le convertía en uno de los bajeles más grandes del mundo) que se había convertido en el orgullo del futuro «Empereur». En la obra «La historia encadenada», Luis Francisco Rodríguez Vázquez define este cascarón como «el más grande del mundo después de nuestro “Santísima Trinidad”». La mayoría de autores, por su parte, coinciden en calificarle como un «gigantesco barco», un coloso, o un «espléndido buque insignia».
El circo galo llegó a Egipto allá por el 27 de junio de 1798. Aunque eso sí, con los ingleses (al mando de Horatio Nelson) a la espalda y ávidos de detener por las bravas las intenciones galas. Casi un mes después el mandamás «british» se decidió a plantar cara a la flota gabacha en la bahía de Aboukir. La empresa era más que difícil, pues la armada francesa contaba, en el medio de la línea, con el gigantesco «L’Orient». A pesar de ello, el inglés le puso naso y se aventuró contra ella el 1 de agosto.
Al final, el orgullo de la armada francesa, uno de los buques más grandes y poderosos del mundo, estalló
La contienda comenzó a las 18:30 de la tarde. La «Royal Navy» comenzó su aproximación por el flanco derecho de la bahía de Aboukir y, en el último momento, su línea se dividió en dos para envolver a los franceses y atraparles en un fuego cruzado letal. Les salió bien. Uno por uno, los bajeles en los que lucía desafiante la tricolor fueron desarbolados y destrozados por el fuego.
Pero no todo iba a ser tan sencillo. Tras acabar con varios barcos galos, los ingleses se vieron obligados a plantar cara al «L’Orient». El gigante era resistente, pero los enemigos eran demasiados y, al poco tiempo, se declaró un peligroso incendio provocado por los continuos cañonazos enemigos.
A las nueve y media de la noche el barco estaba sentenciado. Los marineros no habían podido evitar que el fuego se propagase en el interior del «L’Orient», y era cuestión de tiempo que las llamas llegasen hasta la Santa Bárbara (el polvorín) e hiciesen estallar el navío por los aires. Los hombres del coloso francés no eran los únicos que sabían el triste final que les esperaba. También lo sospecharon los barcos que estaban combatiendo alrededor suyo. Al menos, así quedó patente cuando buques ingleses como el «Alexander», el «Tonnant», el «Heureux» y el «Mercure» sacaron trapo para salir a toda prisa de allí y evitar que la explosión les mandase al fondo de la bahía.
Al final, el orgullo de la armada francesa, uno de los buques más grandes y poderosos del mundo, estalló entre llamas y se terminó hundiendo.
Una curiosa idea
Afirman los historiadores que la explosión de «L’Orient», el buque insignia del «Pequeño Corso», resonó por todo el campo de batalla y lanzó al agua maderos, trozos de lona, y los restos de multitud de marinos. Un destino más que trágico para un coloso de 120 cañones que (jugando a profetizar) bien se podría haber colocado al lado del «Santísima Trinidad» en Trafalgar para repartir bolas macizas entre los «british». Por el contrario, el gigante en el que había sentado sus reales Napoleón mientras navegaba hacia su aventura faraónica vio su destino ligado al de las algas del fondo marino de la bahía de Aboukir.
Tras él, por descontado, arriaron la bandera sus compañeros. Fueron hundidos 2 cascarones gabachos, 9 acabaron encallados o capturados, y otros 2 salieron navegando -viento en popa y sin ninguna dignidad- hacia lugar seguro. Los de la Pérfida Albión, por su parte, no tuvieron que lamentar ninguna baja en sus buques. La contienda, a la postre, sería recordada como una de las grandes victorias de Nelson. Aunque se suele recalcar poco que la torpeza gala le ayudó más que su instinto a proclamarse vencedor.
