Hay lugares que no se visitan del todo. Entras, miras, haces la foto y, aun así, se te queda algo dentro, como si el espacio siguiera haciendo su trabajo mientras tú solo pasas por ahí. En el yacimiento de Risco Caído, en las Montañas Sagradas del centro de Gran Canaria, ocurre literalmente eso.
En la cueva 6 (C6), un espacio que los antiguos canarios usaban como almogarén (un lugar de culto), se repite cada mañana un pequeño truco de ingeniería y cielo: entre abril y septiembre, el primer rayo de sol se cuela por una abertura lateral y va a buscar los grabados de la pared. No ilumina cualquier cosa, sino cazoletas, relieves y esos triángulos labrados que la arqueología interpreta como símbolos vinculados a la fertilidad y a los ciclos de la tierra.
La lectura moderna tiende a llamarlo “curiosidad”, pero en realidad era una herramienta. Un calendario sin números, sin pergaminos, sin tinta. Luz sobre piedra para ordenar el año, medir el tiempo útil, saber cuándo tocaba sembrar, cosechar o guardar. En los meses fríos, cuando el sol ya no entra igual, la tradición oral y los estudios del lugar apuntan a que la luna tomaba el relevo en ese control del ciclo anual.
Un Patrimonio Mundial
Risco Caído forma parte de un espacio inscrito por la UNESCO como “Risco Caído y las Montañas Sagradas de Gran Canaria”, declarado Patrimonio Mundial en julio de 2019. La propia UNESCO subraya que el valor del lugar está en ese paisaje abrupto y en la cantidad de evidencias que conectan la vida, la espiritualidad y el territorio.
Aunque se estima una antigüedad que ronda muchos siglos (hay quien habla de hasta dos mil años, según distintas aproximaciones), el “descubrimiento” contemporáneo es reciente. El arqueólogo Julio Cuenca dio con la cueva en 1996, y lo que vino después fue casi una historia de resistencia: años de estudio con recursos limitados, hasta que la importancia del fenómeno lumínico terminó por colocarlo en el mapa grande.
De hecho, cuando se habla del calendario de Risco Caído conviene hacer un matiz: no es un “observatorio” al estilo clásico de cúpulas y telescopios. Es otra cosa. Una arquitectura excavada que trabaja con la orientación, con el recorrido del sol, con el paso de los días. Y sí: sigue funcionando.
Para que se pueda ver sin romperlo
El problema de los lugares frágiles es el éxito. Si lo visitas demasiado, lo erosionas. Y Risco Caído es delicado, ya que es un espacio pequeño, excavado en roca, con grabados que no perdonan el roce ni la humedad extra de un flujo constante de gente. Por eso, en Artenara se impulsó un facsímil (una réplica) para mostrar la experiencia sin poner en riesgo el original.
Un mapa de cuevas, graneros y vida escondida
Risco Caído es el foco principal, pero alrededor hay mucho más. El paisaje cultural incluye redes de cuevas usadas como viviendas, graneros y espacios de almacenaje, además de bancales y sistemas ligados a la agricultura tradicional.
Y si uno se mueve por la zona de Tejeda, aparecen más espacios, como el Roque Bentayga, otro punto clave, con estructuras asociadas a la ocupación aborigen y a rituales vinculados al calendario natural. Bentayga, además, se ha convertido en una especie de símbolo para explicar cómo se relacionaban con el cielo.
Luego están nombres que vuelven una y otra vez cuando se habla de esta arqueología de montaña: Artenara, la Mesa de Acusa, Cuatro Puertas, Tamadaba… lugares donde el paisaje conserva señales, a veces pequeñas, a veces clarísimas, de presencia humana.
La pregunta queda flotando
Lo fácil sería cerrar con un “aún queda mucho por descubrir”. Pero es que es verdad, aunque suene a tópico. Gran Canaria tiene una densidad de yacimientos y cuevas que todavía no se conoce del todo, y el propio reconocimiento de la UNESCO empujó nuevas miradas, con más investigación, protección y rutas.
En Risco Caído, mientras tanto, la rutina sigue como cada día. Llega la mañana, entra el haz de luz, y la pared responde. No es magia. Es tiempo. Y a veces da un poco de vértigo pensar que, siglos después, todavía estamos aprendiendo a leerlo.

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