Los especialistas han realizado este hallazago gracias a un estudio geofísico del complejo funerario.
Los arqueólogos del Laboratorio de Geofísica Aplicada de la Universidad Aristóteles de Tesalónica estiman que podrían haber detectado un segundo monumento en el túmulo de Kasta (Anfípolis, Grecia), informa el portal griego Protothema.
Así, los resultados del estudio geofísico que han llevado a cabo estos especialistas indica que la estructura recién descubierta se encuentra en el lado occidental del túmulo.
El profesor Grigoris Tsokas, director del laboratorio, ha detallado que «hemos realizado un mapa tridimensional de la distribución de la resistencia y podemos ver que hay algo».
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Esta estructura, que «hay que explorar», estaría ubicada a alrededor de dos metros de profundidad y podría ser «un segundo monumento» mucho más pequeño que el que ya se conocía, ha indicado Tsokas.
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El complejo funerario de Anfípolis fue descubierto en 2012. Dos años después, los arqueólogos abrieron su entrada y comenzaron un estudio geofísico completo del túmulo de Kasta.
Desde entonces, los arqueólogos han desenterrado el interior del monumento: la entrada y tres habitaciones, la última de las cuales era una cámara funeraria con los restos de cinco personas.
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Los resultados indican que el mausoleo se construyó el último cuarto del siglo IV antes de Cristo, es decir, durante los últimos años del reinado de Alejandro Magno y los complicados tiempos posteriores tras su muerte.
Durante dos siglos, los asesinatos fueron habituales en la monarquía visigótica; tanto, que Gregorio de Tours acuñó un término para referirse a ellas
Líbrenos quien nos tenga que librar de extender la Leyenda Negra que tanto mal ha hecho a nuestro país; pero consiga también que no caigamos en aquello del tropiezo doble con el mismo pedrusco. Sin llegar a replicar la falacia que un escocido Amadeo de Saboya musitó antes de marcharse por la puerta de atrás («Si fueran extranjeros los enemigos de España… pero son todos españoles»), sí es palpable que, en no pocas ocasiones a lo largo de la historia, hemos sido maestros en el innoble arte de las guerrillas internas. Valga como ejemplo el término «Morbus gothorum», acuñado para referirse a los recurrentes asesinatos que, durante la era visigótica, se sucedieron en la corte para deponer monarcas que habían logrado el trono por elección de sus nobles (una tradición de los pueblos germánicos).
Alarico I
Vayan por delante los datos, capaces siempre de alumbrar las tinieblas. De entre los 33 y 35 reyes visigodos (en efecto, todavía existe discrepancia entre los autores sobre cuáles deben incluirse en la famosa lista desaparecida ya de las escuelas), once de ellos fueron asesinados, uno envenenado y tres derrocados y obligados a abandonar el trono por las bravas. La peor de las etapas se sucedió entre principios y mediados del siglo VI, en el alumbramiento del Reino de Toledo. Fue en ese período cuando hasta cinco monarcas dejaron este mundo por culpa de un complot urdido contra su persona. A saber: Gasaleico, Amalarico, Teudis, Teudiselo y Agila I.
Fue también en esos años, allá por el 548, cuando el obispo Gregorio de Tours acuñó el concepto «Morbus Gothorum» (el mal de los godos) y dijo aquello de que «los godos habían adquirido la perversa costumbre de asesinar por la espalda a los reyes que no les complacían, sustituyéndolos por otros de su agrado». Aunque tan real como esto, y en descargo de los antepasados que pisaron nuestras tierras, es también que autores como el hispanista Roger Collins han equiparado este concepto a una suerte de broma macabra del religioso y han insistido en que los asesinatos no se extendieron más allá del siglo VII. Según explica el inglés en «La conquista árabe, 710-797», entre los años 642 y 710 las sucesiones fueron tranquilas y sin derramamiento de sangre.
