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Emprendemos una aventura por la sabana del sur de África, siguiendo la huella de Livingstone en Zimbabue y Zambia, donde nos dejamos empapar por la bruma de las Cataratas Victoria antes de volar a Botsuana, tierra desde la que el explorador emprendió sus incursiones hacia el norte. Estos tres países borran sus fronteras para mostrar el pulso de la vida salvaje entre el estruendo del agua y el rugido de esa naturaleza en bruto que conquista el Parque Nacional Hwange o los canales del delta del Okavango.

Las aguas del Zambeze se desbordan con furia por las Cataratas Victoria, marcando la frontera entre Zambia y Zimbabue, y cambiando así su condición de río sereno a salto vertiginoso, con más de 107 metros de altura. “El humo que truena”, traducido del “Mosi-oa-Tunya”. No existe mejor nombre que el dado por los lugareños para describir ese momento en que la rauda masa líquida se precipita al vacío provocando un estruendo ensordecedor. Tan solo el ruido de los helicópteros que la sobrevuelan parece imponerse, por segundos, al fragor de la dama acuática, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1989.

Los parques nacionales Mosi-oa-Tunya, en Zambia, y Victoria Falls, en Zimbabue, las protegen con su frondosidad, ofreciendo miradores desde los que ser parte del desfiladero de basalto. Dos nombres distintos para designar un mismo prodigio de la naturaleza. La temporada de lluvias ha cesado y podemos pasear por los senderos sin acabar empapados. Las cascadas parecen fragmentarse en hilos, dejando al descubierto las paredes rocosas esculpidas por el cuarto río más largo de África. La vista resulta más impactante desde el mirador principal, donde los ojos se empañan del rocío provocado por la bruma del mayor salto mientras los rayos de sol dibujan arcoíris efímeros. La estampa responde, sin titubear, a por qué el lugar es una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo.
Un puente de acero une Zambia con Zimbabue desde 1905, desvelando nuevas panorámicas de los casi dos kilómetros de longitud de las cascadas más extensas del planeta. Bajo él se pueden realizar deportes de aventura, como puenting o rafting, mientras se aprecian los 50 millones de litros que se desploman cada segundo por el abismo. Algunos valientes se aventuran a pegarse un chapuzón en la Devil’s Pool, una piscina al borde del precipicio a la que solo se puede acceder si el nivel del caudal lo permite. Una experiencia más tranquila es la de recorrer el Zambeze en barco cuando el astro rey prende el cielo con sus últimos rayos mientras los hipopótamos abandonan el agua y las aves proyectan sus cantos finales del día. Por la noche, seguimos disfrutando del Zambeze en una de las tiendas del campamento Toka Leya, situado a su orilla. El río otorga su nombre a Zambia, antiguo protectorado británico conocido, hasta que obtuvo su independencia en 1964, como Rodesia del Norte. Su denominación se debía a Cecil John Rhodes, un magnate y político británico que soñó con un gran imperio inglés en el continente negro. En la actualidad, Zambia refleja una gran diversidad que se contabiliza en más de 70 dialectos, resultado de la convivencia de la misma cantidad de etnias.

La huella de los exploradores
Aunque la capital del país es Lusaka, a 10 kilómetros de las cataratas se sitúa Livingstone, una ciudad de calles tranquilas flanqueadas por puestos ambulantes, carteles de la cadena de comida rápida Hungry Lion y mercados de artesanía, que conserva la huella de los exploradores que desde aquí se abrieron paso hacia el interior del continente. Su nombre se debe a David Livingstone. El explorador de origen escocés llegó a estas tierras en 1855 y las bautizó en honor a la reina Victoria de Inglaterra. En el lado de Zimbabue, es Victoria Falls la localidad más cercana y base idónea para visitar las cataratas. Desde este punto se obtiene la vista más completa del muro líquido, casi 1.100 metros de sus 1.700 se encuentran en territorio zimbabuense.