Poco después, y como era habitual, la sed de sangre dio paso a las ansias de rapiña, La vida marina, que da para poco más que ron. El centro de todos los ojos fue el coloso galo: el «L’Orient». Nelson recordaba en sus memorias (editadas hoy como «Memoirs of the Life of Vice-Admiral, Lord Viscount Nelson, K. B., Duke of Bronté, Etc., Etc., Etc») aquella vorágine de adquisición de souvenirs manchados de sangre: «Se recogieron los restos flotantes del naufragio de “L’Orient” y se fabricaron muchos artículos con ellos para conmemorar la victoria». Los ingleses se pusieron las botas a costa de las lágrimas ajenas. Pero fue el capitán «british» Benjamin Hallowell al que se le ocurrió la mejor idea de la jornada.
Benjamin Hallowell– J. Hayter
El oficial acercó su buque, el «HMS Swiftsure», a los restos del «L’Orient» y ordenó a sus hombres hacerse con todos aquellos que pudieran. Su objetivo se especifica en la recopilación de las cartas de Nelson «The Dispatches and Letters of Vice Admiral Lord Viscount Nelson: With Notes». En la misma, se afirma que «después de que “L’Orient” explotara, una parte de su mástil principal fue tomada a bordo del “Swiftsure”» para construir con él… ¡Un ataúd para el futuro némesis de España!
Al parecer, y siempre según esta obra, Hallowell tomó la decisión algún tiempo después. «En mayo de 1799, temiendo el efecto de todos los elogios y adulaciones que se dirigían a su jefe, decidido a recordarle [así] que era mortal». Para desgracia de Napoleón, la idea no pudo ser más tristemente acertada. Y es que, suponía una auténtica humillación para los galos. Significaba que, incluso después de muerto, Horatio Nelson lanzaría un último desafío a los franceses y les recordaría que, allá por 1798, logró vencer al orgullo de su armada.
Madera y hierro
En «The Dispatches and Letters of Vice Admiral Lord Viscount Nelson: With Notes» se especifica que Hallowell ordenó al carpintero del «HMS Swiftsure» que llevara a cabo este trabajo únicamente con los materiales obtenidos del «L’Orient». Tanto los clavos destinados al féretro, como las grapas que se emplearon en el mismo, fueron elaboradas con el hierro extraído del mástil. Y, lógicamente, otro tanto ocurrió con la madera, el elemento esencial del que -a la postre- sería el último lugar de descanso de Nelson.
Una vez que estuvo fabricado se entregó junto al siguiente documento: «Por la presente, certifico que cada parte de este ataúd está hecha de madera y hierro del “L’Orient”, la mayor parte de la cual fue recogida por el buque de Su Majestad “HMS Swiftsure”». El presente fue acompañado también con una carta del mismísimo Hallowell: «Mi Señor, Me he tomado la libertad de fabricarle un ataúd hecho del mástil principal de “L’Orient” para que, cuando haya terminado su carrera militar en este mundo, pueda ser enterrado en uno de sus trofeos. Que ese momento quede muy lejano es el deseo sincero de su obediente y muy obligado siervo. “Swiftsure”, 23 de mayo de 1799».
La batalla del Nilo– Thomas Whitcombe
Una vez entregado, Nelson ordenó que el ataúd fuese llevado hasta su camarote. Allí, y tal y como se especifica en el libro de sus despachos, fue colocado en posición vertical, «con la tapa puesta contra la cabecera de su cabina, detrás de la silla en la que estaba sentado a la hora de la cena». El féretro permaneció en el «HMS Foudroyant» (buque insignia del oficial desde el 6 de junio de 1799 hasta finales de junio de 1801) durante un tiempo considerable. En este bajel podía ser visto desde el exterior. «Un día, mientras sus oficiales lo miraban, él les dijo: “Pueden mirarlo todo lo que quieran caballeros, pero ninguno de ustedes lo tendrá», se explica en la obra.
El ataúd, para tristeza británica, tuvo que ser utilizado tras la batalla de Trafalgar. La misma en la que Nelson dividió sus fuerzas en dos líneas y se lanzó de bruces sobre su preciado «Victory» en perpendicular contra las líneas franco españolas. Una auténtica temeridad que, de no ser por la pasividad del almirante galo (Pierre Charles Jean Baptiste Silvestre de Villeneuve) podría haberle salido cara a la «Royal Navy». Durante el enfrentamiento, nuestro protagonista fue impactado por una bala disparada desde las cofas del «Redoutable». Este proyectil acabó con su vida.