Turbios inicios
En defensa de nuestra Hispania habría que decir también que los visigodos no adquirieron estas costumbres en la Península, sino que ya las traían consigo desde el centro Europa. La historia de este pueblo, una suerte de rama de los godos, nació a finales del siglo IV, aunque entró por la puerta grande en los libros en el 410, cuando Alarico I estremeció al viejo continente al conquistar y saquear Roma. Basta con leer la carta enviada por el sacerdote y monje Jerónimo dos años después para entender cómo afectó este suceso a los intelectuales del momento:
«Oh Dios, los paganos se han hecho con tu herencia; han profanado tu sagrado templo […] La antigua ciudad que durante muchos cientos de años gobernó el mundo se desmorona».
Desde allí, los visigodos se establecieron en el sur de la Galia (a la postre, en Tolosa) tras negociar su marcha con el ya renqueante Imperio romano. A través de esta región accedieron al norte de Hispania poco a poco, sin prisa pero sin pausa, a costa de los pueblos afincados en la Península. Aunque no fue Alarico el guía de sus súbditos durante esta nueva aventura, pues falleció por causas naturales el mismo 410, sino Ataúlfo, su primo y cuñado. Y fue él también quien tuvo el triste honor de iniciar la tradición del «Morbus gothorum» cuando, cinco años después, fue asesinado por un sirviente a golpe de puñaladas mientras se hallaba en sus caballerizas de Barcelona. La razón se desconoce, pero se baraja un complot urdido por una facción enemiga o, incluso, por la misma Ciudad Eterna.
Sigerico
Su muerte supuso el estallido del «mal godo». No ya por el asesinato en sí, sino porque el siguiente en la lista de monarcas, Sigerico, acabó a sangre fría con la vida de los seis hijos de Ataúlfo para garantizarse su ascenso al trono. Por si fuera poco, mancilló el honor de la esposa de su predecesor, Gala Placidia, también hermana del emperador de Roma, Honorio. El nuevo líder, contrario al Imperio, no tuvo piedad con la viuda y la obligó a caminar más de 15 kilómetros delante de su jamelgo con varias esclavas más. Otras fuentes son partidarias de que, además, la violó.
Dice el refrán que, quien a hierro mata, a hierro muere, y eso fue lo que le ocurrió a Sigerico. Siguiente protagonista de la turbia lista del «Morbus gothorum», reinó solo durante siete días, tras los cuales fue asesinado por los partidarios de Ataúlfo. Tal y como confirma el Catedrático en Historia Antigua Luis Agustín García Moreno en un dossier sobre este personaje elaborado para la Real Academia de la Historia, es más que probable que los instigadores del regicidio fuesen generales locales vinculados de una u otra forma a Honorio. El siguiente noble en hacerse con el trono, Walia, rompió la tradición de los asesinatos, aunque no se han logrado esclarecer todavía las causas de su fallecimiento…
Más asesinatos
Después del largo reinado de Teodorico, muerto en la batalla de los Campos Cataláunicos en el 451 mientras se enfrentaba a los temibles hunos, el «Morbus gothorum» volvió a golpear a este pueblo mientras estaba a los mandos de Turismundo. A pesar de que fue uno de los primeros arquitectos de la expansión del reino visigodo, sus recelos y su separación del decadente Imperio romano provocaron que el general Falvio Aecio, encargado de la defensa de la Ciudad Eterna, llegara a un acuerdo con sus hermanos para asesinarle. Tras haber perseguido a Atila y haber puesto en jaque la ciudad de Arlens, falleció asfixiado en el año 453 por sus propios familiares después de haberse sentado con ellos en una larga cena.
Batalla de los Campos Catalaúnicos
El siguiente en llegar hasta la poltrona fue Teodrico II, hermano del fallecido y uno de sus asesinos. Algo habitual durante el período del «Morbus gothorum». El flamante monarca pagó su deuda con Roma sirviendo con sus ejércitos al Imperio en las Galias y en Hispania. Al menos sobre el papel, ya que, en realidad, la expedición que encabezó hacia la Península con su gigantesco ejército en el 456 fue orquestada bajo sus propios intereses en el territorio. La jugada le salió más que bien, pues, a pesar de las fricciones iniciales con varios gobernantes de la «urbs», se estableció por estos lares con el beneplácito de sus superiores. Sin embargo, su fulgurante ascenso se vio truncado cuando uno de sus hermanos, Eurico, le asesinó en el año 466.