Todo esto es solo el aperitivo a un viaje que me adentrará en las profundidades de la sabana africana, siguiendo los pasos de Livingstone, aunque de una forma más cómoda. Desde una avioneta vislumbro una gran extensión de terreno virgen surcada por ríos invisibles y caminos polvorientos que se abren paso en la llanura de Zimbabue, la vieja Rodesia del Sur. Aterrizo a las puertas del Parque Nacional Hwange, al oeste del país, casi en la frontera con Botsuana. Anteriormente fue coto de caza, pero se protegió en 1949, siendo pionero en conservación. El jeep penetra en el mayor parque de Zimbabue a la caída del sol, cuando los horizontes de sus 14.651 km2 se colorean de tonos dorados, como queriendo indicarnos dónde se esconde el verdadero tesoro de la sabana. Siguiendo su luz, una nube de polvo desvela una manada de elefantes. Machos que nos miran desafiantes y crías que trotan torpes junto a sus madres. Más de 45.000 viven en este espacio, el cual puede presumir de poseer una de las mayores concentraciones de estos paquidermos, además de otras 100 especies de mamíferos y 500 tipos de aves. Alojarse dentro del parque permite ser testigo constante de sus movimientos.

Al encontrarnos en la estación seca, los animales se reúnen alrededor de los más de 60 pozos artificiales que salpican el parque. Frente a uno de ellos se alza Little Makalolo, un campamento de la compañía Wilderness con cinco tiendas perfectamente integradas en el paisaje. En la más alejada, termino echándome una siesta rodeada de elefantes que resoplan mientras hacen vibrar el suelo con cada paso. Cuando despierto, siento que me he acostumbrado a la esencia africana. Es el momento de capturarla guiados por Liberty en uno de los cómodos vehículos del campamento. Durante años, este guía fue manager de un hotel, pero decidió dedicarse “a la parte más importante de la experiencia con los turistas, el contacto directo con la naturaleza”. Delante de otra fuente de agua, Liberty monta un pequeño bar improvisado. Y, de pronto, da comienzo el espectáculo. Cebras y búfalos se acercan cautelosos, hipopótamos reposan a remojo. Más cerca descubrimos tres cachorros de leones peleándose por los restos de un kudú. El olor a carroña me hace estremecer.
“¿Qué animal te gustaría ver?”, pregunta mi guía mientras arranca el motor. Sin responder, ya parece haber leído mi pensamiento. Sigue un rastro invisible y gira hacia un árbol. Bajo su sombra descansan dos guepardos. Frente a ellos, un grupo de impalas se mueve con cautela. Me pongo tensa por un instante mientras contengo la respiración. África es la mejor muestra de la fragilidad de la existencia. Una vez que el reto está cumplido, seguimos ruta hacia la aldea Ngamo por caminos de arenas rojas salpicados por palmeras aisladas y matorrales de acacias entre los que se inclinan jirafas.

El paisaje cotidiano de los alumnos
Unas chozas circulares con techos de paja anuncian que hemos dejado atrás la frontera del parque. Varios niños corren tras el jeep agitando sus manos a modo de saludo para luego seguir su trayecto hacia la escuela. Las aulas acogen a 291 alumnos. En ellas, los profesores, a veces acompañados por guardabosques del Parque Hwange, les enseñan a reconocer las huellas de los animales o a comprender el equilibrio del ecosistema. “Muchos caminan más de 12 kilómetros diarios para llegar desde sus poblados”, explica el director. Me acerco al patio, donde unas chicas lavan sus tarteras. Sin dudarlo, entablan conversación conmigo en perfecto inglés. Pregunto curiosa qué animales han visto de camino al colegio y cuál es su favorito o si temen a alguno. Las respuestas son tan dispares como sorprendentes. Para ellas, la fauna es parte del paisaje cotidiano. Me fijo en sus recipientes y les pregunto qué han comido hoy. “Puede que tengan una única comida al día”, se adelanta el director. La pesadumbre me invade. Sí, África se muestra salvaje, natural, sin filtros. No obstante, en Ngamo hay visos de esperanza, ya que es una de las comunidades apoyadas por los programas de desarrollo que lleva a cabo Wilderness. La empresa, líder en ecoturismo y safaris, entiende que la conservación depende de la prosperidad de la zona. A dos calles, me espera en su casa Mr. Johnson, el jefe del poblado. A su lado, sus cinco nietas explican la importancia de las mujeres para esta cultura. “Yo pagué siete vacas por mi esposa”, asegura. “Antes nos dedicábamos a la caza, pero ahora estamos más enfocados en la conservación, sobre todo para atraer al turismo”. Ese cambio permite que más niños sean escolarizados y que la comunidad esté orgullosa de proteger el territorio. Los sonidos del poblado son los de la sabana cercana. La fauna es vecina, parte de su identidad.