De vuelta
Lo que ocurrió tras la batalla de Trafalgar con su cuerpo se debate entre la realidad y la leyenda. Al parecer, el doctor William Beatty decidió conservar el cadáver en un ataúd de plomo lleno de brandy para evitar su descomposición.
Así lo afirma el autor Roy Adkins en su obra «Nelson’s Trafalgar: The Battle That Changed the World». Con todo, otras teorías apuntas a que realmente fue guardado en un barril de madera o que, en lugar de este brebaje, se usó ron para evitar que el cuerpo se pudriese. El divulgador Joseph A. Schwarcz es tajante en su obra «¿Por qué los gallos cantan al amanecer?», una de las pocas que hace referencia a la polémica en español: «A bordo había mucho brandy. Sumergieron a Nelson en el líquido (no en ron, como algunos románticos han sugerido)».
Fuera como fuese, al llegar a Gibraltar el brandy fue cambiado por vino (español, por cierto). Y aquí es donde nace el enésimo mito sobre Nelson. Se cuenta que, cuando arribó a Inglaterra, de la caja había desaparecido una más que considerable cantidad de alcohol. La razón, siempre según la pícara tradición, es que los marineros habían abierto un agujero en el féretro y se habían metido entre pecho y espalda un buen lingotazo enriquecido con el cadáver de oficial.
El funeral de Horatio Nelson– Museo Real
La leyenda, como es lógico, no es más que eso. Aunque lo cierto es que pone una nota de humor a la llegada del cadáver del «british» a su tierra natal.
Honores militares mediante, Horatio Nelson fue enterrado en la Catedral de San Pablo de Londres en el mismo ataúd que le habían regalado unos años antes. El féretro construido madera a madera con los restos del coloso «L’Orient».
La inhumación -llevada a cabo el 9 de enero de 1806– fue memorable. No se reparó en gastos, como queda claro en la obra del siglo XIX «Mercurio de España», donde se hace referencia (por ejemplo) al carro que portaba el cuerpo: «Sobre un tren á 4 ruedas estaba colocada una plataforma cubierta con un paño de terciopelo negro, guarnecido con franjas negras que forma iban tres festones en cada lado. sobre este paño estaba escrito el nombre de Trafalgar con letras de oro. Sobre esta primera plataforma se levantaba otra de 18 pulga das de altura, igualmente cubierta de terciopelo negro, adornada con 6 escudos de las armas del Lord Nelson».
La Piedra de Arturo en Herefordshire University of Manchester
Las recientes investigaciones llevadas a cabo en el lugar remontan su origen al Neolítico, desmintiendo su vinculación con el mito artúrico.
Al este del río Wye, entre Inglaterra y Gales, se levanta uno de los monumentos megalíticos más conocidos, después de Stonehenge, de todo Reino Unido. La Piedra de Arturo recibe su nombre por su relación con el mítico rey que luchó contra los sajones en torno al siglo V. Aunque el conjunto tendría su origen en el Neolítico, las últimas investigaciones apuntan a que su construcción es incluso anterior a lo que se creía.
Las excavaciones llevadas a cabo este año en el dolmen han revelado que previamente el lugar estuvo ocupado por un montículo de tierra que apuntaba a otra estructura cercana. Cien años más tarde, fue «reconstruido y alineado en una dirección distinta, apuntando hacia las colinas al sur del monumento», como ha explicado Julian Thomas, profesor de arqueología de la Universidad Manchester, a la revista Live Science.
La Piedra de Arturo se compone de nueve grandes rocas verticales que sujetan una inmensa piedra angular de más de 25 toneladas. El lugar sirve como entrada a un pasaje inferior que los investigadores vinculan a un lugar de enterramiento, aunque no se han llegado a encontrar restos mortales en su interior.
La importancia del lugar no se dirimió en los siglos siguientes: en el siglo XV, durante la Guerra de las Dos Rosas, entre las casas de Lancaster y York, el monumento fue testigo de un importante duelo entre caballeros. En 1645, durante la guerra civil inglesa, el rey Carlos I cenó allí con su ejército en un episodio del que C.S. Lewis tomaría como inspiración para su ‘mesa de piedra’ de las Crónicas de Narnia.
