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Cada vez que se habla de que Marruecos siembra nubes para provocar lluvia, en el sur de España salta la misma pregunta: ¿puede afectarnos? El país vecino lleva años luchando contra la falta de agua y ha convertido esta técnica en una de sus herramientas contra la sequía. Con la llegada de noviembre arranca de nuevo su temporada de siembra, que se extiende hasta abril, y conviene separar lo que se sabe de lo que no es más que alarmismo.
Qué es la siembra de nubes
La siembra de nubes es una técnica de modificación del tiempo que consiste en introducir partículas, como el yoduro de plata o determinadas sales, en nubes que ya están formadas. Esas partículas sirven de núcleo para que el vapor de agua se condense y forme gotas o cristales de hielo lo bastante grandes como para caer en forma de lluvia o nieve. Se puede hacer desde aviones o desde generadores situados en tierra.
Lo importante es entender lo que no hace. La siembra de nubes no fabrica lluvia de la nada ni puede crear nubes donde no las hay. Solo intenta exprimir un poco más el agua de nubes que ya están pasando por una zona y que reúnen las condiciones adecuadas. Por eso no sirve para acabar con una sequía de un día para otro.
El programa Al-Ghait, una apuesta que viene de lejos
Las autoridades marroquíes concentran estas actuaciones en zonas montañosas próximas a embalses, con el objetivo de aumentar la nieve y la lluvia que alimentan los cauces. Las operaciones se llevan a cabo cada año entre noviembre y abril, la época en la que pasan más nubes aprovechables por el país. El ministro ha cifrado el aumento de precipitaciones en las zonas tratadas entre un 14 % y un 17 %, aunque ese dato procede de evaluaciones realizadas entre 1984 y 1989.
¿Puede afectar a España?
Es la gran duda, sobre todo en Andalucía, Ceuta y Melilla. La respuesta de los expertos es tranquilizadora. Según ha explicado la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), en las escalas limitadas en las que suelen actuar estas técnicas, la siembra de nubes no afecta a las precipitaciones de las zonas vecinas. Es decir, que Marruecos siembre nubes en sus montañas no significa que a España le vaya a llegar menos lluvia ni que vaya a provocar tormentas al otro lado del Estrecho.
El propio Gobierno marroquí ha salido al paso de algunas informaciones. En 2024, el ministro Baraka negó cualquier relación entre la siembra de nubes y las inundaciones que sufrieron varias regiones del sureste del país. Aseguró que no se había realizado ninguna operación en las zonas afectadas por aquellas lluvias torrenciales.
Una técnica que sigue rodeada de dudas
Que no sea una amenaza para España no significa que sea una solución milagrosa. La AEMET ha recordado que, pese a décadas de investigación, la siembra de nubes sigue generando un profundo escepticismo en la comunidad científica. La razón es que resulta muy difícil demostrar qué parte de la lluvia se debe a la siembra y qué parte habría caído de todas formas, dada la enorme variabilidad de los sistemas meteorológicos.
El último invierno lo ilustra bien. Marruecos dio por terminada en enero de 2026 una sequía de siete años tras una temporada muy lluviosa. Ese alivio, sin embargo, no puede atribuirse a la siembra de nubes, sino a un cambio en el patrón de lluvias que también se notó en buena parte de la región.
La verdadera batalla por el agua
Por eso, tanto en Marruecos como en España, los expertos coinciden en que la siembra de nubes puede ser, como mucho, un complemento. La gran batalla contra la escasez de agua se libra en otros frentes: la desalinización, la reutilización de aguas residuales, la protección de los acuíferos y una gestión más eficiente del regadío, que es el gran consumidor de agua en ambos países.
Así que, cuando este invierno vuelvan a despegar los aviones del programa Al-Ghait, no hay motivos para mirar al cielo con miedo desde el sur de España. Lo que sí deja este debate es una lección compartida: con un clima cada vez más seco, el agua que cae se ha convertido en un recurso que hay que cuidar mucho mejor.
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