El laberinto líquido de África
Amanece en Botsuana. El sol se despereza lento, despertando la vida en el delta del Okavango mientras la niebla se disipa sobre los canales. El eco de un águila pescadora se confunde con el zumbido de insectos con ganas de desayuno. Cambiamos de país para seguir explorando la naturaleza africana en uno de esos caprichos prodigiosos del mundo, donde la geografía marca sus propios ritmos y límites. El Okavango nace en Angola para acabar desparramándose sobre la arena del desierto del Kalahari, que en Botsuana ocupa el 70 % del territorio. Muere sin ver el mar, dibujando un delta de interior único que deja a su paso un mosaico de islas, canales serpenteantes y lagunas cristalinas dueñas de una gran cantidad de fauna salvaje.

Sobrevolar el delta de interior más grande del mundo en una de las avionetas que despegan de las minipistas abiertas en plena sabana es la mejor forma de apreciar esa alfombra de intensos verdes en la que se enmarañan tentáculos azules dando forma a un paraíso de humedales antes de desaparecer en el desierto. Aunque será el mokoro, la canoa tradicional, el medio que nos conduzca sigilosamente entre juncos y nenúfares a las entrañas del Okavango. Los búfalos alivian el calor en las aguas mientras manadas de elefantes cruzan los canales en busca de alimento. Los 15.000 km2 del delta son también hogar de una rica población de aves acuáticas y de leones, leopardos, cocodrilos y otros depredadores. Campamentos como Vumbura Plains o Qorokwe, todos ellos de Wilderness, ofrecen el privilegio de contemplar la fauna del delta desde piscinas privadas y agradables terrazas conteniendo la sorpresa del próximo animal que aparecerá ante nuestros ojos.
Este terreno está dividido en concesiones gestionadas por operadores turísticos, para controlar el impacto del turismo en un país donde la riqueza de diamantes de su subsuelo lo ha mantenido virgen. En la concesión Kwedi se despliegan los llanos de Vumbura, uno de los puntos más espectaculares y menos conocidos del Okavango. El delta aquí serpentea por campos de palmeras tan altas que parecen rozar el cielo. Al noroeste de Botsuana se extiende la Reserva de Linyanti, una concesión que comparte vida con el delta. Más remota si cabe, esta región está compuesta por hábitats boscosos y vastas llanuras aluviales. Observar aves revoloteando sobre el río o deslizarse en una barcaza entre hipopótamos dormidos y cocodrilos tostándose ante el sol más redondo y anaranjado jamás visto son algunas de las actividades favoritas del campamento DumaTau. Al otro margen del Linyanti, tres árboles desnudos danzan sobre el agua, marcando la frontera con Namibia, en ese punto donde el mismo río recibe el nombre de Kwanda. Ahora es imposible llegar porque el caudal está bajo, pero para los animales no hay límites si de lo que se trata es de buscar su subsistencia. Más al este, el canal Savuti conecta con el Parque Nacional Chobe. Savuti permaneció seco años hasta que el agua regresó misteriosamente, haciendo revivir un ecosistema dormido. El río seguirá su curso fusionando sus aguas con las del Zambeze para dar continuidad a la vida.

“¡Pula!”. Brindamos en torno a la boma mientras el sol se pierde entre los árboles de mopane arrasados por elefantes. Esa gran hoguera reúne a los viajeros del campamento alrededor de historias del ayer y del hoy, como la de Karabiner, uno de los guías de Linyanti. Llegó desde Gaborone, la capital de Botsuana, escapando del ruido y las prisas de la ciudad. Aquí tuvo que acostumbrarse a convivir con los animales. “La sociedad está cambiando mucho”, reconoce con cierto orgullo. “Antes, los hombres iban primero para todo y las mujeres se sentaban en el suelo.” Alzo la cabeza hacia uno de los cielos más limpios del hemisferio sur, y entonces soy consciente del delicado ecosistema ante el que me encuentro, el cual depende del equilibrio entre las lluvias de Angola y su evaporación en las arenas del Kalahari. Horizontes salvajes en un vacío inmenso donde casi puedo oír un “Doctor Livingston, supongo”. Esa belleza casi apocalíptica me sumerge, una noche más, en el sosiego más absoluto de África.

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