La llegada de Eurico supuso un paréntesis en el «Morbus gothorum». Ni puñales, ni venenos. Este monarca falleció de manera natural en el 484 tras haber tenido el honor de vislumbrar la destrucción del Imperio romano. Aunque con él comenzaron unas nuevas tensiones hasta entonces enterradas bajo otros tantos problemas y conjuras: las diferencias religiosas entre la mayor parte de sus súbditos (católicos) y la clase alta y regente (que profesaban el arrianismo).
El relevo se lo tomó su vástago, Alarico II, quien se dejó la vida enfrentándose a los francos en el 507. Su fallecimiento fue también determinante, pues con él se marcharon la mayoría de las posesiones que los visigodos mantenían en el sur de Francia. A partir de entonces, por tanto, este pueblo quedó limitado a nuestra Península Ibérica, lo que supuso la fundación del futuro Reino de Toledo.
Tiempos sangrientos
Gesaleico, obligado a retirarse con su pueblo hasta Hispania ante el avance enemigo, fue el siguiente en ascender al trono. No murió en una conjura, pero sí de forma cruel mientras abandonaba una batalla en el 511.
Fue su sucesor, el ostrogodo Amalarico, quien inauguró el período más cruento del «Morbus gothorum». Según explica Fernando Mora en su concienzudo análisis «Morbus Gothorum, ambición y poder en el reino visigodo», dejó este mundo en Barcelona, mientras huía de los francos con parte del tesoro real. El puñal que le quitó la vida en el 531 fue el de un agente de sus enemigos con el beneplácito de parte de sus oficiales y de uno de sus principales generales: Teudis.
Como cabía esperar, fue Teudis el que asió el trono tras ser elegido por los altos oficiales del ejército. Para ser sinceros, no se le puede negar su buen hacer como monarca. Más bien lo contrario, pues consiguió detener el avance de los francos por el norte, cortó las alas a la poderosa aristocracia hispanorromana afincada en el sur y contuvo la invasión de Hispania protagonizada por el emperador bizantino Justiniano. Por si fuera poco, inició una centralización del reino alrededor de Toledo que, a la postre, marcó un hito en la historia de España. Por desgracia para él, una nueva conspiración, urdida presuntamente por facciones contrarias y protagonizada por un hombre que fingió estar loco, acabó con su vida en el 548. Fue la enésima víctima del «Morbo gothorum».
Agila I
Teudiselo le cogió el testigo, aunque no supo replicar su bien hacer como líder. De hecho, cronistas como Isidoro de Sevilla recuerdan que el nuevo rey mancilló el honor de las esposas de muchos personajes poderosos al obligarlas a prostituirse de forma pública con un doble objetivo: humillarlas y ganar dinero para su tesoro particular. Aunque existen una infinidad de interpretaciones sobre este hecho, la realidad es que este tipo de comportamientos hicieron que se orquestara una conjura contra él por parte de la nobleza local. El asesinato se llevó a cabo, al parecer, mientras se celebraba una cena en su palacio andaluz. También se baraja la posibilidad de que participara en el mismo el que fue, poco después, su sucesor: Agila.
Agila I ascendió al trono en el año 549 tras ser votado por sus principales generales. El que se convertiría en la última víctima de la etapa más sangrienta del «Morbus gothorum» se vio obligado a hacer frente desde el principio a revueltas internas en el seno de la nobleza goda. Algo que, para su contrariedad, supo aprovechar a la perfección Bizancio. Su principal enemigo fue Atangildo, a quien Justiniano ayudó de forma esporádica con la intención de debilitar el reino de Toledo y poder extenderse a lo largo y ancho de la Península. El monarca resistió, sí, aunque no tardó en caer víctima de una daga. «Los nobles godos que apoyaban a Agila optaron por asesinarle en su cuartel general de Mérida en marzo del 555, reconociendo como rey a Atanagildo y uniendo sus fuerzas en la común lucha contra los imperiales», añade García Moreno.
