ElPeriodico
Trato familiar, comida casera, mesitas con hule y dos barras. El parroquiano aquí se siente como en casa. Este es un templo de la buena tapa y el mejor bocadillo

Con el primer sorbo de cerveza me viene el recuerdo de un cuento de Edgar Allan Poe. En 'La carta robada', los investigadores intentan escudriñar la casa del ladrón para encontrar el valioso documento en los lugares más recónditos. Al final llega Dupin y desvela que la carta estaba donde el ladrón sabía que nadie buscaría: es decir, a la vista de todos, en un tarjetero sobre la chimenea.
Bien, cambien la carta por un bocata delicioso o una caña bien tirada y la casa del ladrón por el centro de Barcelona para saber de qué hablo. El Bar Bocatini, donde yo un día llegué a conocer y a hablar con el ideólogo del asalto al Banco Central del 81, es un pequeño milagro, un bar de barrio en un no-barrio, en un no-lugar, en esa zona céntrica, a la vista de todos, de la ciudad (Gran Vía, entre Balmes y Rambla Catalunya), donde hace tiempo que desapareció todo rastro humano y donde no se te ocurriría ir a buscar un lugar de verdad.
Si paseas por allí, encontrarás solo tiendas de multinacionales de ropa y restaurantes de esos que ponen los manteles para cenar (no tú, los turistas) a la hora de la merienda, desde las seis de la tarde (los turistas, ya se sabe, son como bebés: comen lo que les dan y a cualquier hora). Sin embargo, como una aldea gala que resiste la invasión imperial romana, este pequeño bar resiste como un insecto valioso en una bola de ámbar. Un lugar donde el trato es familiar (literalmente, los dueños son familia) y la comida casera (y verdaderamente el parroquiano se siente como en casa). Ya tendría mérito un bar así en cualquier punto de la ciudad, pero que esté ahí camuflado (un secreto a voces) en pleno centro es prodigioso, casi mágico.
Aún no he dicho su principal atributo, el detalle que más me gusta de este sitio. Es un bar con dos barras, una lateral frente al espejo y otra en ele frente a los camareros y los tiradores. Barcelona nunca ha sido una ciudad tan de barra como el resto de capitales peninsulares y sabemos que la barra (y no las mesitas) es la disposición que permite la charla con el cliente desconocido, el encuentro y, por tanto, la calidez. Bien, pues el Bocatini tiene dos barras, dos, de madera, en una zona en que los bares-restaurante de comida para guiris no ofrecen ni siquiera una.

Es el Bocatini, con ese nombre italiano que parece pensado para despistar, un templo de la buena tapa y el mejor bocadillo. Si entra un espontáneo dirá que el ambiente (la decoración, el trato, la madera en taburetes, barras, paredes) le parece vintage, pero no es una recreación: simplemente se ha conservado así, impermeable a cada nueva oleada de modas oportunistas.
Todo está bien, incluso antes de entrar. El comercio contiguo es Láminas Bolaño, una casa de subastas con el nombre de uno de los mejores escritores que ha pisado esta ciudad. El toldo azul mono de trabajo del Bocatini (con un letrero de tipografía achatada y golosa) anuncia (y luego cumple): platos a la carta y bocadillos especiales. A pie de calle, dos mesitas con hule para quien quiera libar mirando el edificio de la Universitat. Y dentro (incluso hay un piso abajo con mesas de comedor) aún mejora esas expectativas. Tambien por el trato. Yo ayer esperaba allí a unos amigos y me quedé conversando con los dueños mientras pasaban el mocho: aunque tenían que cerrar ya (en un horario también con sus propias normas: seis y media en invierno y siete en verano) me dijeron que me quedara en la barra hasta que llegaran. Pequeños grandes detalles en una ciudad con restaurantes de tres turnos que te miran con ojos de hiena en cuanto pasan unos minutos sin consumir.
Puedo imaginar qué pondrían en un sitio tan disputado de la ciudad si el bar Bocatini se traspasara. Por eso es casi una obligación ir con asiduidad para que no lo hagan. Es un sacrificio disfrutar de ese ambiente, de esas cañas bien tiradas, de esos platos que tú te combinas como quieres, de esos bocatas clásicos pluscuamperfectos. Pero alguien, en fin, tiene que hacerlo. Ya me ofrezco yo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario