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Harold Shipman fue condenado por 15 asesinatos, pero se estima que pudo matar a más de 200 pacientes. Su caso manchó el debate sobre la eutanasia en Reino Unido.
Harold mató a 200 personas, como mínimo. Le adoraban. Era el pilar en quien todos confiaban. El 13 de enero de 2004 se ahorcó en su celda. Él siempre negó los hechos. Fue uno de los mayores asesinos en serie de la historia, pero también vértice de un debate ético que hoy en día, en ciertos corrillos médicos, todavía reverdece: el derecho a la muerte.
Harold Frederick Shipman nació el 14 de enero de 1946 en Nottingham, Inglaterra. Fue un estudiante brillante y decidió apostar por la Medicina. Pasó por varios hospitales, clínicas y ciudades hasta establecerse en Hyde, donde abrió su propia consulta. Allí se ganó la reputación de médico dedicado, atento, disponible. Toda la comunidad le adoraba por su cercanía y el cariño que desprendía por las personas mayores. Quién iba a imaginar que llevaba años matándolos.
Administraba a sus pacientes inyecciones letales de diamorfina, heroína médica. En especial a mujeres ancianas, muchas de ellas sin enfermedades terminales ni en situación de muerte inminente. Después, certificaba las muertes como naturales y modificaba los historiales clínicos para justificar los fallecimientos. Hasta que alguien sospechó.
Kathleen Grundy tenía 81 años, había sido alcaldesa de Hyde. Su única dolencia era la propia edad. Un día, Harold acudió a su casa para una consulta rutinaria, y de pronto murió. Cuando la hija Angela, abogada, vio el testamento, se dio cuenta de que algo no cuadraba. Su madre había, supuestamente, dejado la mayor parte del patrimonio al doctor. Y supo leer entre líneas. Literalmente. El lenguaje no era el propio de su madre, la letra no coincidía, esa firma parecía falsa.
Fue un shock denunciarlo, porque Harold era muy querido en la zona. Pero la exhumación de la madre le dio la razón: el análisis toxicológico reveló niveles letales de diamorfina, una sustancia que no le había sido nunca prescrita. A partir de ahí, la policía inició una revisión de las muertes certificadas por el doctor. Y apareció el patrón.
Shipman fue detenido en septiembre de 1998. Se comprobó que había alterado registros médicos tras la muerte de los pacientes para hacerlas parecer naturales. En 1999 fue acusado de quince asesinatos, todos ellos cometidos contra mujeres, y de un delito de falsificación por el testamento de Kathleen. Entonces se ordenó la Shipman Inquiry, presidida por la jueza Dame Janet Smith. Sus conclusiones, publicadas entre 2002 y 2005, establecieron que Shipman había asesinado al menos a 215 pacientes, aunque la cifra real podría ascender hasta las 300 víctimas.
Él siempre se declaró inocente. Nunca confesó ninguno de los asesinatos. No mostró arrepentimiento y se negó a dar explicaciones sobre su conducta, incluso después de la condena. No colaboró con la investigación ni con la comisión pública. En las largas sesiones del juicio se mencionó el narcisismo, la necesidad de control, frialdad emocional y ausencia de empatía. No tenía trastornos mentales, ni enfermedades. Lo hizo porque quiso.
No se aceptó la hipótesis de que actuara por compasión, y se convirtió en un ejemplo paradigmático del riesgo que supone el abuso de poder profesional en contextos de máxima confianza. Años después, el Doctor Muerte sigue apareciendo en los debates sobre eutanasia, como advertencia. En un artículo de la BBC, se habla del “efecto Shipman”. El doctor Ian Kerr, suspendido en 2008 tras haber ayudado a morir a una paciente, explicó que “este tipo de actuaciones ya no se consideran apropiadas estos días, después del caso Shipman”.
Los ángeles de la muerte son profesionales sanitarios que matan a sus pacientes. La expresión comenzó a popularizarse a finales del siglo XX, cuando en distintos países se comenzaron a detectar patrones de muertes inexplicables en hospitales y residencias. El aumento de los estudios estadísticos de mortalidad hospitalaria permitió descubrir que había médicos, enfermeros, anestesistas, celadores… que estaban detrás de un gran número muertes anómalas.
Tienen la coartada perfecta, la oportunidad a diario, y un elemento mágico que les otorga confianza y credibilidad: la bata blanca, el simbolismo de su profesión, el de ángeles que salvan nuestras vidas. Por eso pueden matar durante años sin ser descubiertos. Y por eso en criminología se dice que la profesión donde más asesinos hay, es la de los médicos.
El problema radica en la motivación: existen infinitos casos de pacientes que, llegados a un extremo, piden morir. Su última voluntad es dejar de sufrir. Hay países donde la eutanasia es legal, en España, desde 2021, lo es en casos de sufrimiento grave, crónico o insoportable, y bajo una serie de requisitos. En otros lugares, sin embargo, el dilema se vuelve más hondo, en especial si la empatía cruza las fronteras de lo que consideramos justo o injusto.
Es poco probable que la compasión fuese la motivación de Harold, más que nada porque el tipo cambiaba los testamentos y porque el número de víctimas era exageradamente elevado. Pero sí es muy posible que lo haya sido en otros casos, como el del doctor Ian Kerr. Asesinos o ángeles de la muerte, el resultado es el mismo, pero el camino es opuesto. Compasión o psicopatía, a veces los opuestos se entremezclan en un mismo final.
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