Batalla del Río Guadalete
Con su muerte se puso punto y seguido al tiempo más prolífico en lo que a regicidios visigodos se refiere. Sin embargo, los asesinatos continuaron años después. Así, a principios del siglo XVII fue asesinado Liuva II en una traición organizada por Witerico. Este, a su vez, fue el último monarca visigodo en fallecer víctima del «Morbus gothorum» (al menos, de forma oficial). Su asesinato se produjo en el 610, cuando su propia facción nobiliaria le quitó la vida durante un banquete celebrado en su honor.
Aunque existen otras tantas defunciones turbias entre los visigodos, estas son las que, en la actualidad, podemos demostrar en base a los textos de la época. Todas ellas, parte de un curioso y peligroso juego de tronos que terminó en el 711 cuando, durante la batalla del Río Guadalete, los invasores musulmanes provocaron la caída definitiva de Don Rodrigo. El resto, como se suele decir, es historia.
Una carta perdida en los archivos y cedida a ABC analiza cómo fue el día a día de los soldados de la Monarquía Hispánica durante el sitio de Haarlem
Poco sabemos del hombre que escribió las cartas que describen el duro día a día de los soldados españoles en un asedio que desangró a los Tercios entre 1572 y 1573. No dejó sobre blanco ni nombre ni apellidos. Tan solo su cargo: capitán. Sus misivas, escritas a mano y rescatadas hoy de los archivos, sí desvelan que estuvo presente en el sitio de Haarlem desde el primer momento en que las tropas de Fadrique Álvarez de Toledo rodearon la urbe. Allí padeció frío, el fuego de los arcabuces y la artillería rebelde y las privaciones típicas de las campañas militares. «Fue una batalla que desangró a las unidades de la Monarquía Hispánica, pero de la que salió victorioso Felipe II a costa de dos mil bajas».
El que habla a ABC es el historiador Juan Víctor Carboneras, presidente de la Asociación ’31 Enero Tercios’, autor de ‘España Mi Natura: Vida, honor y gloria en los Tercios’ (Edaf) y el investigador que ha sacado a la luz estas cartas inéditas. Y todo ello, a pesar de que, junto a otros tantos grupos como la Fundación Ferrer-Dalmau, se encuentra enfrascado de lleno en los últimos días de una campaña de micromecenazgo para levantar una estatua de los Tercios españoles en el corazón de Madrid. «Estamos ante una oportunidad única e histórica de situar un monumento a los soldados de los Tercios, que nos representan a todos y que defendieron todo aquello que creían justo en los escenarios dónde combatieron», afirma
El asedio se sucedió en plena Guerra de los Ochenta Años, durante las revueltas de las provincias protestantes de los Países Bajos frente Felipe II y en el marco de los envites protagonizados por Guillermo de Orange contra las plazas leales al monarca. El conflicto dividió incluso a las dos principales urbes de la región: Ámsterdam –de 30.000 ciudadanos y fiel al Imperio español– y Haarlem –con 20.000 almas y rebelde–. Como era de esperar, no pasó demasiado tiempo hasta que don Fadrique, hijo del duque de Alba, puso cerco a la ciudad, símbolo de la resistencia enemiga y atalaya perfecta para la propaganda. Así, a mediados de diciembre de 1572, arrancó una de las contiendas más largas del siglo XVI.
Guerra en Haarlem
«El asedio de Haarlem representa todo el paradigma al que tuvieron que hacer frente los soldados de los Tercios en las guerras en Flandes. Se trató, en definitiva, de un sitio prolongado durante siete meses con las tropas de la Monarquía Hispánica tratando de acabar con un ejército rebelde que se veía favorecido por las entradas constantes de socorros», explica a ABC Carboneras. El historiador es partidario de que, además de los ingredientes habituales que dieron forma a la batalla, el sitio contó con uno diferencial. «Tuvo cierto carácter anfibio. Flandes estaba lleno de agua y el uso de embarcaciones era obligatorio si se quería conquistar o defender una plaza, permitir o imposibilitar la entrada de suministros y hacer frente a los mendigos del mar».