El primer montículo de tierra que se levantó donde ahora se erige el monumento apuntaba, según los investigadores, hacia los llamados Salones de los muertos, un lugar de enterramiento descubierto en el año 2013 por el propio Thomas y su equipo a menos de un kilómetro del dolmen de Arturo. Un conjunto de estructuras de madera que fueron deliberadamente quemadas y sustituidas por tres montículos funerarios de tierra, posiblemente tras la muerte de un importante líder local.
Los restos de las tumbas neolíticas descubiertas en Herefordshire.University of Manchester
La colina original se sustentaba por una estructura de madera que se vino abajo por la podredumbre. Doscientos años más tarde se construyó un segundo monumento —muy posiblemente a partir de las piedras que se encuentran hoy en el segundo montículo—, que contaba con una ‘avenida’ de estacas de madera verticales que apuntaban hacia un espacio entre las colinas de Skirrid y Garway, hacia el sudeste, a unos veinte kilómetros de distancia.
Dicho espacio podría tratarse, según los arqueólogos, de «un camino para los viajeros marcado hace más de cinco siglos, o la fuente de algún tipo de recurso». Aunque estas hipótesis se basan en conjeturas, dejan claro que este lugar en el condado de Herefordshire ha sido durante miles de años un importante lugar de reunión para las comunidades que lo habitaron.
A pesar de que varias leyendas locales relacionan el dolmen con la leyenda artúrica, queda demostrado que su construcción se llevó a cabo miles de años antes de la supuesta llegada del monarca, cuya existencia ha sido puesta en duda por la mayoría de la comunidad histórica. Sin embargo, la estrecha relación entre el lugar y el mítico rey acabó dándole el sobrenombre de Piedra de Arturo.
Según las crónicas, una de las marcas sobre la roca se produjo cuando Arturo se arrodilló sobre ella para rezar; otras relacionan las hendiduras con los codos de un gigante derrotado por el popular personaje; mientras que algunos escritos señalan el lugar del conjunto como la tumba del propio monarca.
Todo aficionado a la historia y la arqueología sabe quienes fueron los nabateos, los constructores de la espectacular Petra en la actual Jordania, cuyo reino fue conquistado por los romanos en el año 106 d.C.
Un poco más al sur, ya en la península Arábiga, existió otro reino poderoso y más antiguo que, curiosamente, sucumbió a manos de los nabateos en torno al 24 a.C. Se llamaba reino de Dedan.
Pero antes de eso desempeñó un importante papel cultural y económico, gobernando un amplio territorio en torno al golfo de Aqaba. El reino, al que también se denominaba Lihyan, tenía en la ciudad de Dedan su capital, a unos 4 kilómetros al norte del actual oasis de Al-Ula, y a unos 110 kilómetros al suroeste de Teima.
Fue uno de los centros caravaneros más importantes del norte de Arabia situado en la Ruta del Incienso, y aparece mencionado en los textos bíblicos y en la Crónica de Nabonido, el último rey babilónico (550-549 a.C.), que se conserva en una tablilla con escritura cuneiforme en el Museo Británico.
Dedan desarrolló su propia cultura, incluyendo una lengua y un alfabeto propios, lo que dio lugar a una mezcla de tradiciones árabes con influencias de los imperios circundantes.
Se cree que los orígenes del reino están a finales del siglo VII o principios del VI a.C., fecha de la que datan las impresionantes tumbas que excavaron en la roca, conocidas hoy como tumbas de los leones de Dedan.
Son más de 20 nichos ubicados en la pared rocosa oriental de las montañas Jebel Dedan en Al-Ula, algunos de los cuales están decorados con grandes relieves de leones guardianes.
Se trata de nichos de forma cuadrada cortados a diferentes alturas en la ladera de la montaña, cuyas cavidades tienen unos dos metros de profundidad, y que se han fechado entre los años 600 y 500 a.C. Se desconoce quien estaba enterrado allí, aunque los investigadores creen que pudieron ser gobernadores locales u otras personas influyentes.
