Sus estilos distintivos de cerámica y construcción de viviendas surgieron en el área alrededor del año 750 d. C., aunque las raíces de las características de su cultura material se pueden remontar al período Cesteros II (1500 a. C.-400 d. C.). Lo más representativo es su arquitectura, con casas de mampostería que tenían hasta cinco pisos- algunas de las cuales se construían en farallones pétreos por razones defensivas- y sistemas de irrigación. De todo ello quedan restos arqueológicos como los de Mesa Verde, Pueblo Bonito, Cañón del Chaco, Ruinas Aztecas y Ruinas del Salmón.
Una pertinaz sequía en el último cuarto del siglo XIII y la sobreexplotación del entorno provocaron su decadencia, agravada por el hecho de que no estaban unidos porque étnicamente eran diferentes entre sí (los hopi hablaban una lengua utoazteca, mientras que la de los navajos era atabascana y los zuñí carecían de relaciones parentales con el resto). Eso los debilitó frente a la dominación hispana, pese a que, al mantener similitud cultural con sus vecinos hohokam (de los que se distinguían en que éstos no enterraban a sus muertos sino que los incineraban) y mogollón (que eran más bien cazadores), debieron alcanzar un número considerable

Los hohokam vivían en los que los españoles denominaron Pimería Alta, una región al sur del desierto de Sonora, entre los ríos Gila y Colorado. Un hábitat difícil, con escasas lluvias y altas temperaturas que les obligó a hacer un vasto sistema de irrigación que canalizaba esos cauces fluviales, gracias al cual podían practicar la agricultura y obtener dos cosechas anuales. Se ignora si su cultura fue autóctona o fruto de una emigración desde tierras más meridionales, pero surgió entre los siglos III y IV a.C. y mantenía relaciones comerciales con Mesoamérica.
Sus asentamientos eran más pequeños, con viviendas semisubterráneas para huir del calor. Pero, al igual que pasó con los anasazi, cuando llegaron los españoles los hohokam ya llevaban tiempo en profunda decadencia por las mismas razones que aquéllos, así que aldeas como Snaketown, Casa Grande, Red Mountain o Pueblo de los Muertos sólo eran una sombra de lo que había sido, por ejemplo, la cultura Salado. Los pimas y los pápagos son herederos actuales de los hohokam.
El área más meridional de Oasisamérica era la Mogollón, ubicada entre Arizona y Nuevo México. Su historia resulta un tanto confusa desde el punto de vista cronológico, soliendo dividirse en dos grandes etapas, una Temprana (500 a.C.-1000 d.C.) y otra Tardía (hasta 1540 d.C. aproximadamente). Fue en la segunda cuando alcanzó su esplendor, gracias al comercio con Mesoamérica y a la influencia anasazi, de la cual imitaron su arquitectura, aunque dicho apogeo se centró fundamentalmente en la cultura Paquimé -que algunos consideran aparte-, con centro en la Sierra Madre Occidental y Casa Grande como núcleo poblacional más destacado.

El resto de los mogollón habría empezado a decaer antes, hacia el siglo XIII, emigrando y fusionándose unos con los anasazi y otros con los chichimecas de Coahuila. Su recuerdo se mantiene en las ruinas arqueológicas de Gila Wilderness, Mimbres River Valley y Hueco Tanks -con mención especial para la vistosa cerámica que elaboraban porque estaba decorada con motivos figurativos, en vez de los habituales geométricos-, así como en sus descendientes taracahitas (ópatas, mayos, yaquis y tarahumaras).
A esas tres grandes culturas hay que sumar tres menos desarrolladas. Lo forman la de Fremont, en Utah, y partes de Nevada, Idaho y Colorado, que algunos consideran que era parte de la anasazi y otros derivada de los cazadores de búfalos atabascanos, aunque se unió a los primeros dejando su sitio a los shoshones; la periférica Pataya, que habitaba entre Arizona y California (EEUU), Baja California y Sonora (México) e influida por los hohokam; y la Trincheras del noroeste de Sonora, que recibía influjo de la Mogollón (algunos la consideran parte de ésta) y la Hohokam.

Como vemos, los pueblos oasisamericanos habían declinado ya mucho antes de la llegada de los primeros españoles. Quizá esa fase terminal les llevó a configurar la creencia de que su mundo se terminaría en una fecha que, en el calendario gregoriano, coincidía con el año 1695. Una curiosa casualidad, ya que fue entonces, el 2 de abril, cuando se produjo una gran revuelta contra el dominio de la corona de Carlos II en Arizona, que formaba parte del Virreinato de Nueva España. Pero no surgió de la nada. Los indios pueblo ya se habían alzado en 1540, en la denominada Guerra del Tiguex, forzando la marcha de los españoles. Éstos regresaron y se impusieron en 1599, volviendo cierta calma que se rompió otra vez en 1680, con la revuelta del hechicero Popé, que de nuevo los expulsó.
La reconquista no se pudo llevar a cabo con éxito hasta la campaña de Diego de Vargas de 1692, pero la paz fue frágil y tensa debido al recorte de la autonomía que había hasta entonces. Lo agravó que los españoles se apropiaron de más y más tierras indígenas para satisfacer el incremento en la afluencia de colonos, atraídos por la creciente actividad minera y ganadera; algo que, obviamente, requería un control más estrecho de la región en detrimento de los tratados firmados entre ambas partes. Los primeros en alzarse fueron los seri, una etnia aislada que habitaba la costa del Golfo de California y siempre se había mostrado combativamente hostil a la evangelización y la sedentarización, de ahí que a menudo sus integrantes acabaran esclavizados como prisioneros de guerra.

Después se sumaron otras tribus pueblo que en 1696 sumieron la región en un estado de guerra abierta. La represión en esta ocasión fue dura y muchas de aquellas gentes tuvieron que buscar refugio entre otros grupos, como los apaches o los navajos. Así se logró la pacificación para entrar con cierta calma en el nuevo siglo. La administración virreinal cambió de política, iniciando una de acercamiento y defensa jurídica de los indios en los tribunales a través de un representante público. Asimismo, se renunció a la evangelización forzada, considerada la causa de los levantamientos (se prohibían las danzas y objetos rituales, de ahí que menudo los misioneros fueran los primeros en morir), lo que permitió que los pueblo conservaran sus creencias tradicionales.
No obstante, la insurrección de la Pimería, como se decía entonces, no alcanzaría dimensiones verdaderamente graves hasta 1751, con la llamada Revuelta Pima o Levantamiento de O’odham. Bajo el liderazgo del antiguo cacique colaborador Luis Oacpicagigua (o Luis de Sáric, en alusión a la provincia homónima), que había sido gobernador indio pero cuyo carisma logró unir a todos los grupos sumando quince mil hombres, se desarrolló durante varios meses y costó un centenar de vidas de colonos hasta que el capitán José Díaz del Carpio consiguió negociar la paz en la primavera de 1752
Inicialmente no hubo represalias porque los indios obtuvieron un indulto del gobernador al culpar de todo a los misioneros jesuitas, orden que ya estaba en mala relación con la Corona (poco después sus miembros serían expulsados de España y sus territorios de ultramar). Gracias a ello, la administración virreinal cambió de política. Sin embargo, los conflictos se reproducirían a menor escala y eso obligaría a aumentar la red de presidios (fortines) en San Ignacio de Tubac (Arizona), Santa Gertrudis de Altar (Sonora), y San Carlos de Buenavista (Sonora), prolongándose la tensión hasta finales de siglo. Luego, todo volvería a incendiarse, ya en el México independiente.