Haarlem fue, en definitiva, una plaza fuerte que costó sangre, sudor y lágrimas a los Tercios españoles. «Su propia geografía hacía que los rebeldes tuvieran fácil la entrada constante de provisiones. Sin embargo, el ejército de Flandes vivía en unas condiciones pésimas, en especial durante el invierno», añade el experto. Y lleva razón, pues las cartas de la época dejan constancia de las trincheras anegadas tras el deshielo o el frío al que tuvieron que hacer frente los combatientes de la Monarquía Hispánica hasta el fin del conflicto. «Lo que decantó la balanza fue la victoria en el lago Haarlemmermeer, que tuvo como consecuencia el aislamiento de los sitiados y la llegada de contingentes para poner fin al sitio en julio de 1573», completa.
Parte de la carta escrita por el capitán en el siglo XVI ABC
Los soldados fueron los que más sufrieron el asedio. Vivieron, de hecho, una situación extrema. Para empezar, por la falta de soldadas –no recibieron pagas durante meses–, pero también por la escasez de alimentos. «Uno de los factores más relevantes fue la protección de los suministros que llegaban desde Utrecht, Ámsterdam y Nimega, algo que no siempre fue posible», desvela Carboneras. A nivel moral, tampoco ayudaron las continuas dudas de un don Fadrique ansioso por abandonar el sitio para evitar futuras pérdidas económicas y humanas. «Estos sufrimientos languidecieron gracias a la entrada de dinero desde Madrid y a la llegada de más hombres. Eso supuso la reavivación de los ánimos de los soldados y acabaron por decantar la balanza», completa.
Con todo, si algo demuestra la importancia de la batalla es que en el asedio de Haarlem estuvieron presentes los grandes generales de su tiempo. «En la batalla se destacaron hombres tan relevantes como Julián Romero, que perdió un ojo, don Bernardino de Mendoza o Gonzalo de Bracamonte, entre muchos otros», sentencia Carboneras. El cerco, en palabras del experto español, representó un momento estelar en el mundo militar de toda la Edad Moderna. «Es cierto que hubo grandes hombres, pero también miles de desconocidos que, con insistencia, superaron la falta de dinero, las malas condiciones y el frío para acabar con la empresa en favor de la Monarquía Hispánica», finaliza.
Duros recuerdos
Y fue aquí dónde combatió nuestro capitán olvidado… La primera anotación que hizo, fechada el 20 de diciembre de 1572, no ofrece muchos datos. Tan solo afirma que «acá vuelven a echar un virote tras otro desde el revellín» y que, desde las trincheras católicas, «una batería de catorce piezas lo baten a sesenta pasos». Sus predicciones no parecían buenas: «Los enemigos están más fuertes a veces que cuando llegamos». Pintaban bastos, vaya.
Soldados de los Tercios españoles AUGUSTO FERRER-DALMAU
A partir de aquí, las cartas suponen un viaje a través de las pésimas condiciones de los combatientes. En una de las misivas, por ejemplo, el oficial recalca que había una ingente cantidad de hombres a los que no se les había pagado desde hacía meses. «Hoy llegaron jefes de tres bandas de hombres a las que don Fradique había enviado llamar. Dijeron que no querían venir si no se les daba dinero. Don Fadrique respondió que no las hacía llamar para matarlas de hambre, sino para darles al fin dinero, más que daría a otros». Con todo, el general recalcó que, con o sin ellos, se mantendría el sitio. «Dijo que sin ellos se haría lo que fuese menester, aunque no quisieran venir».
Los escritos transmiten también la amargura de un ejército que, al menos en principio, entendía la conquista de Harleem como una quimera. «Acá andan las cosas de manera que clama a Dios», dejaba sobre blanco nuestro capitán a finales de diciembre. Faltaba la comida y el agua; o había que racionarla. A cambio, los relbeldes estaban bien establecidos y recibían refuerzos con regularidad por tierra y por mar. «Se sabe que tienen vituallas a discreción. No está mal el príncipe de Orange, pues tiene su plaza proveída de la gente que ha querido, y cada día va juntando más». Muchos no comprendían la causa última de la operación: «Yo, aunque fuese Aníbal, no entiendo esta guerra ni creo que nadie la entienda».
Dolor y deseos de abandonar
No exageraba el capitán. Las pésimas condiciones de vida de los soldados empeoraron con la bajada extrema de las temperaturas durante el gélido invierno holandés: «Acá pasamos un trabajo increíble por la terribilidad del tiempo y la falta de vituallas». El oficial llegó a escribir que, «con cada credo, se sacan soldados de la trinchera medio muertos, a lo menos no para servir en muchos días». Para su desgracia, la llegada del calor no ayudó tampoco a los españoles: «Parece que nuestro señor por nuestros pecados quiere castigarnos, pues, teniendo ya nuestra trnchera hecha dentro de un foso y pegada al revellín, ha comenzado hoy a deshelar muy fuerte, de manera que nuestra trinchera, fabricada sobre el hielo, ha ido al fondo del agua».
La situación pasó por momentos tan precarios que nuestro capitán llegó a anhelar la presencia de un general veterano como el mismo Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel: «Yo no entiendo lo que quiere hacer el duque de Alba en no venir aquí, porque aunque importase menos su presencia que la mía, importaría al presente, y mucho». Que el militar contara entonces con más de sesenta primaveras a sus espaldas no era un problema para el autor de los escritos. «A fe que sería muy a propósito su venida porque a menester, bien esté enfermo, que casi está oleado, un soldadazo viejo como él». Andaba por allí en espíritu y vigilante, vaya, pues, cuando su hijo le propuso abandonar el sitio, le respondió así, según las crónicas:
«Dijo que si alzaba el campo sin rendir la plaza, no le tendría por hijo; que si moría en el asedio, él iría en persona a reemplazarle, aunque estaba enfermo y en cama; y que si faltaban los dos, iría de España su madre a hacer en la guerra lo que no había tenido valor o paciencia para hacer su hijo».
«Los enemigos andan muy desvergonzados porque nunca hacen sino delante de nosotros cortar cabezas de santos y arrastrar crucifijos y otras bellaquerías de ese tono»
El testimonio del capitán deja constancia también de las barbaridades cometidas por uno y otro bando. Son incontables, por ejemplo, las veces que el anónimo militar de los Tercios españoles hace referencia a que los rebeldes «han ahorcado» en primera línea a soldados católicos . Aunque lo que más le dolió fue la guerra psicológica que los rebeldes hacían desde las murallas. «Los enemigos andan muy desvergonzados porque nunca hacen sino delante de nosotros cortar cabezas de santos y arrastrar crucifijos y otras bellaquerías de ese tono». Por todo ello, sus deseos eran sencillos: «Yo espero en Dios que se perderán presto estos bellacos».
Lo lograron a base, eso sí, de «encamisadas y picazos» que costaron hasta «un ojo a don Julián»; el mítico Julián Romero. Pero eso, como se suele decir, es otra historia…
Dice el refrán que quien parte y reparte se lleva la mejor parte. Eso es lo que está pasando con el PSOE de Pedro Sánchez. En lo político, su situación es algo más que delicada, tras las aparatosas derrotas en el País Vasco, Galicia, Madrid, Castilla y León y Andalucía, pero en lo económico el PSOE ha conseguido mejorar de forma notable su situación económica al haber reducido sus préstamos y créditos de 26.424.634 euros a cierre de 2020 a 19.275.843 euros en 2021, un recorte de deuda de siete millones en un año, lo que no es moco de pavo.