Para llegar hasta las tumbas, que se sitúan a aproximadamente un kilómetro del yacimiento arqueológico principal, es necesario ascender una escalinata de unos 50 metros de altura en el acantilado, por encima del valle donde se encuentra el antiguo oasis.
Las dos únicas tumbas que están flanqueadas por leones marcarían el lugar de reposo de reyes, príncipes u otros personajes importantes, y muestran una influencia mesopotámica en su decoración (principalmente del motivo del león babilónico).
Algunas tumbas tienen una sala interior a modo de cámara, y dentro de ellas hay nichos excavados en las paredes o en el suelo. En la ladera inferior se sitúan principalmente las tumbas individuales. En algunas hay inscripciones que indican el nombre de sus ocupantes.
Una inscripción en una de las tumbas señala que perteneció a un miembro de la comunidad minaica de Dedan, originaria de Ma’in en el actual Yemen. Los mineos eran mercaderes y los socios comerciales más importantes del reino de Dedan, de los que una pequeña colonia vivía en el oasis.
Los dedanitas recuperaron su libertad e independencia en el año 106 d.C., cuando Roma conquistó el reino nabateo, restableciendo la antigua frontera.
Los legionarios romanos que escoltaban las caravanas se detenían en ese punto, justo 10 kilómetros antes de la ciudad de Dedán, y nunca lo traspasaron.
Sin embargo, en algún momento del siglo II d.C. el reino desapareció, probablemente absorbido por otros más poderosos de la península Arábiga, y el recuerdo de los constructores de la tumbas de los leones se perdió para siempre.
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El Ministerio de Sanidad ha registrado este viernes, con datos aportados por las comunidades autónomas, 84.146 nuevos casos de coronavirus, de los que 42.997 se han producido en mayores de 60 años, lo que eleva a 12.818.184 la cifra total de contagios en España desde el inicio de la pandemia.
Respecto a la incidencia media actual de contagios en España en los últimos 14 días en personas mayores de 60 años, el informe muestra un aumento de más de 150 puntos, situándose en los 996,25 casos por cada 100.000 habitantes, en comparación con los 841,27 notificado el martes por el departamento dirigido por Carolina Darias. En las pasadas dos semanas se ha registrado un total de 122.719 positivos en este grupo de edad.
En cuanto a los fallecidos por Covid-19, se han notificado 205 más, de los cuales 207 se han registrado en la última semana. Esto hace que la cifra global de muertos por coronavirus en España se eleve a las 108.111 personas.
Actualmente, hay 10.249 pacientes ingresados por Covid-19 en toda España (frente a los 9.553 del martes) y 449 en una UCI (se registraron 433 este martes). La tasa de ocupación de camas por coronavirus se sitúa en el 8,37% (frente al 7,79% del martes) y en las UCI en el 5,06%, lo que supone riesgo alto.
Darias recomienda mascarilla y dosis de refuerzo
La ministra de Sanidad, Carolina Darias, ha pedido “prudencia” y recomendado el uso de la mascarilla ante el aumento que se está registrando de casos de coronovirus en España y también ha hecho un llamamiento a ponerse la dosis de refuerzo a quien aún no la tenga, mientras se está a la espera de que lo que la Ponencia de Vacunas determine sobre la cuarta dosis y “cuándo” conviene inocularla.
Tras la propuesta hecha hace unas horas por Cataluña de que se administre ya la cuarta dosis a mayores de 80 años y a los usuarios de las residencias ante el aumento de casos, la ministra ha insistido en que se continuará siguiendo el criterio de la Ponencia de Vacunas.
Ha señalado que la Ponencia se reúne periódicamente para analizar la situación, y lo seguirá haciendo, y desde el Ministerio se estará “a la espera” de sus nuevas propuestas para saber cuándo proceder a la vacunación a estas personas “o cualquier otra decisión que pueda adoptar”. Y también señala que será la Ponencia la que valore y sopese la posibilidad de la llegada de vacunas adaptadas a variantes, en este caso a ómicron, “como muchos países están haciendo”.