¿Y dónde compraban los libros? En muchas ocasiones, como en el caso citado de la biblioteca personal de Aristóteles, a particulares, ya fueran colecciones propias o heredadas. Pero más frecuentemente en librerías, ¿dónde sino? Dice Tönnes Kleberg en Comercio librario y actividad editorial en el mundo antiguo que la producción y venta de libros se inició en Atenas hacia la segunda mitad del siglo V a.C. Lo que viene a ser más de siglo y medio antes de la fundación de la biblioteca de Alejandría.
La primera mención conocida del término bibliopòles (librero, en griego) la encontramos en la comedia Los embaucadores de Aristómenes escrita a finales del siglo V a.C.
Por otros autores como Nicofrón y Éupolis se sabe que los libreros ponían sus puestos en el mercado igual que otros comerciantes, como los vendedores de harina o de cuero, e incluso que los negocios de libros se concentraban en un determinado punto de la ciudad, la llamada orchestra, una terraza semicircular en el mercado al pie de la Acrópolis. Existían también bibliokápelos, esto es, vendedores de libros ambulantes.
En la comedia Las Aves, estrenada en 414 a.C., Aristófanes se burla de los atenienses que por las mañanas se lanzan a las librerías a conocer las novedades:
En cuanto apunta el alba saltan todos a la vez del lecho y vuelan, como nosotros, a su pasto habitual; después se dirigen a los carteles y se atracan de decretos
Aristófanes, Las Aves
Pero no solo en Atenas había librerías, la isla de Rodas, en la ruta comercial hacia Egipto, era también un importante centro librero. Y en el siglo IV a.C. Antioquía era uno de los principales centros productores de libros, con numerosos copistas que, ante la gran demanda, daban preferencia en sus entregas a las ciudades con mayor número de libreros.
El propio Alejandro Magno, que era un ávido lector, mandaba comprar sus libros en las librerías atenienses, como atestigua Plutarco:
No abundaban los libros en Macedonia, por lo que dio orden a Hárpalo para que los enviase; y le envió los libros de Filisto, muchas copias de las tragedias de Eurípides, de Sófocles y de Esquilo, y los ditirambos de Telestes y de Filóxeno
Plutarco, Vidas paralelas, Alejandro 8
En cuanto al precio de los libros venía determinado por la demanda. Muchos tenían un precio modesto, apenas un dracma, como nos informa Platón:
¿Pero tú acusas a Anaxagoras, mi querido Melito? Desprecias los jueces, porque los crees harto ignorantes, puesto que te imaginas que no saben que los libros de Anaxagoras y de Clazomenes están llenos de aserciones de esta especie. Por lo demás, ¿qué necesidad tendrían los jóvenes de aprender de mí cosas que podían ir a oír todos los días a la Orquesta, por un dracma a lo más?
Platón, Apología de Sócrates
Otros, seguramente las ediciones más cuidadas e ilustradas y los libros raros, alcanzarían precios más altos e incluso desorbitados:
Aristóteles compró las obras de Espeusipo por tres talentos (unos 18.000 dracmas)
Diógenes Laercio, Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, Espeusipo
La biblioteca de Alejandría disponía de fondos y recursos para adquirir éstos libros raros y caros y, probablemente, de información sobre dónde encontrarlos.
No nos ha llegado el nombre de ninguno de los libreros de esa época. Los primeros mencionados en las fuentes antiguas vienen de la mano de Luciano de Samosata, que vivió en el siglo II d.C. ya en pleno Imperio Romano. Se llamaban Calino y Ático, y eran editores (productores de libros) que luego vendían en sus comercios. Luciano, que suele hablar con desprecio de los libreros, en cambio elogia a Calino y Ático:
Voy a concederte que hayas elegido aquellos que Calino buscando la belleza o el célebre Ático con todo cuidado pudieran haber escrito, ¿qué provecho sacarías tú, extraño hombre, de su adquisición, si no conoces su verdadera belleza (…)?
Luciano de Samosata, Contra el ignorante que compraba muchos libros 2
Los editores, que luego distribuían a los libreros, obtenían sus copias de primera mano de los autores, pero aquellas que no podían conseguir las copiaban en bibliotecas como la de Alejandría, a donde acudían a proveerse de novedades.
Sobre lo que ganaban los autores y su relación con editores, copistas y libreros, apenas se sabe que la mayoría no percibían nada por la copia de sus manuscritos, salvo el honor de la fama. Pero sí que hay algunas noticias sobre un tema tan espinoso como el plagio. Increíblemente, dos autores, Aulo Gelio (siglo II d.C.) y Diógenes Laercio (siglo III d.C.) acusan a Platón de haber adquirido los manuscritos de Filolao (discípulo de Pitágoras) y haber compuesto con ellos su Timeo.
Fuera cierto o no, no parece que Platón ni ningún otro filósofo o escritor se beneficiasen económicamente de su producción literaria.