Y es que los pactos de Sánchez con formaciones de extrema izquierda le han permitido llegar al Gobierno y aprovecharse de esa situación. El poder tiene esas cosas: Sánchez ha conseguido movilizar a los militantes y han subido los ingresos por cuotas de 9.971.709 euros (2020) a 10.621.811 euros (2021). También crecen ligeramente las aportaciones de afiliados y cargos públicos de 11.002.166 (2020) a 11.465.419 (2021). Llama la atención que el PSOE gaste menos en personal, aunque, bien mirado, es normal: los que antes cobraban del partido cobran ahora del Estado y eso supone un ahorro notable. En 2020 se desembolsaron 28.398.804 euros en gastos de nóminas y cargas sociales. Un año después, esta cifra se reduce a 26.094.720. A más enchufados en la Administración, menos gastos. Un chollo. Eso sí, aunque bajan el total en sueldos, no ocurre lo mismo con la dirección. Las retribuciones a los miembros de la Comisión Ejecutiva Federal con contrato laboral y al personal de alta dirección crecen.
En cuanto al balance de situación, otro milagro económico: la subida de tesorería es grande: de 48 millones de euros a 74. «La actividad del PSOE, por sus características, no se está viendo afectada económicamente por la evolución y extensión de la pandemia en los próximos meses», reconocían en su memoria anual. Pues serán los únicos. Lo dicho: políticamente, un desastre. Económicamente, mejor que ninguno.
Un grupo formado por cuatro hombres ha cometido, a principios de esta semana, un robo insólito. Los cuatro individuos, presuntamente, asaltaron una furgoneta en Girona y robaron el contenido que transportaba, que era ni más ni menos que cápsulas de café: en total robaron 734 cápsulas. Tres de los ladrones, que fueron pillados utilizando otra furgoneta, también robada, han sido detenidos en Santa Eulàlia de Ronçana (Vallès Oriental, Barcelona).
Los Mossos d'Esquadra han confirmado este jueves, 14 de junio, la detención de tres de los cuatro hombres que el pasado martes, presuntamente, asaltaron un camión y robaron las cápsulas de café que transportaba. Una patrulla de paisano observó a un grupo de hombres llevando a cabo una actividad sospechosa, y finalmente pudieron constatar que los hombres eran los presuntos ladrones de las cápsulas de café y de una furgoneta. La actuación policial permitió que la detención se llevara a cabo el mismo día de los hechos, y este jueves han pasado a disposición judicial del juzgado de instrucción en funciones de guardia de Granollers.
Los Mossos pillaron a los individuos transportando cajas de una furgoneta a un camión
Una patrulla de paisano de los Mossos d'Esquadra circulaba cerca del aparcamiento de un restaurante abandonado de Santa Eulàlia de Ronçana, y los agentes advirtieron una actividad inusual: cuatro hombres transportaban cajas desde una furgoneta hasta un camión. Al acercarse los agentes, dos de los hombres intentaron huir, aunque sólo uno lo consiguió, y los otros dos fueron detenidos inmediatamente. Los Mossos, entonces, inspeccionaron el interior de la furgoneta, encontrándose uno insólito abultó.
Armas y más de 700 cápsulas de café en el interior de la furgoneta
Los agentes de los Mossos d'Esquadra observaron que dentro de la furgoneta había un arma de fuego, concretamente una pistola corta, una defensa extensible automática y cinco teléfonos móviles. Además, había una gran cantidad de cajas, en cuyo interior se contabilizaban un total de 734 cápsulas de café. Las cápsulas habían sido robadas el mismo martes en un área de servicio de Girona; presuntamente, los cuatro hombres asaltaron una furgoneta y robaron el contenido. La furgoneta donde estaban los hombres, según pudieron comprobar los Mossos, también había sido robada
Los Mossos procedieron a detener a los tres hombres por delitos de receptación, robo, hurto de vehículo y tenencia ilícita de armas, según ha sabido la ACN. El individuo que intentó huir también está detenido por un delito de resistencia y desobediencia a los agentes.
