sábado, 8 de marzo de 2025

¿Estamos preparados para otra pandemia?



Se ha detectado un brote de neumonía atípica en la ciudad china de Wuhan y la gente está comenzando a preocuparse”, publicaba el 31 de diciembre de 2019 el periodista Zigor Aldama, entonces corresponsal en China, en la red social X.

Lo que ocurrió después superó los peores presagios. Aquel brote se convirtió en una pandemia que paralizó el mundo y llevó por delante las vidas de más de 7 millones de personas.

Hoy nos parece una pesadilla remota, y nos cuesta echar la vista atrás y recordar aquellos tiempos de mascarillas, distancia social y angustia permanente. Por suerte para nuestra salud mental, afirman los psicólogos, hemos olvidado la mayoría de los recuerdos de aquellos años. Pero las amenazas que nos llevaron a aquella pesadilla no han desaparecido. 

Viejos conocidos, nuevos peligros

La COVID-19 nos enseñó que no podemos dar la espalda a la evidencia científica. Y es que las enfermedades zoonóticas (aquellas transmitidas por los animales a los humanos) no han desaparecido. Al contrario. El aumento de la densidad de población, especialmente en grandes zonas urbanas, y el mayor número de contactos entre humanos y animales son un caldo de cultivo para la expansión de este tipo de enfermedades.

Hoy, cinco años después de la peor crisis sanitaria de las últimas décadas, otros patógenos están en el punto de mira de la Organización Mundial de la Salud.

Uno de ellos, el virus de la gripe aviar (H5N1) es un viejo conocido. Recientemente, a raíz de la primera muerte de una persona por esta enfermedad registrada en Estados Unidos, científicos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades encontraron en las muestras del paciente rastros de una mutación genética que sugieren que el patógeno está adaptándose para propagarse entre los mamíferos con mayor facilidad. 

El mes de diciembre del año pasado, el equipo científico publicó esos resultados en una investigación de la revista Science en la que se estudiaba la capacidad de H5N1 para mutar y adaptarse a nuevos huéspedes.

Descubrieron varias mutaciones en la proteína hemaglutinina que aumentan considerablemente la capacidad del patógeno para adherirse a los receptores de las células humanas, de un modo similar a la función de la proteína espicular en forma de corona que emplea el coronavirus SARS-CoV-2 para encajar en el receptor ACE2.

Tras la pista de las enfermedades zoonóticas

En la era pospandémica, el objetivo de los epidemiólogos se centra en el control de las zoonosis, responsables, según la OMS, de casi el 60% de las enfermedades infecciosas conocidas y el 75% de las emergentes. Igual que sucede con el virus de la gripe aviar, el objetivo fundamental de las autoridades sanitarias es el de evitar a toda costa que esos patógenos pasen a los humanos.

No lo logramos con el coronavirus SARS-CoV-2, que se cree que se propagó desde un mercado de animales vivos de Wuhan. Tampoco con el virus del Ébola, cuya principal hipótesis es que pudo originarse en los murciélagos frugívoros, unos de los principales vectores del patógeno en la vida salvaje. 

Por suerte, el H5N1 todavía no ha encontrado la vía para ‘colarse’ en nuestro organismo, y esperemos que no logre hacerlo nunca, habida cuenta de que la tasa de mortalidad del brote de 2005 era superior al 59%, nada que ver con los datos del SARS-CoV-2 (entre un 2 y un 3%). 

Las enfermedades zoonóticas no son unas desconocidas. Se sabe, por ejemplo, que los gatos pueden transmitir la toxoplasmosis, los murciélagos el virus del Ébola, los virus respiratorios SARS y MERS, así como los virus del Hendra y Nipah; los perros pueden ser portadores de tiña, Norovirus y rabia, mientras que las garrapatas, cuya plaga hace estragos hoy en Cataluña, son vectores de la enfermedad de Lyme. En una entrevista reciente sobre la gripe aviar, la inmunóloga María Montoya instaba a los lectores a "estar vigilantes, (aunque no asustados)" ante esta amenaza. Por ello, sin ánimo de alarmar a la población, es inevitable que nos preguntemos si estamos haciendo todo lo posible para evitar males mayores.

La pandemia de COVID-19 no solo nos expuso cara a cara con la amenaza de la zoonosis, sino que también sacó a la luz las enormes desigualdades sanitarias que existían en la mayoría de los países a la hora de hacer frente a un enemigo invisible. Además, dejó constancia de la importancia de atajar el problema de una manera coordinada, explotando el concepto de “una sola salud”. Esto es, entendiendo que la salud de los animales y del medio ambiente están estrechamente interrelacionados.

En los primeros tiempos de la pandemia aprendimos que la clave para superar las peores amenazas es aunar esfuerzos en una única dirección. No estaría mal recordar aquella lección. 

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