La investigación de los Mossos ha permitido devolver la furgoneta y las cápsulas de café a sus propietarios
Los Mossos d'Esquadra pusieron en marcha entonces una investigación, la cual continúa abierta y que, por ahora, ha conseguido que los objetos sustraídos (la furgoneta y las 734 cápsulas de café) sean devueltos a sus propietarios. Los tres detenidos, de 28, 34 y 46 años, han pasado a disposición judicial y han quedado en libertad con cargos. Los Mossos siguen investigando para localizar al cuarto ladrón.
Asesinado a tiros uno de los sospechosos del peor atentado terrorista de Canadá
Ripudaman Singh Malik fue acusado y absuelto de la colocación de una bomba en un avión de Air India en 1985.
El aparato, que viajaba de Montreal a Nueva Delhi, explotó en pleno vuelo y murieron 329 personas.
20Minutos
Monumento en Toronto, Canadá, a las 329 víctimas del atentado en un vuelo de Air India en 1985.ALI MJR / WIKIMEDIA COMMONS
Ripudaman Singh Malik, un canadiense de origen sij que fue acusado y absuelto del peor atentado terrorista de la historia de Canadá, el ataque contra un avión de Air India en 1985 en el que murieron 329 personas, fue asesinado este jueves, según informó su familia.
Malik, de 75 años de edad, fue tiroteado en la localidad canadiense de Surrey, en la provincia de Columbia Bitánica, oeste del país, alrededor de las 9.30 hora local (15.30 GMT) según declararon a medios de comunicación locales los familiares del fallecido.
La Policía Montada de Canadá confirmó en un comunicado que un individuo murió a consecuencia de las heridas recibidas en un tiroteo en Surrey, aunque no identificó al fallecido.
Fuentes policiales también calificaron el asesinato como intencionado y dijeron que un vehículo, que al parecer había sido utilizado en el ataque, fue localizado posteriormente en llamas.
La Policía y los servicios secretos canadienses habían vinculado a Malik, que emigró a Canadá en 1972, con Babbar Khalsa, un grupo terrorista sij cuyo objetivo es la creación de Jalistán, un estado sij en el noroeste de la India.
Thank you for watching
La religión sij se originó en el siglo XV en la región del Punjab, actualmente bajo control de India y Pakistán, y es considerada como la quinta religión del mundo en número de practicantes, con alrededor de 25 millones de adeptos. A los sij se les considera una etnia en países como Canadá y el Reino Unido.
Explosión en pleno vuelo
Malik y Ajaib Singh Bagri fueron acusados por la Policía canadiense de colocar una bomba en el vuelo 182 de Air India, que conectaba Montreal y Nueva Delhi con escala en Londres.
El avión explotó sobre el Atlántico, frente a las costas de Irlanda, el 23 de junio de 1985, causando la muerte a sus 329 ocupantes, incluidos 86 niños, en su mayoría canadienses de origen indio.
Además, otra bomba destinada a otro avión de Air India y oculta en una maleta, explotó el mismo día en el aeropuerto de Tokio y mató a dos trabajadores japoneses.
Miembros de la Armada irlandesa recuperan un cadáver del vuelo 182 de Air India en junio de 1985, tras el atentado terrorista contra el avión, en el que murieron 329 personas.FUERZAS DE DEFENSA DE IRLANDA / WIKIMEDIA COMMONS
Las autoridades creen que los atentados fueron represalias por el asalto del Ejército indio al Templo Dorado de Amristar en 1984, ataque en el que murieron centenares de sij.
En 2005, un tribunal canadiense absolvió a Malik y Bagri de todos los cargos al considerar que los testigos presentados por la Fiscalía no eran creíbles.
En 2003, Inderjit Singh Reyat fue condenado a 24 años de prisión por ser el autor de la fabricación de la bomba utilizada contra el vuelo 182.
En 2010, un jurado declaró a Reyat culpable de perjurio tras demostrarse que mintió en al menos 20 ocasiones durante el juicio de Malik y Bagri para proteger a los dos acusados.